Daniel Isaacs nació en San Juan, estudió Arquitectura en Bogotá, realizó una maestría sobre diseño modernista catalán en Barcelona, ciudad en la que residió por treinta años y en la actualidad vive en Milán. Trabaja como fotógrafo en el mundo del arte contemporáneo con el seudónimo de Patricio Reig, utilizando las técnicas que dieron origen a la invención de la fotografía. Escribe poesía, pero esta vez visitó Buenos Aires para presentar su primera novela.

"Lo que escribo, lo leo y lo grabo. Me voy a caminar y lo escucho. Hay una cosa musical, de afinación de la palabras, para saber algo molesta al oído. Si un término no es el adecuado, si tiene más dulce, más fuerte. Tiene que ser una orquesta que suene bien. Como en una tortilla de patatas no pude ir cada cosa por separado, es compacta", dice a BAE Negocios Isaacs en una bar que casualmente tiene una tranquila música de fondo que acompaña la conversación.

"Suelo grabar por la mañana cuando las cuerdas vocales han descansado por la noche. La primer voz no es la misma que al final del día. He escrito poesía siempre. La novela es otra forma de escritura y quería contar esta historia así", sostiene el autor.

La novela trascurre en la India de mediados del siglo XIX, en pleno dominio británico. Un joven dibujante nativo llamado Tarak descubre por casualidad el arte de la fotografía a través del inglés David Douglas, que se dirige a la ciudad de Shimla para abrir uno de los primeros estudios fotográficos del país asiático. Tarak encuentra en la práctica del retrato la clave de su pensamiento espiritual. Esa visión mística lo acompañará en su viaje a Europa, adonde se traslada impulsado por su amigo Douglas. Este desaparece en la montaña de Kamet, en pleno Himalaya, persiguiendo el sueño de fotografiar el lugar en el que nace el Ganges. El autor al mismo tiempo que recrea los orígenes de la fotografía en el período victoriano y el ambiente de los grandes estudios de Londres y París.

"Hay mucho que es real, el escenario que se apoya la historia es real, 60 años que duró el reinado de Victoria, y son los que necesitó la fotografía para inventarse", señala pero aclara que tampoco se trataba de escribir un ensayo, es una novela literaria que cuenta una historia.

–¿Qué hay de su profesión de fotógrafo en ella?
–La fotografía requiere para mi de un acercamiento si queres ir al alma de la persona, si no es una cáscara. Una cosa es la fotografía y otra es la imagen, algo que ves pero no palpa. La fotografía se toca, es otra experiencia. Quería en la novela aprovechar para hablar de ese tema, de la mística de la fotografía. Estos personajes que se cruzan y van a destinos opuestos. El retrato en la época victoriana tiene canones muy precisos, una práctica de representación de las personas, un método técnico y de posado, la mentalidad victoriana tiene cierta rigidez en todo, eso se reflejó en la fotografía. El personaje se pone a hacer fotos sin los canones victorianos y entrando al alma cuando no sabía ni lo que era una cámara y hace una serie de retratos. Esto es fantasía.

–¿Pero usted investigó para la novela o es producto de su formación fotográfica?
–Tiene mucho de lo que estudié en una colección propia que me compré en Sevilla; voy por los mercadillos comparando fotos antiguas. En aquel que se llama El charco de la pava, que es de gitanos, me encontré un tesoro apoyado en el suelo, estaba con mi mujer y le dije lo vamos a comprar todos los álbunes. Cuando levanté la primera página de uno de ellos me di cuenta de que no necesitaba ver nada más, sabía que tenía que comprar el lote entero y tal. Se hizo el negocio y puede comprar todos. En esa fotografías está toda la historia de las primeras fotos, fue muy impresionante, esas fotografías tienen los nombres de los estudios en que se hicieron y hay mucha información sobre ellos. Estuve un par de años estudiándolos, creo que mi mujer se había hartado de mí, que pensaba que hace este tío. Pero la novela en un momento se contó sola, fue cuajando.

–¿Tiene algo suyo?
–Tiene que ver con lo que pienso de la fotografía, del retrato y lo fui poniendo en boca de los personajes. Uno escribe de lo que piensa, claro que los personajes tienen libertad. Me interesaba la música de las palabras, el efecto de las palabras, la poesía, la cadencia de las palabras, cómo resuenan. La manera de pronunciar las palabras incide en el sentido, la misma frase puede percibe de muchas maneras. Me interesa mucho cómo contar la historia, que el lector se sienta adentro.

–¿Cuánto tiempo le llevó?
–Es difícil saber cuánto se tarda en escribir. Todo lo que vas pensando de alguna manera lo anotas en tu subconsciente, en algún momento aflora, pero no puedes contarlo todo, tienes que tamizar, escoger y decidir como lo quieres contar.

–¿Desde qué lugar de sus profesiones escribió?
–Desde el fotógrafo no escribí mucho, me olvidé un poco, no quería que hubiese nada de autobiográfico en ella. Son personajes que he creado, que tienen su independencia.

–¿Cómo es la relación del autor con los personajes?
–El personaje tiene un identidad, a diferencia de la poesía no está hecha de personajes sino de impulsos, la novela es más racional. Tenía un estudio de fotografía a una hora de mi casa caminando, y allí había un lugar para el fotógrafo y otro para el escritor, con dos ordenadores y cosas diferentes. Me iba a caminado a casa pensando la novela y muchas de las decisiones fueron tomadas de manera cotidiana. Los personajes tienen cosas mías, pero son ellos.

–¿Qué diferencias ve entre la fotografía y la literatura?
–Siempre prefiero trabajar con la parte conceptual más que con la descriptiva. Dejar parte para que el lector imagine, no describir todo, el escritor acompañado del lector quien completa la historia a su manera. En ese sentido también puedes hacer una fotografía.

Título: Un hombre que hacía retratos
Autor: Daniel Isaacs
Precio: $390
Editorial: Emece
Páginas: 216

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