Vivimos en un ámbito social donde la reciprocidad se ha convertido en una moneda de cambio. Pasamos mucho tiempo valorando lo que los demás nos devuelven a cambio de nuestra entrega. Y probablemente descubriremos que recibimos menos de lo que creemos dar, lo cual impedirá que disfrutemos de las relaciones, así como de nuestra entrega a los demás. Tendemos a esperar de ellos, como mínimo, lo mismo que les hemos ofrecido. Al darnos cuenta de que pocas veces hemos sido correspondidos, sentiremos frustración o manipulación.

Detrás de muchas conductas con las que pretendemos agradar se encuentra la necesidad de recibir. Damos, casi de manera desesperada, porque también necesitamos. De una manera inconsciente, creemos que "si miramos por los demás, ellos acabarán mirando para nosotros". Debería llegar el momento más sano de mirar por uno mismo, sin esperar nada de los otros. La satisfacción de dar a los demás se convertirá en el único motivo para hacerlo y en el motor principal de la reciprocidad. Ésta, es un acto de libertad, y corresponde a cada persona decidir qué quiere dar, cuándo y cómo. Y sólo desde el respeto hacia las decisiones de los demás podremos disfrutar plenamente de los beneficios de la reciprocidad.

Cada persona decide, si dar algo o hacer algo por los demás; así, nadie debe nada a nadie, ya que somos libres y no tenemos la obligación de corresponder, como tampoco la tienen con nosotros. Dejaremos de medir lo que los demás nos dan, porque solo forma parte de su decisión, y no tienen obligación. De la misma manera, dejaremos de sentirnos obligados o en deuda por devolver lo que nos dieron a nosotros. La reciprocidad se convierte en un instrumento de intercambio espontáneo, satisfactorio y pleno de gratitud.

Recibir también es un derecho, y aún más, también es una necesidad

La reciprocidad debe partir siempre de la autenticidad, espontaneidad y bondad humana. Hay un sexto sentido que nos permite discriminar el altruismo del egoísmo, el mero interés del afecto. Aunque nos resulte llamativo, la reciprocidad impregna gran parte de nuestros escenarios. Cuando alguien (conocido o desconocido) elige hacer algo por nosotros lo lleva a cabo de manera voluntaria y espontánea. Es una acción que nace de la bondad. Cuanto más profunda es la marca emocional que deja en nosotros, más motivados nos sentimos para devolver el favor. Y lo haremos de corazón y sin ningún tipo de obligación. Decía Séneca: «Ingrato es quien niega el beneficio recibido; ingrato es quien lo disimula, más ingrato es quien no lo devuelve, y mucho más ingrato quien se olvida de él".

El hombre, a lo largo de la historia, ha tenido que compartir para poder sobrevivir. Desde conocimientos hasta herramientas, comida o refugio, siempre la solidaridad de unos, fue la manera que tuvieron otros para continuar con vida. Esto se mantiene aún hoy. El ser humano es cooperativo por naturaleza; esto nos ha permitido avanzar como especie al sabernos amados, atendidos, valorados e incluso protegidos. Desde que nacemos, traemos de manera innata sentimientos correctos para establecer una especie de "deuda" cuando alguien hace algo por nosotros.

Si das amor, es probable que recibas amor. Los seres humanos tendemos a funcionar como una especie de espejo en lo que se refiere al intercambio. Dar a otros nos ayuda a sentirnos mejores personas, a contar orgullosos nuestro accionar. Sin embargo, la felicidad no se inscribe solo en el acto generoso de darlo todo a cambio de nada. Recibir también es un derecho, y aún más, también es una necesidad que da aliento al corazón y que construye los pilares fundamentales de la reciprocidad. El corazón también ansía recibir reconocimiento. No queremos regalos, preferimos detalles. No deseamos que se devuelvan nuestros favores ni que nos dediquen una placa por cada esfuerzo invertido, por cada tiempo dedicado. Lo que nuestros corazones ansían recibir es respeto, reconocimiento y reciprocidad. Esto tiene la sutil virtud de acariciarnos el alma.

"Un maharajá, que tenía fama de ser muy sabio, cumplió 100 años. Todos querían mucho al gobernante. En el palacio se organizó una gran fiesta para aquella noche y fueron invitados poderosos señores de todo el reino. Llegó el día y una montaña de regalos se amontonó en la entrada. Durante la cena, el monarca pidió a sus sirvientes que separaran los regalos en dos grupos: los que tenían remitente y los que no se sabía quién los había enviado. A los postres, el rey mandó traer todos los regalos. Un montón de grandes y costosos regalos y otro más pequeño, con solo algunos presentes.

El maharajá empezó a abrir los regalos del primer montón y fue llamando quien se los había enviado. A cada uno lo hacía subir al trono y le decía: -Te agradezco tu regalo, te lo devuelvo y estamos como antes. Devolvía el regalo, sin importar que fuera. Cuando terminó con el primer montón, se acercó al otro y dijo: -Estos regalos sí me los quedaré, estos son los que no tienen remitente, y por ello, no me obligan a nada; a mi edad, no es bueno contraer deudas porque cada vez que recibes algo, puede estar en tu ánimo o en el del otro, transformar este dar en una deuda."