El mundo no necesita siempre de contribuciones muy complejas; a veces lo mejor o lo único que podemos ofrecer son pequeñas atenciones. Es que, en realidad, no hace falta más para lograr un cambio significativo. Es la sucesión de pequeños pasos y la contribución de cada uno con su granito de arena, lo que levanta proyectos que al principio, y por su magnitud, pueden dar la sensación de ser inalcanzables.

Hacer el esfuerzo para ver qué podemos ofrecer, pondría en movimiento una cadena de mecanismos positivos. Aumentarían, cualitativamente, los recursos propios y de los demás. Y no hace falta embarcarnos en proyectos muy grandes; a veces un abrazo, un apretón de manos o escuchar a quien lo necesita es lo más simple, y quizás con eso ya estemos ayudando.

Todos tenemos algo para aportar al mundo y dejarlo mejor de lo que lo encontramos. Existe un margen de responsabilidad y también un margen de acción: una libertad que podemos decantar con el propósito de mejorar nuestro entorno. Siempre es mejor metas a corto plazo, cosas pequeñas que nos pueden motivar. Todo lo que podemos hacer día a día significa sembrar para obtener, poco a poco, frutos en un espacio más amplio.

Cada paso cuenta, cada paso construye y cada paso aporta. Todo aquello en lo que ponemos ganas e ilusión nos hace crecer y también a nuestro entorno. Implica no quedarse de brazos cruzados, sacar nuestro potencial y descubrir nuestro talento. El mundo está ahí, esperando todo lo que podemos ofrecerle desde las ganas de dar lo mejor de nosotros mismos.

La "teoría de los pequeños logros"dice que la vida siempre es mejor si aprendemos a simplificarla. Nada puede ser más catártico para la propia autoestima que ir acumulando pequeñas victorias, triunfos cotidianos para avanzar. Estos logros son muy complicados si no estimulamos su motivación y no creemos en sus posibilidades. La vida exige calma, saber hacer, paciencia. Sin embargo la mayoría de nosotros, de hecho, nos movemos en ese extremo donde todo parece magnificado. Tenemos grandes sueños, elevados anhelos y, también, grandes problemas. Todo nos supera, todo parece escaparse de nuestras manos la mayor parte del tiempo.

Muchas de las grandes soluciones se quedan en humo, en algo que llega con buenas intenciones y desaparece por donde ha venido. Porque la auténtica clave se halla en las pequeñas revoluciones del día a día, en el detectar aquello que no funciona, en ser un hábil y paciente microcirujano capaz de identificar dónde está el auténtico problema. No importa lo grande que sea el obstáculo o el desafío; soñar en grande y lograrlo con pequeñas acciones, un pequeño paso cada día. Las buenas personas no llevan pancartas ni acostumbran a hablar demasiado de sí mismas, sus grandes corazones se conocen con los pequeños detalles.

De todos modos las pequeñas cosas, los pequeños logros jamás deben ser entendidos como sinónimos de "mediocridad". Ser mediocre es permitirse lo mínimo aceptable, no esforzarse más allá de la propia zona de confort, no formar parte activa de los retos que pueden aparecer en nuestra vida. Es ocultar las habilidades y los talentos, dejando pasar muchas oportunidades. Quedarse estancados en lo fácil y no ir un poco más lejos.

El secreto para vivir felices tiene que ver con la capacidad de encontrar puntos de equilibrio en todo lo que se hace. Lamentablemente muchas personas viven como si solo existieran dos extremos: perfección o descuido. Olvidan que hay muchas situaciones intermedias y que no somos máquinas infalibles. El perfeccionismo es un deseo, nunca colmado, por llegar a un resultado que no genere ni el más mínimo cuestionamiento. En ese sentido, se trata de un deseo imposible, en el que generalmente se busca la excelencia y en el que se tiene poca tolerancia a la frustración. Lo que distingue a una persona aplicada y comprometida de alguien obsesivo y perfeccionista, es el grado de satisfacción que logra experimentar con lo que hace.

Vivir bien, y con un cierto grado de felicidad, no es otra cosa que incorporar el arte de la armonía y el bienestar en la imperfección, la capacidad de encontrar belleza en las cosas sencillas; en definitiva, la aceptación de las cosas poco convencionales. Vivir en plenitud no es un estado, es más bien un proceso y ante todo una actitud. Es lo opuesto a vivir en el vacío, donde crece el desánimo, la angustia, el miedo y la sensación de soledad. No somos lo que hacemos, somos lo que llevamos en el interior, aunque nos parezca pequeño.

"El bosque, de repente, ha comenzado a incendiarse. Mientras crecen las llamas, la alarma hace que todos los animales huyan para salvar su pellejo.Con gran esfuerzo, un pequeño y colorido picaflor recoge una y otra vez agua del río para verterla sobre el fuego. -"¿Es que acaso crees que con ese pico pequeño vas a apagar el incendio?", le pregunta el león. -" No, yo sé que no puedo solo", responde el pajarito, "pero estoy haciendo mi parte."

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