Héctor Aníbal Silva tiene 25 años, está en pareja y es padre de Daila de un año y cuatro meses, casi el mismo tiempo que lleva trabajando en la empresa de alimentación Cook Master. Pasó cuatro años de su vida detenido y recorrió varias cárceles. Pero le dieron otra oportunidad.

Son siete hermanos, cinco estuvieron presos, al igual que su padre. Difícil panorama, para encontrar una salida. Pero tuvo la suerte de jugar al rugby en la cárcel y formar parte de Los Espartanos, fundación creada por Eduardo “Coco” Oderigo y Santiago Cerruti.

Le dieron el contacto y enseguida consiguió trabajo en Cook Master, una de las pocas empresas que cuenta con veinte ex presidiarios en su plantilla. Brindan servicios de alimentación a grandes comunidades. Entre sus clientes figuran trece cárceles de la provincia de Buenos Aires, 8 hospitales de CABA y GBA y 300 escuelas.

Una ley de la provincia de Buenos Aires establece que cada proveedor del Estado debe tener el 5% de su staff compuesto por ex presos. Cook Master es una de las pocas empresas que lo cumple. YPF también tiene ex presidiarios.

En las escuelas llevan los insumos y allí se preparan las viandas, en las cárceles cuentan con cocinas donde los internos elaboran las comidas con un cocinero instructor. Sus dueños, Víctor y Luis Lusardi -padre e hijo- están acostumbrados a tratar con comunidades vulnerables.

Gracias a un acuerdo con el Instituto Mariano Moreno pueden capacitar a los presos y que salgan con un certificado de manipulación de alimentos. Los Lusardi sueñan con ver comedores en las cárceles.

“Somos responsables de que coman bien, con sabor y tratamos de reinsertar gente en la sociedad. Por eso vienen y tienen un tutor por 9 meses que los guían. Tienen ganas de hacer bien las cosas porque ven los beneficios. No pueden creer que reciben un kit escolar cuando empiezan las clases”, cuenta Víctor Lusardi.

Héctor Sosa, está contento, no quiere volver a recordar todo lo malo que pasó. Cuenta que cuando salió de la cárcel le habían robado todo en su casa, pero con su trabajo logró rearmar la casa. Saca su celular y muestra las fotos del cumple de un año de su hija, no descuidó ni un detalle.

No puede creer tener tan buenos amigos como sus compañeros de trabajo. “Cuando cobremos los voy a invitar a comer un asado a casa, por trabajar casi no hablamos y me gustaría compartir con ellos y el encargado”, dice Sosa, contento con su nueva vida.

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