Hoy los trabajadores en general, sin distinguir jerarquías ni especialidades, no perciben correctamente la intensidad y la velocidad de los cambios en el mundo del trabajo. Esto es un problema serio de cara a la planificación de recursos humanos en las organizaciones ya que no sólo ellos están desenfocados: los empresarios aunque más conscientes de estos conceptos manejan altos niveles de incertidumbre y desconocimiento al respecto.

Estamos acostumbrados a debatir sobre la velocidad de los cambios. Por ejemplo, las revoluciones industriales. La primera sucedió en el siglo XIX, mientras que las tres posteriores en el siglo XX en menos de setenta años. Las proyecciones señalan que en el siglo XXI tendremos más de tres inclusive. Eso es la velocidad entonces: la repetición de eventos novedosos en un período de tiempo que cada vez se revela menor.

En el caso de la intensidad, también podemos citar las revoluciones industriales. Las tres primeras generaron cambios en el mundo del trabajo aunque en sectores determinados: la manufactura, la administración o las comunicaciones. Nunca el cambio fue total y he aquí la novedad de la cuarta revolución industrial: la intensidad del cambio. En esta oportunidad la intensidad es tal que alcanza a todos los sectores y perfiles de una organización. Nadie está exento de impactos en la naturaleza de su trabajo.

Teniendo claro la intensidad y la velocidad del cambio, corresponde refl exionar sobre ambas en relación al trabajo, retomando lo planteado en el primer párrafo. Resulta paradójico como rápidamente nos adaptamos a las nuevas tecnologías cuando de hábitos de consumo se trata: no llama la atención ver a ancianos con excelente manejo de celulares o navegando por Facebook sin inconvenientes. Tampoco adultos presentan problemas para ordenar comida por Internet, comerciar virtualmente o realizar operaciones bancarias online. Sin embargo, la velocidad de los cambios desacelera cuando esas mismas personas ven en peligro su estabilidad laboral. Esa idea vaga e imprecisa, aun ausente en la agenda general, asocia a las nuevas tecnologías con una amenaza. En resumen nos gusta disfrutar de los avances tecnológicos, felicitamos a quienes los implementan, pero no se metan con nuestros trabajos.

Con igual imprecisión percibimos (o resulta conveniente percibir para nuestra falaz tranquilidad) que los avances tecnológicos afectarán a otros y no a nosotros, o que serán en un tiempo futuro donde ya no seremos trabajadores. Nada más lejano a una correcta interpretación de la intensidad: afectará a todos por igual y ya está sucediendo ¿Cuánto tiempo podrán soportar los trabajadores del peaje los embates de los sensores? ¿Cuánto tiempo más los administrativos que controlan y auditan gestiones darán paso definitivo a los softwares de análisis multivariado? ¿Y los negocios que no incorporen tecnología cuánto tardarán en desaparecer?

El desentendimiento de la intensidad y la velocidad, no es más que una barrera psicológica necesaria para aquellos que malentienden la tecnología como una amenaza. Aquí intento plantear lo diametralmente opuesto: la tecnología es una oportunidad y es necesario que todos entendamos la intensidad y la velocidad de sus cambios para adaptarnos a un nuevo mundo del trabajo donde la inclusión debe ser el patrón de comportamiento. Todo será más rápido y nos afectará a todos por igual. Debemos enfocarnos en una agenda común que vea en las nuevas tecnologías aplicadas al mundo del trabajo una oportunidad de inclusión social y el camino más adecuado para mejorar la competitividad de los negocios. Ya no necesitamos el capital de la primera revolución, en la cuarta revolución industrial es necesario el conocimiento innovador para aprovechar los avances. Hay que ser veloces e intensos, hay que ser ambiciosos e innovadores soñando por qué no, con ser pioneros en este hito histórico.

Michael Porter sostiene que las ventajas competitivas permiten a una organización crear una posición defendible dentro de su industria. La diferenciación es una de las estrategias que propone el autor para mantener dichas ventajas. En el caso argentino, pareciera que las ventajas competitivas de nuestras empresas están en constante redefinición debido a estímulos externos tales como cambios de gobiernos, reformas laborales, impositivas, políticas proteccionistas o aperturistas, etc. Entender la intensidad y la velocidad de las nuevas tecnologías aplicadas al mundo del trabajo en clave de oportunidad, bien podría convertirse en un instrumento de diferenciación para que nuestros recursos humanos evolucionen a la altura de los nuevos tiempos.

*Profesor de Recursos Humanos en UADE