Según Schopenhauer, "la suerte baraja las cartas, pero nosotros jugamos". La sabiduría, la experiencia y la paciencia pueden ser determinantes. Ser afortunado no es ganar la lotería o encontrar un tesoro. De nada vale llenarse de amuletos, tocar madera, encender velas de colores o conseguir un trébol de cuatro hojas. Lo único que puede ayudarnos a "tener buena suerte" es ir al encuentro de nuestras metas y objetivos.

Decía Jacinto Benavente: "Todos creen que tener talento es cuestión de suerte; nadie piensa que la suerte pueda ser cuestión de talento". Muchos piensan que todo depende del destino, del azar o de algo misterioso que nos hace creer que casi nada depende de nosotros. Sin embargo, casi todo está en nuestras manos, más de lo que creemos. Debemos ser positivos. Si creemos que nos pueden suceder cosas buenas en la vida, sucederán. El conformismo llega cuando se acepta que la suerte es más importante que el esfuerzo.

Lamentablemente hemos construido una cultura del facilismo y del menor esfuerzo. Para justificarla, se argumenta que vivimos un presente donde las redes sociales o la sociedad del consumismo nos enseñan un camino sencillo y rápido hacia el éxito. Pero alcanzar un sueño, lograr una meta o conseguir un propósito no dependen de la suerte. Los auténticos héroes tienen la maestría de la paciencia, el doctorado en la tenacidad y la virtud de la insistencia.

Para conseguir algo, será importante tener la certeza de que vamos a esforzarnos en esa tarea. La suerte puede influir en nuestros logros, pues estamos rodeados de condicionantes y consecuencias de otros actos, pero siempre el esfuerzo será el factor principal. La voluntad que añadamos a nuestra inteligencia, creatividad o trabajo, hará que el objetivo anhelado esté un poco más cerca de nosotros.

De todos modos es muy beneficioso aceptar la posibilidad del fracaso a pesar del esfuerzo. Nuestros resultados no siempre son los merecidos. Tenemos nuestros límites personales y sociales. Decía Gandhi: "Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa."

La "mala suerte" es una "costumbre", en parte cierta pero también en parte cómoda. Sirve para evadir la responsabilidad o para tapar el hecho de no haber invertido todas las fuerzas o desarrollado la suficiente habilidad. Por eso se suele decir que la mala suerte acostumbra a vivir en aquellas personas que aguardan la solución a todos los problemas con los brazos cruzados.

Ciertos tipos de personalidades tienen más "suerte", porque tienden a crear escenarios que maximizan las oportunidades y actúan sobre ellas sin paralizarse por comodidad. Muchos de ellos escuchan sus corazonadas y se guían por sus intuiciones, que en realidad, son experiencias propias. Hombres y mujeres optimistas tienen más probabilidades de probar cosas nuevas y lograr el éxito.

"Érase una vez un hombre que siempre tenía mala suerte. Necesitaba ayuda. Y el más indicado para prestársela era Dios. Decidió ir a verlo para pedirle que le cambiara su mala suerte. Caminó mucho, llegó a la selva y abriéndose paso entre la maleza, escuchó de repente una voz estridente y lastimosa. Era un lobo raquítico.

¿Qué te pasa?, le preguntó. Estoy mal, todo me va mal. No tienes más que observar mi aspecto, contestó el lobo.

No hace falta que me cuentes nada más, yo también tengo mala suerte. Por eso voy a ver a Dios, a pedirle que me cambie la suerte. Por favor, pídele también un consejo para mí, le rogó el lobo.

Luego se encontró con una mujer hermosa pero muy triste y deprimida por su soledad y, al saber su objetivo, le pidió que buscara un consejo para ella.

El hombre siguió su camino hasta llegar a un árbol en cuya sombra pensó en descansar. Se recostó y oyó una voz rara y quejosa. Era el árbol. Últimamente todo me va mal, mira mis raíces y mis ramas.

¡No sigas! Ya sé de qué me estás hablando. Yo también tengo mala suerte, por eso voy a pedirle a Dios que me la cambie. Por favor, pídele también un consejo para mí, le dijo el árbol.

Siguió su camino hasta que llegó al Fin del Mundo. Y allí le dijo a Dios: Las cosas me van mal y he venido para pedirte que cambies mi suerte.

De acuerdo, dijo Dios, te daré las claves que te cambiarán la suerte; tienes que estar muy atento para encontrarla.

El hombre emprendió rápidamente el camino de vuelta a casa. Corriendo llegó hasta el árbol quien le preguntó por su pedido. Le explicó que debajo de sus raíces había un enorme tesoro que le impedía crecer. El árbol le pidió que sacase el tesoro de sus raíces y se lo llevara. Pero el hombre tenía prisa por llegar a casa y ver si había cambiado su suerte realmente. Por eso también evitó a la mujer, que lo esperaba. El consejo de Dios había sido buscarle un compañero; pero él quería ir a encontrarse con su suerte.

Se encontró de nuevo con el lobo y le explicó todo lo que había pasado hasta entonces. Cuando acabó su relato el lobo le preguntó: ¿Y para mí no te dio un consejo?

¡Ah, sí! Me dijo que para ponerte de nuevo fuerte sólo tenías que comerte a la criatura más estúpida de la tierra, entonces te irá todo bien.

Por eso el lobo hizo un gran esfuerzo por levantarse, se abalanzó sobre el hombre y lo devoró."