Dicen, quienes saben del tema, que en el corto plazo existen dos maneras de financiar el déficit fiscal: o se toma más deuda pública o se emite más moneda. Desde mediados de los ’70, Argentina ha recorrido este péndulo, alternando entre el default y la hiperinflación.

Lo cierto es que en la actualidad nadie duda de que la administración Macri eligió una vez más el modelo del endeudamiento para sostener sus rojos fiscales, el cual también fue llevado adelante por José A. Martínez de Hoz durante la dictadura militar, por Raúl Alfonsín con el Plan Austral y por Domingo Cavallo y Carlos Menem con la convertibilidad (aunque a diferencia de los anteriores modelos, la convertibilidad se implementó a través de un shock y no del gradualismo del “reformismo permanente”). También afirman quienes estudian estos modelos que los efectos más visibles de estas políticas económicas son el retraso del tipo de cambio, el crecimiento de las importaciones a través de la baja de los aranceles y tasas de interés positivas, siempre muy por encima del aumento del dólar.

Pero pese que desde el ala política del Gobierno insisten en que vivimos en la era de la posverdad (eso que los politólogos y expertos en comunicación llaman “mentira emotiva”, que sostiene que los hechos objetivos no existen y que permite moldear la realidad para influir en la opinión pública ), en la economía real, estas teorías se desvanecen.

Acaso por eso es que mientras en la última conferencia de prensa de los ministros Nicolás Dujovne (Hacienda), Luis Caputo (Finanzas, el titular del BCRA, Federico Sturzenegger, y el jefe de Gabinete, Marcos Peña, se destacaba que el camino gradual de la reducción del déficit fiscal era sostenible junto a un crecimiento del endeudamiento, el dólar se alteraba y avanzaba como nunca en el año. Las sospechas del mercado surgen del optimismo de los nú- meros mostrados, y sobre todo de las cifras que se refieren al pago de intereses de la deuda, que de acuerdo con el oficialismo quedan estables en torno de 2,1% del PBI durante los próximos años, lo que mostraría que la meta de reducción de 1 punto porcentual (pp) del déficit primario nacional equivale a la reducción de 1 pp del déficit financiero (incluyendo intereses). Pero más allá de los deseos y la posverdad, si se revisan las cifras de 2017, el incremento en el pago de intereses fue mayor al 80% de lo abonado en pesos en 2016. Y en el Presupuesto 2018, el pago de los intereses de la deuda pública como porcentaje del producto ascenderá un 2,3%.

Mientras tanto, los más viejos del mercado miran con más cariño al dólar y cuentan a quien quiera oír que Argentina recuperó el superávit fiscal recién después de la cesación de pagos de 2001 y la megadevaluación, la cual licuó parte del gasto público. Un historia demasiado presente entre los inversores, que parecen, todavía, blindados contra la posverdad.

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Ernesto Hadida

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