Una de las razones por las que se justifica la existencia de un festival de cine es la posibilidad de descubrir aquello que, de otra forma, no tendríamos posibilidad de conocer. Es una pena, también, descubrir que uno tiene dos posibilidades a las corridas para acercarse a tal o cual título, y que ver uno implica necesariamente perderse otros. En Mar del Plata es lo más común. Sin embargo, vivimos en una era en la que, tarde o temprano, todo termina en algún lugar al alcance de la PC y eso cambia un poco la perspectiva sobre la tarea de un festival: tanto mostrar como difundir.

Hay mucho de lo que hemos visto en estos días que tendrá estreno comercial en Buenos Aires: Jojo Rabbit, de Taika Waititi; El traidor, de Marco Bellocchio; o Parásito, de Bong Jon-hoo, última ganadora de Cannes. Claro que depende de que le hagan un lugarcito los exhibidores, más preocupados por recaudar con el pochoclo y la coca que en mostrar películas o que crezca el público diverso en el cine. Veremos: tienen posibilidades. Lo mismo pasa con The Irishman, de Martin Scorsese, que aquí cerrará la muestra: va a tener una semana en cines entre el 21 y el 27 de noviembre, cuando pasará directamente a la grilla de Netflix.

Pero hay otras películas que no tenemos idea de si alguien las traerá, proyectará, serán descubiertas. Un ejemplo es Vitalina Varela, la última realización del portugués Pedro Costa que se encuentra en Competencia Oficial. Es una película muy bella, de planos fijos iluminados como un cuadro de Caravaggio (espacios con oscuridad, lo pertinente iluminado) que narra el duelo de una mujer de Cabo Verde que llega a Portugal tras la muerte en Lisboa de su marido. Todo es artififficial (desde las actuaciones hasta la manera de rodar los planos) y al mismo tiempo hipnótico y denso -en el sentido de que despierta muchas ideas, no de que canse. Requiere que el espectador se deje llevar porque es una película “lenta”, pero esa lentitud, paradójicamente, la hace más bella: queremos seguir mirando esos planos un poco más. Nada que ver con el cine que se estrena cada semana.

Vitalina Varela, un filme pictórico para buscar

Ya hablamos aquí de O que arde, de Oliver Laxe, y de Les enfants d’Isadora (de paso, esta última tendrá este fin de semana una exhibición especial en el Malba con presencia de una de sus protagonistas, Nathalie Bonitzer), otras dos que valen la pena y que vaya uno a saber si se animan a estrenar en Buenos Aires. Pero más raro sería ver por ejemplo The world is full of secrets, que cuenta una reunión de amigas adolescentes donde se narran historias de terror. Esa película sobre la palabra y sus efectos, dirigida por el novel Graham Swon es una de esas obras que abren las posibilidades del cine. Hay más películas sobre las palabras y una notable es Danses macabres, squelettes et autres faintasies, codirigida por Rita Azevedo Gómes, Pierre Léon y Jean-Louis Schefer, que es en realidad un registro de cómo Schefer explica una teoría sobre el género medieval de las “danzas macabras” a los otros dos, que conversan con ganas y con placer. O sea, tres personas conversando que abren esa charla al espectador, y es una película muy linda y muy agradable, pero ¿Cómo venderla? Yo que ustedes, la buscaría.

Entre lo que hay más desaforado, podría buscarse por ejemplo Love Me Not, del catalán Lluis Miñarro. Productor durante años y asociado a muchas vanguardias, toma la historia de Salomé tal cual la contó en su clásica obra Oscar Wilde y traslada la acción a una cárcel en Medio Oriente, la llena de momentos totalmente oníricos y surreales, y además homenajea -un poco explícitamente- al cine de Douglas Sirk. Esta clase de “pasiones” cinematográficas tomadas con total libertad ya no son tan sencillas de encontrar. Lo más gracioso del asunto es que otras películas que bien podrían ocupar nuestras pantallas, por el prejuicio de origen -es decir, si no “son de Hollywood”, pocos distribuidores tienen la intención de arriesgarse- también son desplazadas. Un ejemplo es La famosa invasión de los osos en Sicilia, un cuento infantil del gigantesco Dino Buzzatti (un narrador excepcional, el creador de Miedo en la Scalla y El desierto de los tártaros), película animada para todo público que es poesía, aventuras, humor y belleza como poco cine animado mainstream otorga hoy. Ya tiene el título, pues, para comenzar la búsqueda en algunos meses.

De un , hablamos bastante en la edición de ayer. Sobre todo, de las dos retrospectivas (Nina Menkes, contemporánea; John M. Stahl, clásico). Pero entre lo más notable se ubica la cantidad de películas latinoamericanas y, sobre todo, nacionales que aparecen en todas las secciones. Hablar de ellas en esta columna sería bastante injusto por la cantidad -y, en general, por la calidad. Así que recomendamos calurosamente buscar en el sitio del Festival (www.mardelplatafilmfest.com) donde, además, puede descargarse el catálogo completo (esta nota más bien es de “preferencias” totalmente personales de quien escribe). Y ya que está en el sitio, resulta que se publicaron dos libros: Cuadernos de crítica 01 y Homenajes IV. El segundo, rescata títulos y autores del cine nacional, un modo también de bucear en un acervo que cada vez se torna más desconocido. El otro es un compendio de artículos críticos en general muy bien escritos y con ideas que permiten entrar al campo cinematográfico más allá de las películas. Lo bueno del asunto es que tanto es posible bajárselos a un dispositivo (lo mismo sucede con el catálogo) como leerlos en la computadora, lo que a la hora de ponerse a buscar películas no está para nada mal. En fin, un festival de cine es, también, un acto de resistencia contra la uniformidad y la concentración, contra la costumbre y el aniquilamiento de la curiosidad. Con eso, cumple y dignifica.

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