Como siempre para estas fechas, uno se pone a recomendar películas de Navidad. Es casi un género aparte, de hecho, uno transversal porque el relato navideño se cruza con todos los demás. El cuento navideño, que excede la religión católica —ha recibido su mito aportes de muchas otras religiones— es el de una renovación y un renacimiento, del fin de un mundo viejo y la aparición de un mundo nuevo. Lo que, prácticamente, se puede contar desde cualquier lado: comedias, dramas, westerns, policiales de acción, terror, policial negro, melodrama y lo que se les ocurra.

El melodrama abunda. La más conocida —casi la película navideña por excelencia— es íQué bello es vivir!, de Frank Capra, fracaso comercial en la época de su estreno, sobre un tipo que tenía grandes sueños, no los cumplió y se quiere morir (literal) hasta que le muestran cómo habría sido el mundo sin él. Pero no el único melo: busquen (hay por ahí, sí señor) Mi único amor, de Raoul Walsh, un film noir donde una cantante (Ida Lupino) debe resistir al dueño de un club nocturno. O vean La dama del lago, sobre la novela de Raymond Chandler, dirigida por Robert Montgomery en cámara subjetiva (somos los ojos del protagonista) y que transcurre en Navidad.

Westerns, también. El más conocido es Tres padrinos, que tiene varias versiones (incluso una remake animada ambientada en el Japón contemporáneo, Tokyo Godfathers). La más famosa es la de John Ford, y narra cómo tres ladrones de buen corazón encuentran a un bebé cuyos padres han sido muertos y se dedican a cuidarlo, contando de otro modo el mito de los Reyes Magos. Es una gran película con un uso bellísimo del color, y con un John Wayne impecable.

Sobran las comedias románticas y musicales. Ok, Realmente amor y esas cosas. Pero también clásicos hermosos como La rueda de la fortuna, primer gran musical de Vincente Minelli con Judy Garland; la versión moderna del Cuento de Navidad de Dickens Los fantasmas contraatacan; con Bill Murray y un humor desatado y a veces negrísimo; y una genialidad llamada Kiss Kiss-Bang Bang, de Shane Black, protagonizada por Robert Downey Jr., Val Kilmer. Es una película policial donde un tipo roba una juguetería y termina en una fiesta de Hollywood (sí, pasa eso), se cruza con un policía bisexual, una serie de crímenes y bastantes problemas más. Pero todo con un tono cómico y vertiginoso típico del director de Iron Man 3 y Dos tipos peligrosos. Y si no, vean la película que transcurre en un árbol de Navidad: Duro de Matar, de John McTiernan, donde se reune a la familia y se vence al mal (también al FBI, claro).

De terror hay muchas, desde Papá Noel Sangriento -que se convirtió en una saga bastante mala- hasta la bastante reciente Krampus, una vuelta de tuerca hermosa y divertida sobre la unión familiar alrededor del árbol navideño cuando un espíritu anti-bondad encarna para comerse a todo el mundo. Pero la mejor lejos es Gremlins, el clásico de los años ochenta dirigido por Joe Dante. Esos bichitos peluditos a los que no hay que mojar, poner bajo la luz o dar de comer después de medianoche destrozan en plena Navidad todos los lugares comunes de esos relatos y un pueblo entero, una de las grandes comedias negras de la historia del cine, con muchas citas a la animación clásica (por ahí hace un cameo Chuck Jones y los Gremlins van a ver Blancanieves a un cine). Aún hoy resulta genial.

Y quizás el que mejor entendió la Navidad como un momento de renovación -pero también de pérdida, como implica toda renovación- en las últimas décadas fue Tim Burton. Tres de sus mejores películas (o dos y media, dado que una no la dirigió) son relatos navideños. La más conocida es el clásico El extraño mundo de Jack, animación stop-motion sobre la insatisfacción del rey de Halloween, una belleza absoluta. Otra, Batman Vuelve, que es pura melancolía y empieza con una “anti- Navidad”, el origen del Pingüino. Y, definitiva, El joven Manos de Tijeras, que re inventa la Navidad para un pueblito mediocre y chato que olvidó la felicidad de la fantasía. Las tres son mucho más que Navidad: también comentarios sociales e incluso políticos. Y poesía en imágenes.