Día a día las personas descubren necesidades que les producen ansiedad, incomodidad y que –en muchas ocasiones- los hacen ser infantiles. Hay muchos que parecieran hablar un solo idioma, el de “yo quiero, yo necesito”, incapaces de gestionar su frustración, carentes de autonomía personal y de ese impulso con el que responsabilizarse de sus vidas de un modo congruente y maduro.

Dicen algunos psicólogos que este exceso de “necesidad” es el auténtico trastorno del siglo XXI. Tal vez la propia sociedad construye este tipo de comportamiento: el ansia consumista y los vacíos existenciales tienen prioridad en muchos. Falta “algo”; y muchos dan vueltas por los escenarios sociales en busca de un refuerzo o un estímulo con el que saciar un ansia inexplicable. Un amor imposible, nuevas experiencias, un móvil nuevo, ropa nueva, una nueva serie de televisión que haga olvidar el estrés, comida que alivie la ansiedad.

El verdadero problema aparece cuando esa carencia nos convierte en “necesitadores compulsivos”. Son perfiles que buscan con cierta desesperación algo que no saben definir, poniendo a los demás en la obligación de llenar sus carencias y satisfacer sus demandas. Ven y entienden el mundo desde su propia perspectiva; son incapaces de percibir hasta qué punto sus constantes requerimientos, sus demandas egoístas, sus exigencias totalitarias presionan a los otros.

Albert Ellis dijo: “los pensamientos de necesidad constante nos hacen perder el control y derivan en emociones negativas”. La sensación de carencia genera miedo, el miedo necesidad y la necesidad desesperación.

Hay ocasiones en que nace un deseo irrefrenable de ser importantes para compensar los vacíos del alma que sentimos, cuando realmente lo que ocurre es que se ausentó la autoestima. Deseamos que todos estén siempre de acuerdo con lo que decimos o pensamos para no sentirnos desnudos y desprotegidos. Aparece el sentimiento espontáneo del amor y la necesidad de amar y ser amado; pero cuando ese amor es desmedido, nos convertimos en seres egoístas y orgullosos que sólo buscan la satisfacción propia y la posibilidad de ser el centro de atención.

Según los nativos americanos hay un mal espíritu que suele invadir la mente del ser humano. Se trata del “virus” del egoísmo que obliga a la persona a alimentar sus propias necesidades como un ser hambriento que nunca tiene suficiente. Ha gobernado y gobierna nuestra realidad. Avanza tranquilamente en nuestra sociedad. Le damos poder, lo obedecemos y nos dejamos llevar.

El egoísmo no es un mal moderno, es una enfermedad vieja que aún no hemos erradicado. Es una parte de nosotros mismos que escondemos. Si damos un pequeño vistazo al panorama actual y al escenario sociopolítico que nos envuelve, nos daremos cuenta de que, efectivamente, el reino del ego está en auge.

Se da vueltas por escenarios sociales en busca de un estímulo

Moldeados con este patrón, muchos se obsesionan con marcar distancias, trayendo así la desigualdad, los odios, la discriminación y la propia infelicidad. Hay algunos capaces de vestirse con la armadura de la bondad para exaltarse como persona; está el sabelotodo, el sofisticado, el que busca prestigio, el insaciable, el que siempre busca emociones y experiencias nuevas para luego enorgullecerse de ellas.

Nunca estará de más trabajar la empatía, la conciencia social, para entender que también los demás tienen necesidades y que en la vida, no solo cuenta con saber conjugar los verbos “querer o necesitar”, también existe otro igual de importante, “ofrecer”.

“Dos hermanos, uno soltero y otro casado, poseían una granja cuyo fértil suelo producía abundante grano, que ellos se repartían a partes iguales. Al principio todo iba perfectamente. Pero llegó un momento en que el hermano casado empezó a despertarse sobresaltado todas las noches, pensando: “No es justo. Mi hermano no está casado y se lleva la mitad de la cosecha; pero yo tengo mujer y cinco hijos, de modo que en mi ancianidad tendré todo cuanto necesite. ¿Quién cuidará de mi pobre hermano cuando sea viejo? Necesita ahorrar para el futuro más de lo que actualmente ahorra, porque su necesidad es evidentemente, mayor que la mía”. Entonces se levantaba de la cama y vertía en el granero del hermano un saco de grano. También el soltero comenzó a despertarse por las noches: “Esto es una injusticia. Mi hermano tiene mujer y cinco hijos y se lleva la mitad de la cosecha. Pero yo no tengo que mantener a nadie más que a mí mismo. ¿Es justo que mi pobre hermano, reciba lo mismo que yo?” Entonces se levantaba de la cama y llevaba un saco de grano al granero del hermano. Un día, se levantaron de la cama al mismo tiempo y tropezaron uno con otro, cada cual con un saco de grano en la espalda. Muchos años más tarde, cuando los ciudadanos decidieron erigir un templo, escogieron el lugar en el que ambos hermanos se habían encontrado, porque no creían que hubiera en toda la ciudad un lugar más santo que aquél”.

“El amor beneficia más al que ama que al que es amado” decía Anthony de Mello.