Todos nos hemos sentido solos en algún momento de nuestra vida y, por ello, hay muchas definiciones de soledad. Sin embargo, aunque "la soledad se sabe sola en el mundo de los solos y se pregunta a veces por otras soledades", como lo diría el maravilloso Benedetti, no deja de ser un estado emocional envuelto en cierto desconcierto e incomprensión social. Es que hay un instinto que nos recuerda que no podemos sobrevivir solos. Pocos han sido capaces de domesticar a la soledad completa y ser felices en ella.

Asistimos a una verdadera epidemia de soledad recorriendo el mundo. Tiende a crecer. Tanto se ha cultivado el individualismo que al final hemos construido una realidad en donde casi es norma el aislamiento personal. Son millones y millones las personas en el mundo que se sienten crónica e irremediablemente solas. Es una condición que no respeta edad, nacionalidad o condición social. La vida les ha llevado a un punto en el que no hay amigos, no hay familia, solo vínculos funcionales y ocasionales. El ideal parece llevarnos a vivir solos, cultivar nuestro propio huerto, tener el propio negocio y no necesitar de nadie.

En contraposición, y casi como una paradoja, hoy se vende compañía. No sólo como un servicio sexual; se necesita gente para compartir un rato de conversación o una salida al cine. Si existe la oferta es porque hay demanda. Y si hay demanda es porque hay una carencia que antes se contrarrestaba de manera natural. Cuanto más solo estés, más solo tiendes a estar. La soledad crónica va en contra de la naturaleza y no es fruto ni de la necesidad, ni del deseo genuino. Si te sientes solo, si no logras hacer lazo con los demás, algo está fallando. La soledad no hace referencia a la cantidad de personas que formen parte de nuestra vida, sino a la calidad emocional establecida con dichos vínculos.

Hay una “soledad funcional” para alejarnos de un entorno desgastante

Existe, sin embargo, una "soledad funcional", la que necesitamos para alejarnos de un entorno nocivo o desgastante con el fin de reencontrarnos y recuperar nuestro bienestar psicológico. Útil para recomponer dimensiones tan básicas como la autoestima, las propias prioridades o devolvernos ese espacio propio, íntimo y privado que nos habían arrebatado. Dentro de cada uno de nosotros hay manantiales de gran belleza que necesitan renovarse de vez en cuando para seguir sintiéndonos vivos. La soledad elegida, la distancia saludable y un periodo de tiempo dedicado a uno mismo es siempre saludable, necesario y catártico. La opción por la soledad reserva rincones de nuestro corazón, nos ayuda a conservar intimidad; un modo también de aprender a construir adecuados filtros personales.

Luchar con la soledad no tiene por qué ser estrictamente negativo. Aunque somos animales sociales que necesitamos de la compañía de otros, somos también seres individuales y esta realidad se hace necesaria. La soledad no implica ser un inadaptado social. Ni tampoco quiere decir que no se desee tener amigos. No significa ser vergonzoso ni habla de una incapacidad permanente.

Es expresión de sabiduría transformar la soledad en una herramienta de autoconocimiento y crecimiento; de reencuentro con nuestros anhelos, alegrías y pasiones verdaderas. Aprender a vivir en soledad con uno mismo es un verdadero arte. Paulo Coelho dice: "La soledad, cuando es aceptada, se convierte en un regalo que nos lleva a encontrar nuestro propósito en la vida". Tener miedo a la soledad en ocasiones se traduce en un temor a conectar con la parte más íntima de nosotros, no solo con nuestras luces sino también con nuestras sombras.

La soledad tiene dos caras. Puede ser un enemigo mortal que nos destruye. Puede ser nuestra mejor amiga que nos centra en lo que realmente queremos y necesitamos. Si no salimos de nuestra zona de confort será difícil tener esos momentos. Dejar el temor nos sacará de nuestra condición de vulnerables. Mario Benedetti nos regala esta iluminación: "La mejor manera de ser feliz con alguien es aprender a ser feliz solo. Así la compañía es una cuestión de elección y no de necesidad".

Quizás el Principito nos brinde su ayuda:

"- ¿Quién eres tú?- preguntó el principito. - Soy un zorro - dijo el zorro. - Ven a jugar conmigo - le propuso el principito. - No puedo jugar contigo - dijo el zorro, - no estoy domesticado; ¿qué buscas? - Busco a los hombres - le respondió el principito y le preguntó - ¿Qué significa "domesticar"? - Significa "crear vínculos" - dijo el zorro. - Si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

El zorro se calló y miró un buen rato al principito: - Por favor... domestícame - le dijo. - Bien quisiera - le respondió el principito,- pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas. - Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos, están solos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!"