Frecuentemente estamos inmersos en lo que ocurre a nuestro alrededor y nos olvidamos que los protagonistas de la historia somos nosotros mismos. Para robustecer nuestra valoración conviene hacer un ejercicio de reconocimiento y crecimiento de nuestras fortalezas personales. Esto tiene un impacto muy importante en nuestras vidas y en sus diferentes ámbitos. Afecta de manera muy positiva en el nivel de autoestima, de autoaceptación, la consecución de metas, la resiliencia e incluso la salud física, emocional y social.

En medio de este transitar descubrimos personas que, conviviendo con dificultades, no se dan por vencidas. No importa la circunstancia, el problema o el reto que tengan por delante. A menudo les resulta complicado, pero "no rendirse" se constituye en su leitmotiv cotidiano. Muchas de estas personas son un evocador ejemplo de paciencia y perseverancia.

Hay quienes han lidiado con la adversidad, en cada una de sus formas, con gran entereza, humildad y optimismo, siendo capaces, incluso, de inspirar a otros. Otros han llevado a la cumbre proyectos en los que nadie confió en un principio. Esa fuerza interior para confiar en sí mismos, para no venirse abajo cuando alrededor solo hay barreras y puertas cerradas es, sin duda, motivo de admiración. Aparece como una sutil combinación de inteligencia, motivación y creatividad. Como decía Benjamin Franklin, la energía y la persistencia son dos elementos que nos acercan a lograr aquello nos propongamos.

Napoleón Bonaparte siempre tenía el mismo lema en cada batalla: "el éxito no está en vencer siempre, sino en no desanimarse nunca". Parece que no decaernos ante las adversidades es clave para seguir luchando, a pesar de que a veces podemos pensar que todo está perdido. El éxito, en cualquier nivel, requiere la capacidad de seguir adelante. Mantenerse en la línea de lo planificado, cubrir las etapas, replantear objetivos; son los pasos para no salirse del camino elegido.

La fuerza de voluntad es fundamental, junto con la capacidad de no bajar los brazos o de reponerse tras las dificultades. De hecho, si no se comprende que la recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado, no se podrá disfrutar verdaderamente del camino ni de lo conseguido. El talento tiene que ver con una predisposición innata; las fortalezas, en cambio, tienen que ver con el entrenamiento y el aprendizaje.

En numerosas ocasiones el triunfo de muchos profesionales, de diferentes ámbitos, ha sido fruto de sus errores y fracasos. Los obstáculos e inconvenientes son los que realmente ponen a prueba nuestro deseo de alcanzar una meta. Newt Gingrich afirmaba: "La perseverancia es el trabajo duro que haces después de cansarte del trabajo duro que ya hiciste". La historia abunda en personas que debieron asumir grandes fracasos y reponerse de ellos para alcanzar el éxito. Y nos enseñan que no desanimarse nunca es la clave para la mayoría de los logros. Esta resistencia anímica y voluntad excepcional pueden aprenderse. Donde la mayoría ve obstáculos, algunos ven objetivos a cumplir y desafíos a enfrentar. Por eso la historia registra los éxitos de estos últimos, mientras que el olvido es la recompensa de los primeros.

Ningún camino está exento de dificultades; aparecen casi a cada paso que damos. Cada uno elige si las carga como un peso sobre la cabeza o las usa como un trampolín. La adversidad puede ser una excelente oportunidad para crecer. Las personas de éxito han fracasado más veces porque no se han rendido y han seguido subiéndose sobre sus fracasos, en vez de dejarlos reposar sobre sus cabezas. "He fracasado una y otra vez en mi vida y eso es por lo que tengo éxito", dijo Michael Jordan.

Según Aristóteles: "La victoria más dura es la victoria sobre uno mismo". Lamentablemente no siempre confiamos en lo que somos como personas, como seres humanos; no confiamos en tener las herramientas y opciones correctas que necesitamos para superar las distintas situaciones; no confiamos en nuestro enorme potencial interior.

Un campesino, que luchaba con muchas dificultades, poseía algunos caballos para que lo ayudasen en los trabajos de su pequeña hacienda. Un día, su capataz le trajo la noticia de que uno de los caballos había caído en un viejo pozo abandonado. El pozo era muy profundo y sería extremadamente difícil sacar el caballo. El campesino creyó que, por la dificultad y el alto precio para sacarlo del fondo del pozo, no valía la pena invertir en la operación de rescate. Tomó entonces la difícil decisión de decirle al capataz que sacrificase al animal tirando tierra en el pozo hasta enterrarlo, allí mismo.

Comenzaron a lanzar tierra dentro del pozo para cubrir al caballo. Pero, a medida que la tierra caía en el animal, éste la sacudía y se acumulaba en el fondo, posibilitando al caballo subir. Los hombres se dieron cuenta que el caballo no se dejaba enterrar; al contrario, aprovechaba la tierra para ascender poco a poco. Su objetivo era salir finalmente de allí.

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