Las películas de monstruos son tan antiguas como el cine mismo. Basta que busquen La conquista del polo, de Georges Méliès en YouTube para que vean a un inmenso ser que devora personas, y recién estábamos en el siglo XX. El cine, creo que alguna vez lo dijimos, es sobre todo un arte fantástico: nada de lo que vemos, aunque tiene la textura de la realidad, es real. Es todo una gran mentira, lo que permite colar de manera creíble horrores y misterios con una fuerza inmediata y notable. El cine, que fue pasando de tener una pantalla del tamaño de un televisor grande a una enorme superficie varias veces el alto de un ser humano, siempre fue más grande que la vida, así que fue un hogar ideal para los monstruos.

Por esta vez, dejemos de lado los monstruos de estatura humana. La criatura de Frankenstein, Drácula, el dr. Jeckyll o el Hombre Invisible de los años 30 son, claro, monstruos, pero de otro tipo: lo monstruoso que se concentra y estalla dentro de lo humano. Hablemos de esas maravillas gigantescas y rompe todo que solo podían -solo pueden- vivir en la pantalla grande.

Godzilla, típicamente japonés

El primero realmente exitoso es, claro, King Kong, personaje versionado muchísimas veces. La original de 1933 establece el principio rector de las bestias monstruosas: son indomables. Se los puede atrapar, se los pude dormir o transportar con el uso no legítimo de la fuerza. Pero el monstruo es indomable, tiene sus propios deseos y su propia fuerza moral, y termina siendo la víctima de la civilización que, en lugar de convivir con esa fuerza inconsciente, la reprime a balazos. Un poco la historia de los civilizado del siglo XX, si lo piensan. Se ve mejor todo el tema en la versión de Peter Jackson de 2005, dicho sea de paso. Pero la del 33 es seca y salvaje, sin concederle nada al sentimentalismo.

El monstruo termina siendo víctima de la civilización que lo reprime

Lo de Godzilla hay que desarmarlo. Es cierto que se trata de un ser mutante que nace como consecuencia de la bomba atómica. Pero también es la continuidad de una larga tradición japonesa (vean Princesa Mononoke, de Hayao Miyazaki, para entender el punto) en la que cualquier ruptura del orden natural lleva a la catástrofe en forma de explosión (antes eran los volcanes, ahora la iconografía refiere a la bomba). Godzilla es un personaje típicamente japonés: si Kong es la personificación de la fuerza atávica que no podemos domar, Godzilla representa a la Naturaleza restableciendo el equilibrio roto a las trompadas, llevándose puesto lo que deba destruir de civilización. Otra vez, hay algo de indomable en el monstruo y en eso reside su sino trágico.

De lo más contemporáneo del cine, dejando de lado todas las neo versiones de los dos grandes clásicos, quizás la película de monstruos definitiva sea The Host, del reciente ganador de la Palma de Oro en cannes Bong Jon-hoo. El monstruo es aterrador y sus ataques son increíblemente realistas. Parece un calamar, una ballena, un dinosaurio, y rapta a tres nenitos para comérselos más tarde. Su origen es el material tóxico de un laboratorio y la culpa es del Estado. Pero la familia de la nena raptada, que es lo más parecido a Los Simpson que dio el cine, sale a buscarla, y todo termina de modo épico y un poco triste. El monstruo aquí, otra vez indomable, es lo que desechamos y pretendemos ocultar bajo la alfombra, pero nuestra propia enfermedad vuelve.

Y una absolutamente terrorífica es La niebla (no confundir con el clásico fantástico de John Carpenter), basado en The Mist, de Stephen King. No se sabe por qué, pero se abre una brecha interdimensional y un montón de gente atrapada en un supermercado trata de sobrevivir a monstruos inasibles. Pero el verdadero monstruo aquí es el fanatismo, especialmente el religioso, que aparece donde menos se lo espera, detrás de la amabilidad un poco forzada de cierto personaje, y genera dentro del lugar una dictadura inapelable y, en última instancia, suicida. El final de la película está entre los más trágicos y desoladores que ha dado el cine en los últimos mil años, por lo menos. Los monstruos de afuera son nada comparado con el monstruo que muchos llevamos dentro. Y recuérdese: no hay construcción intelectual que lo justifique. El monstruo es monstruo porque no puede ser controlado ni domado, porque destruye sin mirar a quién. Es, siempre, el lado oscuro de nuestra naturaleza, de dimensiones gigantes y de consecuencias catastróficas.