La aceleración con la que el Gobierno, más que el resto de sus socios del Mercosur, pretendía sellar un acuerdo “marco” con la Unión Europea (UE), tenía señales claras de que el desenlace no sería positivo. Finalmente, la semana pasada el sueño quedó enterrado y las negociaciones seguirán en enero y febrero, con fecha y sede a definir.

Con la mira ya puesta en el 2018, el nivel de incertidumbre es muy alto. Por más que (como vino ocurriendo desde mediados de año), la administración de Mauricio Macri y Michel Temer señalaran la semana última en el hotel Hilton –sede de la cumbre de la OMC- que estaban a “un pasito” del acuerdo. Estas declaraciones, en muchas ocasiones en tono ambiguo, parecían referirse meses atrás a un tratado de libre comercio (TLC) aunque luego el discurso viró para llamarse “acuerdo político” o acuerdo “marco”.

¿Por qué el grado de incertezas? Básicamente, porque naciones como Francia, Irlanda y Polonia a la cabeza, acompañadas por Europa del Este, en gran parte, no cederán cuotas en los segmentos de las carnes, y porque en el eurobloque no quieren que ingrese el etanol brasileño en mayores volúmenes, además de la protesta del sector remolachero-azucarero.

Hay un componente político más vinculado con el futuro de los acuerdos, y tiene que ver con la próxima elección presidencial en Brasil y las chances del regreso de Lula Da Silva que podría modificar las condiciones que se negocian hoy. Por eso, señalan la comisaria de Comercio de la UE, Cecilia Malmstrom, y varios de a los mandatarios de Sudamérica pretendan firmar el TLC en abril o mayo. En ambos bloques coinciden que un “efecto Lula” cambiará las condiciones.

Sin dudas, entre enero y febrero se visualizará una pulseada muy interesante entre los intereses políticos y empresariales, ya que tanto la Unión Industrial Argentina (UIA) como la brasileña Confederación Nacional de la Industria (CNI) han levantado sus defensas y viajaron a Bruselas este mes, para que no se sacrifique al sector manufacturero, en beneficio de los bienes agrícolas. Hasta el momento, en el diccionario utilizado por el Gobierno desde el comienzo del diálogo en junio de 2016, el término “agrícola” figuró miles de veces más que el “industrial” en lo concerniente a los deseos del llamado acceso a los mercados, unos de los capítulos y seguramente, “el” decisivo.

Otro de los ejes que levantó polvareda y generó rispideces entre los gobiernos del Mercosur y la parte empresaria es el debate sobre las patentes farmacéuticas y culturales. Las posiciones hasta hoy se ven muy rígidas desde el sector privado: no concederán que se extiendan las patentes por 5 años más (de 20 a 25 años), ya que por caso los laboratorios argentinos quieren salir ya a competir con nuevos medicamentos y que se quiebre el monopolio de las firmas europeas. La exclusividad para la comercialización de remedios empezó a caducar en 2015 en forma gradual, y en 2020 terminarán de vencerse casi todas las patentes. De allí, la posición casi innegociable que plantean los empresarios. El Gobierno amagó con permitir algunos cambios en favor de la UE y terminó en los últimos días persignándose ante la industria y prometiendo que no se negociará este capítulo.

La rareza de todas estas negociaciones es que ni un solo directivo de la central más poderosa de la Argentina, como la UIA, vio un solo documento de los supuestos avances o siquiera, de los planteamientos. En la sede de Avenida de Mayo, y en otras entidades como la Confederación General Empresaria (Cgera) o el incipiente Movimiento de Empresarios Nacionales para el Desarrollo Argentino acuñaron el término “secretismo” para denunciar la falta de claridad y difusión en los detalles.

Nada hace pensar que esta información se empiece a entregar a las cámaras sectoriales. Desde la Cancillería y algunos de los ministerios aseguran que es facultad de los gobiernos manejar los datos y conceptos de una negociación.

La UE, partida en dos

Uno de los fenómenos que el lobby “acuerdista” no dio a conocer es que la UE estuvo siempre dividida casi exactamente en dos mitades, sobre la conveniencia de un acuerdo con el Mercosur.

De los 28 miembros del Comité Europeo, 16 países están a favor y 12 en contra de avanzar en estas condiciones, frente al planteo sudamericano de ingresar muy competitivamente en el segmento agrícola. No alcanza en este caso con proyectar un desembarco masivo en el terreno de mayor valor agregado en favor de la UE, en las compras gubernamentales, los servicios o en la baja de las trabas al comercio, que por otro lado, existen en ambos bloques, ya sean los obstáculos técnicos al comercio (OTC), barreras sanitarias o fitosanitarias.

Será por ello que en los poblados pasillos del Hilton y en varias entidades de pymes argentinas, muchos “agradecieron” la férrea postura de la “UE proteccionista” que hizo fracasar hasta el acuerdo político que iba a ser la foto del Gobierno en la semana de la OMC en Buenos Aires.

Esbozos de verano

La llegada del 2018 con todas las resistencias planteadas, al menos en cuestiones puntuales ofrece buenas perspectivas. Fuentes del Mercosur precisaron el pasado viernes a BAE Negocios que la UE ofreció mayores cuotas anuales de pollo (de 78 mil a 95 mil toneladas); y también una ampliación en los casos del arroz, pescados, miel, frutillas y ajo.

“La opinión pública francesa debe mirar el acuerdo en su conjunto. Es la responsabilidad del gobierno francés, en primer lugar, de vender este acuerdo a sus ciudadanos”, afirmó en forma enérgica y singular la comisaria Malmström. La funcionaria llegó a la Argentina para participar del diálogo con ministros del Mercosur y esperó mejores informaciones de la administración Macron, pero no fue así. Llamó la atención el uso del término “vender”, como si un TLC debiera ser comprado por los ciudadanos bajo una buena estrategia publicitaria, y no por las necesidades nacionales.

El miércoles pasado, en el segundo piso del Hilton, caminaba a paso muy rápido el secretario de Comercio, Miguel Braun. Este medio le preguntó: “¿Todo en orden?”. Giró la cabeza y soltó un “No”. Una pintura de lo que se vivía en el seno del gabinete, tal vez en forma innecesaria. Nada ni nadie forzaba augurar por los medios un final a fines de este año. Era un mandato de Macri. En Bruselas, a comienzos del mes, los representantes de la industria nacional se sorprendían porque era la Argentina la que tenía mayor apuro por ese anuncio que nunca fue. Más aún: no trascendieron los detalles de los temas, pero hubo cruces con Brasil.

En este contexto, este mes los miembros del Parlasur expresaron su preocupación y aprobaron un proyecto presentado por el ex canciller Jorge Taiana para que el Mercosur garantice los mecanismos de participación del parlamento, en el proceso de discusión de un acuerdo de libre comercio del bloque regional.

El 2017 cierra con un enorme signo de pregunta. La incidencia de factores políticos y económicos (campañas electorales, mediante), hará notar en los primeros 60 días del 2018 si el cielo se despeja o nuevamente un TLC Mercosur-Unión Europea naufraga.

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