Malvinas es una de esas palabras que, en cada argentino que la escucha viene acompañada de una poderosa carga emotiva. Más allá de ser un pedazo de patria arrebatada cuando ésta no tenía un cuarto de siglo de existencia, es también para los ex combatientes de la guerra librada en 1982 y sus familiares una herida encarnada y caliente, que cada 2 de abril vuelve a latir de la mano de un reclamo que no cesa. ¿Y cómo se mantuvo ese reclamo por parte de las autoridades argentinas desde el momento en que ese conflicto no declarado concluyó?

Si hubo una política de Estado que se mantuvo históricamente a lo largo de las distintas administraciones nacionales, desde la usurpación inglesa en 1833 hasta nuestros días, fue precisamente el reclamo de restitución de las Islas Malvinas. De Rosas a Macri, civiles o militares, incluso las autoridades más pro-británicas sostuvieron la reclamación de soberanía sobre ese territorio insular, que junto con las Georgias y las Sandwich del Sur fueron ocupadas por su posición estratégica por la que en ese entonces era la mayor potencia económica y militar del planeta. Territorios que hoy, y siempre en base a la fuerza, siguen manteniendo en su poder.

El statu quo, que los sucesivos gobiernos británicos mantuvieron sin cambios a pesar de las resoluciones de las Naciones Unidas que instaban al diálogo para resolver el problema, cambió drásticamente con la trasnochada decisión de la dictadura de recuperar las islas en abril de 1982, sumergiendo al país en un conflicto bélico con la que todavía era y es una de las principales fuerzas armadas mundiales. Finalizada la guerra, y unos meses después reinstaurada la democracia en la Argentina, el gobierno del radical Raúl Alfonsín retomó la histórica reinvindicación por las vías diplomáticas.

Susana Ruiz Cerrutti fue la impulsora del “paraguas” de soberanía

Desde 1983 hasta la actualidad aparecen dos posturas claras aunque con matices por parte de las diferentes administraciones nacionales, desde Alfonsin hasta Mauricio Macri, con el peronismo marcando las posiciones más extremas.

En el retorno de la democracia, Alfonsín buscó reconducir la relación con Gran Bretaña, que quería que hubiera un cese formal de hostilidades, con lo que la Argentina hubiera sido considerado (a pesar de haber sido su territorio invadido en 1833) como país agresor y habría tenido que pagar indemnizaciones de guerra. El radicalismo, de la mano del canciller Dante Caputo, sostuvo la posición histórica de la Argentina y recurrió a la Asamblea General de la ONU donde se hallaba la legitimidad más grande que tenía el país, y donde a lo largo de los años desde la creación del organismo, se había reafirmado el reclamo soberano. Incluso después del conflicto y antes de la salida de los militares, el entonces canciller Juan Ramón Aguirre Lanari había conseguido que se apruebe allí una resolución de la asamblea que ratificaba la necesidad de diálogo entre las partes, y sobre todo puntualizaba que existía una disputa de soberanía, algo que Londres rechazaba.

Caputo y su vicecanciller Raúl Alconada Sempé sostuvieron el reclamo sumando votos contra el colonialismo británico, por ejemplo desde el grupo de los llamados Paìses No Alineados, en medio de una Guerra Fría que todavía estaba vigente entre los Estados Unidos y sus aliados y la Unión Soviética y sus satélites. En tanto había contactos informales via Brasil y Suiza para retomar las relaciones entre los dos protagonistas del conflicto, e incluso hubo reuniones en territorio estadounidense entre diplomáticos británicos y argentinos para buscar descongelar la situación.

La línea de Caputo fue continuada por la primera canciller argentina, Susana Ruiz Cerrutti, quién asumió cuando se va Caputo a la ONU. Cerrutti fue, según fuentes consultadas por este diario, quien en verdad elaboró la "Estrategia del Paraguas", que implicaba un acercamiento entre las partes en el que la Argentina no cedía los derechos soberanos pero entablaba un diálogo con los británicos para volver a tener relaciones bilaterales, que era un pedido generalizado de la comunidad internacional. Y si bien para ese momento ya no estaban Margaret Thatcher ni la dictadura, los ingleses no dieron el brazo a torcer en ese momento, sino después.

"Relaciones carnales"

Con la salida de Alfonsín y la llegada de Carlos Menem a la presidencia, se produce el nombramiento de Domingo Cavallo al frente de la cartera de Relaciones Exteriores, hecho que fue opacado por su posterior actuación como ministro de Economía. Esa gestión, de la mano del neoliberalismo en auge global, tomó todo lo que había hecho la diplomacia profesional anterior y avanzó con el Realismo Periférico de Carlos Escudé, quien tomó una idea de Roberto Russell, la del "neoliberalismo periférico", y empezó la era de las "relaciones carnales" y los ositos Winnie Pooh con los británicos afincados en las islas, los kelpers. Estos no son habitantes originarios sino implantados por la invasión inglesa, aunque Londres siempre los utilizó como excusa para no avanzar en el diálogo. Un paso importante fue que en 1994 la Convenciôn Constituyente puso en la letra de la ley suprema argentina el reclamo por las islas y que éstas debían ser recuperadas pacíficamente. El sucesor de Cavallo, Guido Di Tella, fue el encargado de llevar al límite la posición argentina sin reconocer a los kelpers, con el punto culminante en el viaje de Menem a Londres, en el que el tabloide sensacionalista The Sun sacó una tapa titulando "We are sorry", con lo que Menem aparecía pidiendo perdón por la invasión de las islas. Pero incluso en ese punto culminante de lo que fue llamada la "desmalvinización", Menem dio un discurso en Canning House, la institución privada más importante en las relaciones del Reino Unido con América latina, en el que hizo mención explícita a "nuestra plena convicción en la legitimidad de nuestros históricos derechos" sobre las Malvinas, una "cuestión de soberanía" respecto de la cual "las Naciones Unidas han instado a las dos partes a negociar a través de varias resoluciones". "La Argentina estará siempre dispuesta a hacerlo", recalcó.

El mandatario de la Alianza, Fernando de la Rúa, se reunió con el primer ministro Tony Blair cuando todavía era precandidato, y ahí con la presencia del diplomático Lucio Garcia del Solar se habló sobre el futuro de las islas, en un encuentro en el que Blair dió a entender que existia una clara posibilidad para una política de cooperación. En un momento en el que, previo al 11 de septiembre de 2001, existía un acercamiento internacional entre los gobiernos progresistas del mundo, comienza un deshielo de la posición británica que, a instancias de Blair, acepta que Argentina sea sede del Tratado Antártico. En ese punto surge la idea de "la diagonal", un intento de "Malvinizar en positivo", avanzando en el diálogo, la cooperación, intentando mostrar que los kelpers no son enemigos, y resaltar y difundir que la posición argentina siempre habló de los intereses de los isleños. Pero todos saben cómo terminó el gobierno de la Alianza.

Con la asunción de Mauricio Macri la orden fue reconducir la relación

Post 2001, el presidente interino Eduardo Duhalde en el primer año de su administración sigue el alineamiento con los EEUU y en contra de Cuba, en tanto que en el segundo año varía y se inclina hacia un sesgo que fue un preanuncio de las gestiones de Néstor y Cristina Kirchner.

De los gritos a la charla

El nuevo canciller Rafael Bielsa asume una posición muy proactiva en el tema Malvinas volviendo a la línea tradicional de Alfonsín y De la Rúa, y volviendo a poner el tema en el seno de la Asamblea General, ya que Menem había circunscripto el tema al Comité de Descolonización. En ese contexto, Néstor Kirchner, fiel a su estilo confrontativo, asume una posición discursivamente muy dura, que los kelpers aprovechan para ganar protagonismo, aunque se ven afectados por la ley argentina que sanciona a las empresas que pesquen o hagan exploración petrolera en la zona de las islas. Con Cristina y su canciller Héctor Timerman la diplomacia argentina sostiene la posición dura, no hay nuevos avances, y empiezan a escalar problemas con la pesca, el petróleo, etcétera.

Con la asunción de Mauricio Macri la orden es reconducir la relación. El memorándum de entendimiento firmado con el gobierno británico fue criticado por sus "excesivas concesiones" y se habla de un regreso a la política del menemismo. La gran pregunta es a cambio de què se están dando beneficios a los kelpers, a nivel de comunicaciones y facilitación del turismo, por ejemplo.

Para algunos expertos consultados, la diplomacia británica "hizo una movida brillante con los vuelos humanitarios, comenzando a hablar de los derechos humanos de los kelpers, que fueron invadidos por la dictadura", lo que termina afectando la gestión diplomática argentina. Pero por otra parte, la presencia cada vez más frecuente de argentinos en las islas que van a homenajear a sus familiares caídos en la guerra no deja de ser un recordatorio permanente de que existe un conflicto entre dos países que sigue sin resolverse. Y que para numerosos compatriotas, "desmalvinizar" no es una opción.

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