He sostenido muchas veces en distintos ámbitos académicos y periodísticos, que la Argentina "no sale sola" de su laberinto. Necesita un "Plan Marshall", e incluso aceptar un cambio en su configuración geopolítica. Y ello, principalmente, porque carece de un mercado interno suficientemente grande para sostener su producción por sí solo, por su carencia de infraestructura, por el tamaño descomunal de su Estado, por su presión impositiva récord mundial, por su tradición aislacionista, por la falta de capacidad de su clase política, por la ausencia de moneda e instituciones confiables (incluyendo los tres poderes del Estado), y por su pésima política exterior desde la Segunda Guerra Mundial hasta el período kirchnerista incluido, y sobre todo éste último. Solos, no podemos.

Cambiar todo eso, implica cambiar los paradigmas xenófobos como el "vienen por el agua", "quieren la Patagonia", "vienen por la pampa húmeda", y un largo etcétera de prejuicios que han alimentado una cultura donde todo lo extranjero es malo. Lo cual resulta un síntoma de alienación en un país poblado inicialmente de inmigrantes, y cuyos descendientes hoy se enorgullecen más de ser "europeos" que argentinos. Nuestro modelo siempre fue Europa, y ahora tenemos la posibilidad de acercarnos a ése modelo como nunca en los últimos cien años.

El caso Argentino puede compararse a los países europeos después de la segunda guerra mundial. Sociedades destruidas hasta la raíz, sin economía, sin producción, derrotados en su orgullo nacional. Pero con una virtud esencial: voluntad. Y una determinación única: actuar para superar su situación, o desaparecer.

Estos países entendieron que no tenían opción. También entendieron que no saldrían solos, y que necesitarían la ayuda de potencias extranjeras que, por sus propios intereses, los ayudaran a recuperarse. Eso mismo fue el plan Marshall. ¿Puede culparse a Europa de haber recurrido a los préstamos e inversiones estadounidenses para recuperarse? ¿Puede haberse criticado a Europa por buscar integración como medio para superar definitivamente sus recurrentes crisis? ¿Había otro camino? La respuesta a todas esas preguntas es un rotundo "NO".

El pacto del acero y del carbón que dio origen a la Comunidad Económica Europea fue el primer paso para la integración total de Europa. Konrad Adenauer, el canciller alemán de post-guerra, un verdadero y poco recordado héroe alemán, fue su principal impulsor y es considerado uno de los "Padres de Europa". Adenauer cambió la filosofía completa de Alemania: del "Deutschland Über Alles" del nazismo, a una Alemania integrada al mundo en forma pacífica y armónica, socia y aliada de toda Europa. La historia ha sido testigo del fracaso de la primera política, tan semejante a la política peronista que también ha ocasionado el fracaso de nuestro país. El tratado de Roma, que comenzó como la Comunidad Económica del Carbón y del Acero; el plan Marshall, y las políticas de unión y libre comercio, fueron las que llevaron a los países de Europa toda, a ser nuevamente potencias mundiales. Este es el camino.

Este acuerdo es una autopista de salida al desarrollo

Argentina, por miles de motivos, se encuentra hoy en la misma situación de los países de esa segunda post guerra.

Los tratados de libre comercio son el primer paso de una integración más profunda; y es éste sin duda alguna el camino que debe seguir la Argentina. No hay vías rápidas para las soluciones a nuestros problemas, pero sin duda alguna, éste TLC es una autopista de salida al desarrollo, en comparación con el intento de salir solos y contra el mundo, que es un camino sin salida.

La integración comienza con una cuestión arancelaria: preferencias, desgravaciones, y reducción de exigencias para la circulación de los productos dentro del mercado común.

Si bien para un liberal clásico (movimiento en el que me enrolo) toda injerencia del Estado es más perjudicial que beneficiosa, esto es lo más inteligente que se ha hecho en política exterior desde Roca a la fecha. Es evidente que es el Estado quien designa a priori qué sectores son los que podrán integrarse más rápidamente que otros. Pero todos tarde o temprano se verán integrados.

Una economía integrada a la europea implica un incremento inmediato en la calidad, las normas de calidad que las empresas y productos argentinos deberán certificar implicarán un esfuerzo positivo. Los cambios que se implementen, si bien pueden ser en alguna medida traumáticos para algunos que viven de economía cerrada y deficitaria, obligarán a una transformación definitiva que nos beneficia a todos.

Esta zona es un mercado gigantesco de 800 millones de personas, un desafío que por fin va a implicar crecimiento.

El Estado está obligado a hacer el trabajo que viene evitando

El Estado está obligado ahora a hacer el trabajo que viene evitando hacer: reducción y eficiencia del propio Estado. Para poder competir y aprovechar ésta inmensa oportunidad que la política y el equipo de gobierno del Ing. Macri ha conseguido, debemos hacer el "trabajo interno". Este trabajo pasa inexorablemente por:

  1. Reducción inmediata de la presión impositiva en forma efectiva y actual; de manera de promover una "economía de la oferta" de los particulares. La mayor producción implicará más contribuyentes, con lo cual la recaudación, a mediano plazo, se estabilizará;
  2. Reducción de la cantidad de trámites y trabas burocráticas, sobre todo las del comercio exterior. Reducción de la injerencia de la AFIP en la actividad de habilitación y registro de operaciones.
  3. Reducción del tamaño del Estado y consecución del equilibrio fiscal sin endeudamiento;
  4. Inversión (pública, privada, sistemas mixtos o el que se prefiera) en infraestructura que posibilite y agilice la producción (autopistas, caminos secundarios y rurales, trenes, transporte marítimo y fluvial, y aéreo)
  5. Reducción inmediata de los costos laborales, para incorporar mano de obra para la producción a precios competitivos. Eliminación de impuestos sobre el salario, a fin de que sea el genuino aumento del poder adquisitivo del asalariado el que impulse el consumo.
  6. Una política económica y monetaria que baje drásticamente la inflación (podría contemplarse la adopción de otra moneda, sea el dólar o una moneda común con Brasil), y facilite el acceso al crédito a tasas razonables de los productores.

Este tratado puede, finalmente, ser nuestro "Plan Marshall", y no existirá una cuestión en política exterior más importante para el país que concretarlo, desarrollarlo y profundizarlo, durante nuestra generación de argentinos.

* Abogado especialista en Derecho Tributario