El entorno en el que vivimos actualmente ha sido denominado sociedad de la información, un concepto ligado a la aparición de una sociedad post industrial. Un ecosistema condicionado por las innovaciones tecnológicas que, a la vez, son vehículos de una rápida transmisión de información y transformadoras de fenómenos sociales. Facilitan, entre otros aspectos, la difusión del conocimiento y de la cultura, propician el desarrollo económico, fomentan la creatividad, aseguran la libertad de expresión, facilitan relaciones interpersonales y generan espacios de ocio, formando una espiral de crecimiento y de evolución.

La existencia de las redes de difusión y la facilidad de acceso a ellas que tenemos, pone a nuestra disposición una gran cantidad de fuentes de conocimiento sobre cualquier campo que despierte nuestra curiosidad o sobre el que necesitemos aumentar nuestro saber. Además, la sencillez para compartir y distribuir cualquier tipo de contenido está produciendo revoluciones y terremotos sociales de una gran intensidad.

Hasta hace poco, la sociedad de la información no era más que un concepto. Se ha ido materializando y se ha constituido como una opción posible. Hoy, este tipo de sociedad se ha extendido a todos los ámbitos de vida, especialmente en los países desarrollados. Las nuevas generaciones nacen en un entorno gobernado por las innovaciones tecnológicas. Se les hace muy difícil imaginar un mundo en el que estas herramientas no existieran.

Nuestra sociedad dispone ya de una impronta digital que ha cambiado (para bien y para mal) el modo en que nos relacionamos e incluso la forma de concebir nuestra realidad. No deja de ser curioso desde un punto de vista psicológico y antropológico. Hasta no hace mucho, nuestras interacciones se llevaban a cabo con personas que veíamos con mayor o menor frecuencia. Este hecho, propiciaba generar un principio de cooperación que facilitara la convivencia. Existía una especie de equilibrio donde se aplicaba ese principio que facilitó a lo largo de generaciones nuestra supervivencia como especie: el respeto y el sentido de cooperación. Algo que en la actualidad se está perdiendo peligrosamente.

Hoy mucha gente vive en ciberburbujas donde puede relacionarse con personas que no conocen. Contactan y siguen perfiles que no verán jamás pero de los que saben cosas cada día a través de las redes sociales. Lamentablemente, esta comodidad, la de poder actuar desde el anonimato facilita que pueda emerger lo peor de cada uno. Se puede atacar, desprestigiar e incluso acosar a alguien para adherirse a una falsa noticia -denominada "bulo"-, para difundir el agravio y la burla hasta destrozar por completo a una persona en todos los niveles: social y emocionalmente.

Pero las nuevas tecnologías pueden servir también de maravillosos puentes cotidianos para reforzar las relaciones de alteridad. El poder de la actual era digital es inmenso. Lejos de aislarnos tras una fría pantalla de ordenador, a la gran parte de la población le supone toda una modificación, un mundo lleno de nuevos estímulos y una forma excepcional de salir de sus islas de soledad para "conectarse" de nuevo a la vida. Se crean lazos aún más fuertes. Permite dar un salto cualitativo en nuestros vínculos cotidianos. Es un tranquilizante para aquellos padres que se aseguran de que su hijo está bien; es la sonrisa de esa joven a la que su pareja le da los buenos días con un mensaje lleno de alegres emoticones; es un torrente de energía para ese muchacho, cuyo grupo de amigos lo invitan a que no se rinda. Un modo maravilloso de tener cerca a quienes están lejos.

Sin embargo, no habrá que olvidar que un abrazo, un beso o una caricia nunca se podrán sustituir por un emoticón. Una video conferencia no permitirá compartir una comida ni disfrutar la compañía necesaria. Las nuevas tecnologías nos facilitan la vida y nos ayudan muchísimo, es cierto, pero no la reemplazan ni nos permiten sentirla en plenitud.

Lo que sigue es el resumen de un texto de Hernán Casciari, escritor y periodista: "Gracias a mi hija Nina descubrí qué espantosa resultaría la literatura toda ella, en general si el teléfono móvil hubiera existido siempre. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción. Con un teléfono en las manos Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate. Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria. Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana. Ninguna historia de amor habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. Y la novela de García Márquez se llamaría Cien años sin conexión. Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? Nuestras tramas están perdiendo el brillo las escritas, las vividas, incluso las imaginadas porque nos hemos convertido en héroes perezosos."