Algunas personas, con escasa autoestima, tienden a alardear colocándose falsas virtudes personales, ostentando valores e intentando llamar la atención cada vez que tienen oportunidad. Quizás suelen señalar aquello que les falta. Se trata de aquellos que desarrollan estilos relacionales prepotentes y soberbios. En una senda distinta, el amor propio implica valorarse, quererse, tenerse en cuenta y permanecer lejos del egoísmo o la egolatría. Es entender y aceptar, al mismo tiempo, las propias fortalezas y debilidades, los talentos y los límites. En definitiva, reconocerse de manera íntegra y sincera.

Este proceso autorreflexivo se transita en nuestra mente y en nuestras emociones. Somos nosotros los que debemos sentirnos valiosos, para nosotros mismos y para los demás. Realidad lejana a la ostentación donde soberbios, ególatras, fanfarrones, intentan -por diversos caminos- buscar reconocimiento y protegerse de sus fuertes sentimientos de desvalorización. Lo afirma el refrán popular: "Dime de qué te jactas y te diré de qué careces". Muchas actitudes se acercan a la pedantería y a la soberbia, aunque bien podrían ser consideradas propias de una conducta delirante.

Generalmente en la soberbia, el ser humano -además de creerse omnipotente- se sobrevalora y alaba lo que considera sus talentos personales, situándose por arriba de los demás. Monopoliza la atención en las reuniones sociales, proporcionando conocimientos técnicos al ingeniero, explicando los mecanismos inconscientes al psicólogo, dictando clase de clonación al biólogo, cátedra de política nacional e internacional a todos. Se muestra casi perfecto y nunca va a aceptar que posee fallas o equivocaciones. La egolatría del "elegido" lo conduce a creerse una especie de mesías, hospedando una obsesión exagerada por sí mismo y una excesiva evaluación del propio mérito.

La soberbia produce la ceguera del alma, la sordera intelectual y el endurecimiento del corazón. Y se enquista en un permanente estilo de tristeza. Se mantienen las convicciones, más que por verdaderas, porque son propias, conformando así un sistema de creencias sin objetividad. En esta realidad, impostada por los "elegidos", se impone el mandato discriminatorio, de los que creen que saben, hacia los que ellos mismos consideran ajenos al conocimiento. No es un mero hábito irritante, la soberbia es un vicio corrosivo y degradante que frustra el crecimiento humano y daña la comunidad.

El sentido de autosuficiencia es muy importante en este estilo de personalidad. Necesitan armar mágicamente un personaje omnipotente y seguro de sí mismo, aunque no sea consciente. La omnipotencia es la creencia tácita o explícita de pensar que todo lo puede. La borrachera de sí mismo tiene su génesis de una zona profunda e íntima donde se elabora esa superioridad con manifestaciones muy relevantes. Susceptibilidad casi enfermiza para cualquier crítica con un cierto fundamento; gran dificultad para pasar desapercibido; tendencia a hablar siempre de sí mismo; desprecio hacia cualquier persona que aflore en su cercanía y de la que se pueda oír alguna alabanza.

La palabra orgullo es uno de los términos mal aplicados en esta temática. Estar orgulloso de lo que uno es, es lo mejor que le puede suceder a una persona. Es sinónimo de una valoración óptima y productiva. No significa darse mayor valor del que se posee ni creerse alguien inexistente. Sentirse potentes es una cualidad muy sana para todos los humanos; es sentirse motivados. Capacidades y fortalezas forman parte de esa potencia personal que afronta distintas situaciones problemáticas o no.

Sólo el amor puede cambiar el corazón de una persona. Cuando hay madurez, uno sabe relativizar la propia importancia; no se hunde en los defectos ni se exalta en los logros. Y a la vez, sabe detenerse en todo lo positivo que observa en los que le rodean. Saber mirar es saber amar. Quien desprecia a los suyos para aparentar lo que no es, termina solo y despreciado por todos.

Decía Esopo, que "un cuervo volaba en su bandada cuando observó la magnificencia y belleza de los pavos reales, allá en el suelo. Admirado y soberbio decidió abandonar su poco colorida compañía y marchar a vivir entre los pavos reales. Aprovechó que en el suelo había caídas algunas esplendorosas plumas de pavo real y se las entrelazó como pudo entre las suyas. Ataviado de tal forma corrió a mezclarse con tan deslumbrante nueva sociedad. Al principio nadie dijo nada, hasta que un pavo de gran porte e iridiscente cola de colores, le gritó: -¿Qué haces aquí cuervo? -Yo ya no soy un cuervo, dijo el aludido, ahora soy uno de ustedes.

El pavo real le arrancó con su pico la plumas con que se adornaba y con aceradas garras le propinó tales heridas que hubiera muerto de no ser porque aún conservaba su capacidad de volar, algo que los pavos reales no pueden hacer. Volvió maltrecho y herido a su bandada que le rechazó de inmediato. -Anda y vuelve con tus pavos reales, ya que nosotros te parecemos feos y despreciables".

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