Muchas veces las mascotas ayudan a las personas a sentirse más seguros y motivados, a expresar sentimientos escondidos, a mostrar cariño incondicional y leal. Vivir junto a una mascota aporta un apoyo emocional destacable. Hay animales que llegan a la existencia de alguien en un instante de mucha necesidad, en el momento más complejo. Desde entonces, y a pesar de que todos somos conscientes de que un animal no es un ser humano, el cerebro comienza a reaccionar ante ellos cuando están cerca o se los abraza. La hormona del cariño, la compasión y la necesidad de cuidado se activa. Parece algo mágico. Un animal no conocerá el origen de los problemas ni la razón de las decepciones o frustraciones. Se guían solo por las emociones, por ese «aquí y ahora" donde identifican al instante las alegrías o las tristezas.

La relación que se tiene con las mascotas está liberada de los insoportables conflictos de la cultura. Sigmund Freud decía que "los perros no tienen la personalidad dividida, la maldad del hombre civilizado ni la venganza del hombre contra la sociedad por las restricciones que ella impone". El célebre psiquiatra afirmaba que los motivos que conducen a querer tanto a un animal se comprenden si atendemos a que su amor no tiene dobleces. Lo evidencia en una carta que compartió con la princesa de Francia, María Bonaparte, en la que le dice: "Realmente puedo entender cómo uno puede amar a un animal con tan extraordinaria intensidad: cariño sin ambivalencia, la simplicidad de una vida libre de todos los conflictos de la civilización, la belleza de la existencia por lo que es."

Hay días en que, la fantasía, dice que nuestros amados animales cuentan con infinidad de superpoderes que los hacen especiales y que ofrecen demasiados motivos para quererlos con tanta intensidad. Resulta sorprendente la capacidad que tienen para captar cuando su "amo" llega a casa, su poder de "ultramirada" a través de la que consiguen lo que se propongan, su facilidad de sintonizar con cada estado emocional y proporcionar consuelo y energía. Los animales son, sin duda, los mejores terapeutas en distintas situaciones.

Amar a los animales es algo que ocurre casi sin darse cuenta. Las mascotas entran en los corazones sin preaviso, ganándose todas las sonrisas. Eilenn Green dice: "mi meta en la vida es llegar a ser tan maravilloso como mi perro cree que soy". En ocasiones, cargados con las preocupaciones diarias, con las prisas y responsabilidades, muchos no se dan cuenta de cómo los atienden las miradas de sus mascotas, ansiando pasar un buen rato con ellos, esperando siempre que sea el mejor, el más intenso, distendido y feliz.

Las lecciones que se pueden aprender de las mascotas son realmente muy valiosas. Pero, a menudo, la excesiva personificación parece tremendamente egoísta y dañina para el animal. No necesitan joyas, no exigen un spa, no son una muñeca para vestir. Necesitan algo mucho más sencillo: amor y cuidados. Convirtiéndolos en "personas" se les está robando su naturaleza. Y no nos engañemos: muchos lo hacen por egoísmo. Personas que, para cubrir necesidades propias, especialmente el cariño, la compañía, la sociabilidad, tratan de compensarlas con sus mascotas, transformándolas y tratándolas como si fueran humanos. Lo que comúnmente se llamaría "cubrir un vacío emocional". Un extremo muy alejado del afecto por los animales.

El amor nos invita a socializar y amplía nuestra capacidad de relacionarnos

Frente a este peligro, es bueno recordar que el amor es el sentimiento más profundo, intenso y expansivo en la experiencia de nuestro día a día. Nos ayuda a sanar nuestras heridas emocionales y recomponer el vacío de nuestros corazones. Amor en todas sus manifestaciones: amor propio, amor de padres, amor de amigos. El amor nos invita a socializar y amplía nuestra capacidad de relacionarnos. Es un sentimiento poderoso que nos ayuda a hacer conexiones profundas con la gente que apreciamos, y no sólo con nuestras mascotas. Para que nadie llegue a decir: "mientras más conozco al hombreà"

"Un hombre, su caballo y su perro, caminaban por un sendero. Al pasar cerca de un árbol gigantesco, cayó un rayo y los tres murieron fulminados. Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había dejado este mundo, y siguió caminando con sus dos animales. En una curva del camino, vieron una plaza, en cuyo centro manaba agua cristalina.

El caminante se dirigió al hombre que cuidaba el lugar: -Buenos días, ¿dónde estamos? -Buenos días- respondió el hombre, -esto es el cielo. ûíQué bueno, porque nos estamos muriendo de sed! -Usted puede entrar y beber toda el agua que quiera, pero aquí no se permite la entrada de animales. El hombre se disgustó; no estaba dispuesto a beber él solo; y siguió adelante. Tras mucho caminar, llegaron a un camino arbolado. A la sombra de uno, había un hombre tumbado.

-Buenos días- dijo el caminante. -Tenemos mucha sed, mi perro, mi caballo y yo. -Hay una fuente en aquellas piedrasû dijo el hombre. -Pueden beber cuanto les plazca. El hombre, el caballo y el perro saciaron su sed. Regresó para dar las gracias y dijo: -A propósito, ¿cómo se llama este lugar? -Cielo. -¿Cielo? íPero si el guarda de la plaza dijo que el cielo era allá! -Eso no es el cielo, es el infierno. Ellos se quedan con todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos."

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