Decimos “novela negra” porque a los franceses se les ocurrió el nombre “noir” para esas historias que narran el costado oculto de la sociedad, lo que se mueve, larval, debajo de la apariencia de normalidad. El género surgió del policial de enigma británico y, en los Estados Unidos, especialmente a partir de la Gran Depresión, fue uno de los sectores de la cultura popular que más cuestionó el sistema americano. En realidad, su auge en el cine es un poco posterior, algo que siempre sucede (Groucho Marx decía que el musical de éxito en el cine fue un éxito en Broadway una década antes, y tenía toda la razón) porque el cine, negocio de alto riesgo, siempre apuesta a lo seguro y probado. Y también, porque comenzó a ser relevante como contracara del estado de bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial. Los años de oro del género son los cuarenta aunque hay ejemplos en toda época.

Para muchos, la primera obra maestra es El Halcón Maltés, debut como director de John Huston con Humphrey Bogart, basado en una novela de Dashiell Hammett protagonizada por su detective Sam Spade. Si la ven hoy, la van a notar demasiado hablada, demasiado teatral, demasiado pesada. Por la misma época, Howard Hawks tomaba El sueño eterno, de Raymond Chandler (que era mejor escritor que Hammett) y la llevó a la pantalla; aquí se llamó -ay- Al borde del abismo. Hay tres elementos clave en ese film que lo vuelven mítico: unió a Humphrey Bogart con Laureen Bacall, es muy preciso en la manera de mostrar la corrupción de las clases altas sin señalar con el dedito, y se dedica más a mostrar que a elucidar cada nudo de la historia (de hecho, hay un asesinato que queda sin resolver y la trama es un laberinto casi insoluble). Pero Hawks sabe combinar el movimiento con la oscuridad debajo de una sociedad, y nos seduce plano por plano sin que por eso se disuelva el contenido social.

El noir ve la corrupción que se esconde debajo de la normalidad

Billy Wilder construyó algunos de los más perfectos ejemplos de este género. Uno de los mayores es Pacto de Sangre (Double Indemnity) donde un agente de seguros moribundo le cuenta a su amigo, colega y el hombre que lo persigue, cómo cayó en las redes de una mujer fatal, traicionó la confianza de este hombre y cometió un crimen abominable. La película tiene tres actuaciones impresionantes (Fred McMurray como el agente-víctima, Edward G. Robinson como el viejo lobo y amigo, Barbara Stanwyck como la mujer fatal) narrando la historia de un tipo al que se mata por un seguro que hoy no se podría filmar.

Pacto de sangre: la mayor mujer fatal de todas

Laura es, también, ejemplo de genio. Otto Preminger narra cómo un detective investiga el asesinato de una mujer y, en el transcurso del asunto, se enamora de la muerta, tal cual. Por supuesto que es un camino lleno de trampas y mentiras, y que nada es lo que parece. Laura tiene el estilo despojado y crudo del realizador, aunque cada plano es barroco, como si detrás de cada adorno se ocultara algo demoníaco y destructor. Un buen prolegómeno a Vértigo, también un noir a su manera.

Y hablando de Hitchcock, no todo es detectives en el noir. El realizador amaba, de sus películas, La sombra de una duda, donde un asesino de mujeres se esconde en el pueblo de su juventud y en el amor de su sobrina menor, que lo idolatra. Pero nada se puede ocultar del todo y la fascinación de la joven (una gran Teresa Wright) pone al asesino (seductor y misántropo Joseph Cotten) en una disyuntiva fatal. La pintura del pequeño pueblo como hogar del horror sigue siendo un logro único en la carrera de Hitchcock y sí, como el resto de la lista, es una obra maestra.

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