Para quien esto escribe, es cinéfilo aquel que puede gozar de El sabor de la cereza tanto como de Tiburón, de Vértigo tanto como de Trolls, de La regla del juego y Nueve reinas. Como el que ama la comida realmente y puede disfrutar de diferentes platos, de la variedad de sabores y texturas. El cine es todas esas películas mencionadas en la primera oración y muchas más que no se les parecen en nada. Pero suele ser frecuente encontrarse con quienes eliminan del menú ciertos géneros. Algunos tienen explicación: conozco muchas personas que no quieren ver películas de terror porque, simplemente, les hacen mal, tienen pesadillas, etcétera. No vamos a entrar a explicar que deberíamos separar la ficción de la realidad, porque una cosa es tenerlo claro y otra, muy diferente, los trucos del cerebro y de nuestras emociones.

Pero me resulta bastante extraño, sin embargo, el rechazo a la ciencia ficción, que es bastante frecuente. “Es muy fantasiosa” suele ser la explicación más frecuente. Allí sí es necesario aclarar que todo el cine -dejemos de lado el documental, cuya problemática es otra- es fantasía, aunque no tenga elementos maravillosos o mágicos. Blancanieves es una fantasía, y también lo son La ventana indiscreta, Los isleros, o Una mujer es una mujer. Pero el asunto con la ciencia ficción consiste en que vemos algo imposible pero que se explica por razones científicas. En realidad esa explicación es solo una coartada para darle cierta verosimilitud al asunto. En realidad muchas de las películas que se catalogan como “ciencia ficción” son otra cosa. La Guerra de las Galaxias, por ejemplo, es una fantasía que debe al western y al cine bélico más que a la “ciencia”. Lo mismo pasa con Alien: en realidad es la historia de la casa con un monstruo -como dijo alguna vez Aníbal Vinelli- llevada a una nave espacial. La “ciencia” es lo de menos.

Hay, sin embargo, ciertas películas que sí son ciencia ficción. El clásico Metrópolis, de Fritz Lang, es un filme de aventuras con mucho ritmo, similar a los seriales. Pero hay una especulación científica (la posibilidad de crear seres artificiales) y otra social basada en el desarrollo de la ciencia (la sociedad altamente estratificada en clases de la película) que funcionan como reflexión de un mundo real posible. Más allá, claro, que ese “mundo posible” fuera en el fondo una utopía nazi (la película la escribió la entonces esposa de Lang, Thea Von Harbou, amiga de Goebbels; el director terminó abandonando Alemania). Califica como ciencia ficción.

También califica como ciencia ficción gran parte del cine de monstruos de los años 50, porque tenían como motor la paranoia creada por la bomba atómica. Hay miles de seres apocalípticos creados por la radiación, y no solo Godzilla. Que sí, en su primera encarnación al menos y antes de esa mitología disparatada de mil otros monstruos, también entra en la ciencia ficción. Como varias películas clase B americanas (Tarántula, donde muta una araña, o Them!, donde las que se comen todos son hormigas gigantes mutantes). No es raro que el cine de ciencia ficción, imponiendo una anomalía en la realidad, se asocie al terror. Un ejemplo extraordinario es La mosca, tanto la versión clásica con Vincent Price de 1958 como el desaforado melodrama de David Cronenberg de 1986, donde se experimenta con la teletransportación.

Canónica en la descripción es 2001-Una odisea espacial, de Stanley Kubrick, la más hiperrealista de las películas sobre el espacio. La especulación es aquí sobre el fin del desarrollo tecnológico y sus peligros, representados por la demasiado humanao computadora HAL. Kubrick abre aquí una enorme paradoja: cuanto más realista deba ser lo imposible, más manipulación requiere el cine. James Cameron, de hecho, piensa lo mismo.

Cameron tiene un tema: la perdición del hombre llegará por confiar demasiado en la tecnología. De eso (también) trata Titanic. Pero queda claro que Terminator (y su secuela, Terminator 2, igual de magistral) son cimas en cuanto a la utilización de la especulación científica. Como sucede en otras grandes películas, aquí la tecnología desarrolla una vida propia y amoral que termina por oponerse a los humanos. Sobre esa lucha se establece una fábula que tiene también otros temas, pero es interesante el de la relación entre ciencia, tecnología y moral.

Que también aparece en otra obra maestra, Matrix. Matrix habla tanto de la tecnología y dónde puede llegar -en ese sentido el futuro que propone la película, con las máquinas dominando a los humanos y creándoles un mundo virtual para que simulen vivir mientras se les extrae energía, es similar al de Terminator- como del gran tema que hoy recorre nuestro mundo: el estatuto de lo real. ¿Qué es real y qué no? se pregunta un personaje; también que todo lo que sentimos como “real” parte de cómo interpreta nuestro cerebro una serie de impulsos. Como casi todas las grandes películas del género, habla más del presente -y de cierta metafísica que de un futuro incierto.

En general el viaje en el tiempo no es objeto de grandes películas de ciencia ficción “exclusiva”. La extraordinaria saga Volver al futuro trata de otras cosas y el viaje en el tiempo es solo un dispositivo para la sátira y el comentario social. Bueno, no: salvo en Volver al futuro II, donde -más allá de lo desacertado que era el 2015 con autos voladores que planteaba- analiza con un uso eximio de la puesta en escena y del punto de vista (la última hora de película es la primera vista desde otro lado) lo que implica la manipulación temporal, las paradojas que encierra. De las tres es la única que puede incluirse definitivamente en la ciencia ficción.

Y quizás la mejor de los últimos años sea esa comedia hermosa, de enorme rigor científico, que se llama Misión rescate, dirigida por Ridley Scott, donde Matt Damon cultiva papas en Marte a la espera de que lo salven tras darlo por muerto. Allí se hace ficción (comedia de aventuras, de hecho) con la ciencia pura, y es quizás lo mejor de un director a veces sobrestimado.

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