— Contame qué te pasó

— Ay, doctora, si tuviera que decirle...

— Bueno, vos contame, explicame por donde quieras

Las dos mujeres se quedan en silencio. Intercambian miradas mientras Sandra, una joven de 22 años, observa el cúmulo de expedientes depositado sobre el escritorio. En las carátulas se pueden leer temáticas que van desde pedidos de exclusión de hogar y solicitudes de cautelares hasta medidas de abrigo y problemas de adicción. Pero las demandas más representativas son aquellas que abordan la violencia de género. De hecho, es el motivo por el cual Sandra se encuentra allí.

Los tiempos de la Justicia están desactualizados para atender la urgencia

Sin embargo, le resulta difícil articular su discurso. Parece preocupada. No encuentra un hilo conductor para narrar los hechos que fue a denunciar ante Silvina Puricelli, la defensora civil a cargo de la Defensoría N 2 de Quilmes, especializada por la materia en violencia y medidas de abrigo.

El edificio, ubicado en la calle Alvear N 458, funciona en una casa antigua. La oficina de la fiscal es una estrecha habitación, que está en la planta alta. Silvina se acomoda los lentes de "ver de cerca" mientras observa con atención los gestos de su interlocutora. Busca unos papeles blancos en el cajón de su escritorio. Toma una lapicera azul y se inclina sobre el respaldo de la silla.

— ¿Cómo eran cuando empezaron? ¿Te controlaba? -interroga

— Sí, me miraba el celular y estaba las 24 horas del día pendiente de lo que hacía

— ¿Por qué viniste?

— Vine porque el sábado me pegó -contesta mientras encoge sus hombros con timidez. Su mirada permanece fija hacia el piso. Pero su ojo derecho luce morado. La violencia que padece puede leerse en su rostro con claridad.

— ¿Qué quiere decirle al juez? -dispara la fiscal sin mayores interrogantes y con la convicción de que la valentía de aquella mujer cambiaría su destino. No es un dato menor su presencia en la justicia. "La persona va captando hechos que antes no consideraba violentos. Empieza a tener otra percepción, se empodera hasta posicionarse en un lugar más reflexivo y crítico", explica Puricelli.

Desde 1996 hasta 2010 Puricelli ejerció su profesión de abogada en el estudio jurídico Barrera Nicholson Puricelli. "El ambiente era demasiado patriarcal y discriminatorio. Mis socios se negaban a contratar mujeres bajo los argumentos de que se embarazan e indisponen. Además, sostenían que las "gordas" no debían laburar con ellos porque se mueven lento", recuerda.

En 2010 ingresó en la función pública, desempeñándose como Defensora Oficial en el Fuero Civil, Comercial y de Familia. Trabaja con un fuerte compromiso social desde una perspectiva de género en el Departamento Judicial de Quilmes, uno de los 19 en que se encuentra dividida la Provincia de Buenos Aires.

Su jornada laboral comienza temprano. Se despierta a las seis de la mañana y se prepara el desayuno: un café con dos cucharaditas de azúcar y dos tostadas untadas con queso y mermelada. A las siete y cuarto emprende el trayecto hasta su oficina, que le lleva unos veinticinco minutos reloj. "Voy a mi trabajo como si fuera un equeco porque en el asiento trasero del auto siempre llevo libros, expedientes o cualquier otro material de estudio", señala.

La rutina de dar respuestas

Son las 7.40. Llega con tiempo suficiente para acomodarse en su oficina antes de empezar a recibir las demandas de la gente. Pero el escenario cambia cuando ingresa en la sala de la planta baja del edificio donde funciona la Defensoría. Se encuentra con un ambiente caldeado, poblado de personas que forman una hilera detrás de un mostrador para anunciarse en la mesa de entrada. Luego, esperan pacientemente el turno que les corresponde conforme al orden de llegada. Silvina reconoce algunos rostros. Sabe que se trata de víctimas que naturalizan los golpes como si se trataran de hechos aislados y que justifican las situaciones agraviantes que padecen hasta que un suceso concreto desata la denuncia. En efecto, sus reclamos, con las particularidades de casa caso, son contundentes. Necesitan hablar y ser escuchadas. En la Defensoría expresan aquello que no pueden decir en otros espacios como en la Comisaría de la zona.

"No quiero terminar como la chica de la TV", es un enunciado que se escucha con frecuencia en los pasillos de la Defensoría. Casos resonantes como el de "Micaela", la joven de 21 años que fue asesinada y violada en Gualeguay, interpelan a la Justicia. Permiten que las víctimas reflexionen en voz alta: "Yo no puedo terminar así. No puedo volver al círculo de violencia". Por ello, las marchas funcionan como un resorte para denunciar. "La convocatoria a movilizaciones mulitudinarias como las que se producen cada 8 de marzo o las que se realizan en repudio de un femicidio, suelen aumentar el número de mujeres que se atreven a buscar auxilio en el Estado", explica Puricelli.

Es feriado, no hay actividad administrativa, pero Silvina trabaja como de costumbre. "El mayor paro nuestro es el activo", reflexiona mientras se acomoda el rodete. Atiende a cada víctima, un promedio de 7 por día, como si se tratara de una sesión terapéutica: las escucha, asiste y acompaña a lo largo del proceso. Las recibe en el hall de la planta baja para acompañarlas hasta su oficina. Intenta atenderlas rápido, sin retrasos, porque entiende que la gente tiene otras obligaciones que cumplir.

Son las 11. Entra Sonia, una mujer de 37 años que había iniciado su demanda por violencia de género en 2014, pero el año pasado había abandonado el trámite. Hace años que Sonia es hostigada por su esposo quien a diario la acusa de serle infiel. Pero ella naturaliza la situación como si aquella cotidaneidad fuera normal.

— Martín es bueno. Ayer me ayudó con las compras. Él es bueno con los chicos . Se levanta repentinamente de su silla y se sienta en el sillón, ubicado en la esquina de la oficina. Empieza a sudar y cambian los gestos de su rostro.

— Me tiroteó con un arma... Me pegó dos tiros -revela Sonia. Había hablado durante veinte minutos continuos.

"Me pregunto hasta qué punto está tan invisibilizada la problemática", reflexiona Puricelli mientras le explica a Sonia los trámites a seguir.

Silvina sabe cómo ayudar a cada una de las víctimas que se acercan a la Defensoría en búsqueda de un espacio donde poder ser escuchadas ante un sistema que pareciera hacer oídos sordos. Intenta generar consciencia en las mujeres para que estén alerta frente a signos de prácticas violentas. Entiende que los tiempos de la justicia están desactualizados. Elige trabajar de forma interdisciplinaria junto a un equipo de psicólogos y especialistas en asistencia social. "Las terapias grupales funcionan como un nuevo grupo de referencia que pueden ayudar a la vícitma quien no siempre cuenta con una red familiar que la contenga",

Son las 14. Termina el horario de atención, la Defensoría cierra sus puertas al público. Pero Silvina se queda en su oficina hasta las 18 para estudiar la temática, doctrina y jurisprudencia de los casos que fue recibiendo. Mañana volverá a empezar.