No se trató de una jugada ni de un gol, aunque se dio como consecuencia de ambas acciones. Fue el 10 de octubre pasado en el Estadio Atahualpa de Quito, donde los seleccionados de Ecuador y Argentina le ponían su cierre a las Eliminatorias Sudamericanas para Rusia 2018.

El resultado, 3-1 para el conjunto visitante, es conocido por todos y será imposible de olvidar por siempre para los argentinos, como también que ese día fue el que por fin un equipo mundialmente estelar como el albiceleste pudo quitarse el susto mayúsculo de haber estado a nada de quedar fuera de un Mundial.

Cuando Lionel Messi ingresó al arco ecuatoriano y tomó la pelota que allí había enviado con un toque de su zurda para el 1-1, el gesto habló por sí solo. El astro del Barcelona, con el balón en sus manos, corrió furioso hacia el centro de la cancha corporizando ese lenguaje que en el potrero futbolero significa sigamos ya, movamos del medio sin pérdida de tiempo porque esto no me alcanza, quiero ir por más.

A pesar de una interminable colección de logros que ante cada agregado de gloria a su carrera en España obliga a repasos que siguen asombrando, el crack que desde hace años marca el pulso del fútbol en el mundo tenía sobre sí el peso de los sucesivos fracasos a nivel Selección, pero salió a demostrar, cuando su país más lo necesitó, que estaba más vivo que nunca.

Un año signado por la hipótesis del desastre de quedar afuera del Mundial, tras la sucesión de escándalos en la AFA

El lugar, una cancha difícil con una atmósfera poco propicia, el marcador adverso, la situación harto compleja, el momento más decisivo, el margen para fallar minimizado al máximo, su edad representando la última gran oportunidad de hacer historia grande en un Mundial y una camada de figuras que lo acompañaba en situación semejante... Ante todo eso, el abanderado del grupo dijo presente diciendo acá estoy.

En ese momento Ecuador vencía por un gol de vestuario, a los 40 segundos, poniendo un escenario fantasmal a las aspiraciones de su rival, que había llegado a los 2.800 metros de altura de la capital ecuatoriana con la soga al cuello. Con esa corrida de dientes apretados, sin lugar para el festejo de una conquista para la igualdad que daba oxígeno para creer, Messi comunicó su compromiso con el sueño propio que es también el de todo un país, el de dar todo por alzar la copa en Moscú.

Minutos más tarde, apenas ocho, le llevó para marcar con un soberbio zurdazo a un ángulo el segundo gol con el cual el equipo pasó a ganar. Y en el segundo tiempo, otra perlita, con ese sello sutil con el que tantos pases le ha dado a la red, dejaba la cosa juzgada. El Mundial, y lo otro, que nadie debía quedar con dudas de su empeño en dejar todo, de su voluntad de no defraudar. Ese día, Argentina terminó de entender que sí cuenta con el mejor y que cierto titubeo manifiesto sobre ello debía quedar sepultado.

Bajo el puente habrán pasado las tristes aristas de un proceso turbulento. Por encima de todo, la herencia de Don Julio Grondona, una crisis institucional que puso a la AFA en la mira de la Justicia con intervenciones que llegaron a ocupar hasta la propia FIFA, la otra gran interesada en la presencia mundialista de nuestro país y su máximo referente.Colacionado, en lo estrictamente futbolístico, las etapas de dos técnicos anteriores al actual Jorge Sampaoli.

Primero, por decisión del fallecido Grondona, el espinoso camino a Rusia había comenzado con Gerardo Martino. Más allá de sus más que aceptables números (29 partidos frente al Seleccionado con 19 partidos ganados, 7 empatados y apenas 3 perdidos para un 74% de efectividad), la era del Tata puso en evidencia que algo malo estaba por venir por cortocircuitos con los manejos en Viamonte, donde sobraban los problemas (por no hablar de las disputas).

Hoy, a la distancia, todavía cuesta creer en papelones como que un 38 más 38 da 75, un acto eleccionario bochornoso, tristemente célebre en el predio de Ezeiza, con internas feroces capaces de todo. También, se ve cómo protagonistas principales de aquel día a día de caos dirigencial debieron correrse, una lista que tiene en Luis Segura, Armando Pérez y Marcelo Tinelli algunos de sus nombres.

A su adiós, por la intempestiva renuncia a raíz de no poder armar un plantel competitivo para los Juegos Olímpicos (allí aparecería otro DT para sumarse al baile, Claudio Ubeda), Martino dejaba a Argentina en el tercer lugar en la tabla de las Eliminatorias, dos puntos detrás de Uruguay y Ecuador. No estaba mal, hasta que los 8 partidos al mando de Edgardo Bauza, propuesto por Armando Pérez previo abandono del entrenador de su contrato con el San Pablo, traerían una realidad en la que el bote pasó a remar en dulce de leche.

Convencer a Messi de reveer su renuncia al Seleccionado, que también se había dado y tan solo 3 victorias, con igual cantidad de reveses y dos empates, el Patón terminó de perder el equilibrio en el cargo. Fue tras el duro 0-2 en la altura de La Paz frente al seleccionado boliviano, traspié que se sumó a un arrastre de malas producciones que tuvieron su genésis en dos criticados empates consecutivos frente a Venezuela y Perú (ambos 2 a 2).

El turno de Sampaoli en el timón llegó, producto de un cabildeo y consecuentes tironeos con el Sevilla que tuvieron lugar con Claudio "Chiqui" Tapia ya ocupando el sillón de la AFA. Desde allí, la palabra repechaje fue moneda corriente ante cada fecha de la eliminatoria hasta que en la última parada, la citada al principio de este relato, en Quito, el sexto escalón en las posiciones montaba la escenografía menos deseada, la de una Argentina al borde del abismo.

Seis puntos logrados sobre doce en juego fueron la cosecha para el hombre nacido en Casilda, visto contra las cuerdas en el recordado 0-0 con Perú en la Bombonera, otra decisión de una dirigencia desesperada que marcó la empinada cuesta arriba que se transitaba. Allí, después de jugar un amistoso en Europa con Italia programado para marzo, se volverá el próximo 30 de mayo -con un rival a designar-, como despedida de un plantel que días después partirá hacia Barcelona con el fin de encarar su preparación final de cara al Mundial.

Esa historia queda por escribirse. La de este 2017, la de Lionel Messi dando aviso de que se encuentra plenamente comprometido con el propósito de inscribir su nombre con letras doradas en una Copa del Mundo, es la que queda como nota saliente para el deporte argentino en un año signado por el susto de la que pudo ser una eliminación teñida de catástrofe.