En nuestro mundo el mal se esconde en la cotidianidad de la gente, en el rumor del apuro de una ciudad, en una calle cualquiera. Sin embargo, lo que puede hacernos daño no sólo habita a nuestro alrededor; de hecho, ocupa más espacio en nuestro propio interior.

De niños trataron de convencernos de que los monstruos solo existían en las leyendas y cuentos. Nadie se animó a decirnos que, en realidad, se visten de personas y caminan a plena luz del día. Como aquel que primero conquista y luego maltrata, como aquellos que engendran y terminan negando el amor responsable a sus hijos, como el que sacraliza sus ideas y después arrebata vidas inocentes en actos terroristas. El término “monstruo” tiene en su origen una connotación fi cticia y literaria. Sin embargo seguimos utilizándolo para describir todos los comportamientos que, ante nuestros ojos, escapan a la lógica y representan la maldad. Conserva aún sus implicaciones originales, donde lo sobrenatural se conjuga con lo maléfi co para hacernos daño, para traernos la fatalidad. Por eso cada vez que designamos a alguien con el término de “monstruo”, lo despojamos de todo atributo humano, de todo lo “natural”.

Ahora bien, no sería bueno olvidar que todas las personas escondemos “nuestros propios monstruos”. Son características nuestras de las que nos avergonzamos, de las que nos arrepentimos o que consideramos defectos. Traumas del pasado, cosas que hicimos o que nos hicieron; realidades que pueden provocar rechazo en los demás o complejos que nos paralizan. Si los escondemos, es porque en realidad tampoco nosotros queremos verlos ni transitar la existencia con ellos.

Sin embargo, es absolutamente normal convivir con nuestros monstruos. Ni el más aparentemente puro de los individuos está libre de tener algún tipo de lucha interior. Y es que todos nos construimos sobre nuestros confl ictos y contradicciones. El problema es tratar de ignorarlos eternamente, no aceptarlos. Decía Carl Rogers: “La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”. Porque nada desaparece por sí solo, y es necesario aceptar la realidad para superarla. No enfrentar a nuestros monstruos los hace más fuertes. Si tenemos miedo de nuestras reacciones, de nuestra ansiedad, de nuestra ira, de nuestra depresión, del rechazo…, pero nunca nos detenemos a pensar en ello, lo más probable es que ese miedo se vaya haciendo grande y ensombrezca áreas de nuestra vida que en principio no estaban afectadas. Y así sucede con todo. Desgraciadamente, los problemas no desaparecen por ignorarlos, sino que crecen hasta convertirse en bolas de nieve que arrasan con todo.

A veces, nuestras emociones y pensamientos pueden oprimirnos hasta el punto de hacernos sentir perdidos, asfi xiados y apresados por nuestros propios monstruos. Recordemos que en ocasiones hay que visitar ese reino salvaje y quimérico donde habitan nuestras criaturas más extrañas. Lejos de anclarnos a él, hay que vencerlo. Nos sentiremos libres, purifi cados y ante todo satisfechos para volver con más fuerzas a nuestra vida real. Porque sí, porque los monstruos que nos habían referenciado de niños sí existen. No se camufl an en nuestra vida exterior, pero de vez en cuando aparecen en nuestras mentes.

Viven en nuestro interior, nos acechan y salen a la luz en el momento más inoportuno. Probablemente no sea posible eliminar las emociones negativas pero sí aceptarlas y gestionarlas a fi n de convivir con ellas y no permitir que dirijan nuestra vida: sorpresa, aversión, ira, alegría, tristeza. Y sobre todo el miedo, personifi cado como un monstruo de muchos brazos.

“Al borde del desierto había una ciudad. Allí vivía un matrimonio que tenía sólo una hija adolescente, por la que estaban muy preocupados y trataban de evitarle los peligros propios de su edad.

Había llegado el rumor de que se acercaba un circo con animales y toda su hechicería a cuestas. Sobre todo se hablaba del Brujo, de poder maléfi co, que con su sola mirada era capaz de seducir a una joven y convertirla en animal. El terror se apoderó de ellos al saber que la compañía se acercaba y que su hija no se hallaba en casa. Con el corazón oprimido cerraron la casa trancando puertas y ventanas. Pero no pudieron resistir y espiaron lo que pasaba justo frente a su casa. Era el Brujo Mayor. No pudieron sacarle la vista de encima; su mirada se clavó en la de ellos.

Ya no les cabía duda. Algo terrible le habría pasado ciertamente a su hija. Esta obsesión se les fue metiendo en el alma. Sintieron ruidos raros que golpeaban sus puertas; voces misteriosas e incomprensibles que pedían entrar. Se mantuvieron silenciosos y escondidos.

Ya de día se confi rmaron sus temores. Dormida en la puerta de su casa, estaba tirada su hija convertida en una burra. Gritos, reproches y barbaridades ante lo que veían sus ojos. Inmediatamente pusieron a la bestia un bozal y, desesperados, fueron a consultar a un monje del desierto. Se postraron a sus pies suplicándole que desembrujara a su hija. Con calma los consoló y les pidió que lo acompañaran. Al acercase a la joven les preguntó: -¿Dónde está la burra, de la que hablan? Yo no la veo-. -¿Cómo no la ves? Está delante de ti-, le respondieron.

Lo que sus ojos veían era una muchacha humillada, que lo miraba sin entender nada. Entonces suplicó: - Señor de la luz, dígnate librar a estos hijos de la mentira que hay en sus ojos. Trazó una cruz en sus ojos y ellos reencontraron la imagen de su hija. La que estaba embrujada no era la muchacha, sino los ojos de sus padres, obsesionados por el miedo y la angustia”.