La dinámica del Festival Internacional de Cine de Toronto, que nació como “festival de festivales”, viene cambiando de manera consistente desde hace 5 años. La incorporación de una sección competitiva (Platform) parece tender a concentrar las búsquedas más novedosas y el acento se pone, cada vez más, en las galas y exhibiciones especiales. El listado de directores y estrellas es interminable; es aquí donde se testea, con público, cómo funcionan las películas que muy pronto competirán por los Globos de oro y los Oscar. El festival sigue siendo enorme y heterogéneo; en todas las secciones uno puede encontrar algo interesante, pero aquellas que otrora marcaban la vanguardia y lo nuevo (Wavelengths y Midnight madness) sólo presentan hallazgos aislados. Por supuesto que entre las 333 películas programadas uno puede hallar no menos de 50 propuestas que valen la pena, pero la lógica tiene más que ver con la acumulación que la curaduría estricta.

Señalamos ayer la situación planteada en torno a las películas producidas o adquiridas por Netflix y Amazon y la negativa de la mayor cadena exhibidora local de proyectarlas, por no respetar la ventana prevista en la normativa canadiense para su exhibición. Más allá de esa discusión aún irresuelta, no puede menos que destacarse la calidad de esa producciones. En lo que tiene que ver con Netflix, Marriage story, de Noah Baumbauch (cuya anterior The Meyerowitz stories marcó la despedida de Cannes de las producciones de la firma en 2017) está posiblemente entre lo mejor que pudo verse por estas tierras. Un guión sensible, sutil y cariñoso y las grandes actuaciones de Adam Driver y Scarlett Johansson conforman una inteligente comedia en la que el divorcio de la pareja central no desconoce la posibilidad de la subsistencia del amor. El re-matrimonio no es lo que se lleva en esta época, y la mirada sobre el negocio de los abogados de familia y la dificultad de mantenerse en eje son puestos en foco con mucho humor, pero también mucho filo. El inicio del film, en el que los integrantes de la pareja reconocen los méritos del otro, está posiblemente entre los comienzos más bellos de las películas estrenadas en este siglo. The two popes de Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel), con las (sobre)actuaciones de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce que han sido muy destacadas por la mayoría de la crítica, está también entre las películas que comienzan a sonar para los Oscar.

The two Popes, producción gigante

Debo sincerarme: se trata de un tipo de cine que poco me interesa (además, si los papas de a uno me caen mal, de a dos ni les cuento), pero no puede dejar de advertirse la calidad, la inversión, la incorporación cada vez mayor de grandes estrellas, que hacen que no pueda pensarse en estas producciones como películas “menores”, parecidas a aquellas que en otro tiempo se identificaban como “telefilms”. Para confirmar esta afirmación, allí está también The Laundromat, la última película del consagrado Steven Soderbergh, nada menos que con Meryl Streep. Soderbergh hace tiempo que olvidó el ánimo independiente de Sexo, mentiras y video (1989) pero ha sabido moverse entrando y saliendo de las producciones más grandes y costosas, encontrando muchas veces algo interesante en propuestas que en otras manos hubieran sido anodinas explotaciones de temas de moda (como lo es, en este caso, el de los muy meneados Panamá papers). Dolemite is my name de Craig Brewer recorre el camino que hace bien poco aprovechó The disaster artist: obra maestra (horrible título con el que se estrenó en Argentina la película dirigida por James Franco). Está claro que en la mirada sobre la persona y la obra de Rudy Ray Moore, que en los gloriosos setentas supo pasar del stand up al cine blaxploitation influye más esta reciente película que la más amorosa y empática Ed Wood. Sin embargo, también debe destacarse que la reconstrucción de época es cuidada y funcional, que los personajes son hermosos y coloridos y que estamos ante el regreso triunfal de un grande, Eddie Murphy. No es poco.

Netflix también adquirió los derechos de la ganadora del premio especial del jurado en Cannes Atlantique, de Mati Diop y bajo el manto de Amazon se encuentran Seberg, The aeronauts, la francesa Les Misérables, y hasta la última creación de Roy Andersson, About Endlessness. En fin, que la concentración siempre es peligrosa y esta demostración de poder es también un llamado de atención. Más allá de las plataformas, han comenzado con el pie derecho Joker, de Todd Phillips, cuya gravedad hunde sus raíces antes en Taxi driver y El rey de la comedia (ambas de Martin Scorsese) que en el cine de superhéroes. Tanto el premio mayor en Venecia como las loas al tour de force de Joaquin Phoenix parecen un tanto excesivos. Sin estreno aún asegurado, pero dentro de las más renombradas, cabe mencionar a Jojo rabbit, de Taika Waititi, en la que el autor vuelve al humor con el que había sabido sorprendernos en Casa vampiro; y Uncut gems, de los hermanos Safdie, con Adam Sandler en un (otro) protagónico consagratorio.

La italiana Martin Eden, dirigida por Pietro Marcello (y cuyo actor principal, Luca Marinelli, fue premiado en Venecia) es una de las películas que se afirman en el cada vez más extenso terreno al que puede identificarse con esa vieja etiqueta de “cine de arte y ensayo”. Esa extensión tiene que ver con la cada vez mayor concentración de lo que puede considerarse cine popular (sagas de superhéroes y de animación) mas no por el lugar que han de tener al momento de intentar llegar a su público. En esa lucha desigual, merecen destacarse muchas películas a las que seguramente sólo podremos acceder en festivales: First love (la mejor película en mucho tiempo del prolífico director japonés Takashi Miike), Vitalina Varela (obra maestra del maestro portugués Pedro Costa), State funeral (impactante documental de Sergei Loznitsa sobre las pompas fúnebres de Stalin), Wasp network (de Olivier Assayas, que recuerda en algo a su serie Carlos) y la incursión francesa del japonés Hirokazu Kore-eda en The truth (con Catherine Deneuve, Juliette Binoche y Ethan Hawke). TIFF. El fin de semana se entregarán los premios. Mientras tanto, aquí se está comenzando a hacer el balance final y a pensar en la edición de 2020.

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