Hay realizadores que pasan inadvertidos en el paisaje cultural, incluso cuando sus películas resultan exitosas e importantes. Pasa demasiado con las mujeres, y mucho más cuando se dedican a la comedia, por ejemplo. Desde los ‘80, muchas lo han hecho con bastante éxito (de Nora Ephron a Nancy Meyers, pasando por Penny Marshall, Betty Thomas o Susan Seidelman). Pero en general el nombre queda detrás del filme, que suele venderse más por sus estrellas que por la dirección. De ese lote, la que más ha sufrido esta especie de ninguneo es la extraordinaria Penelope Spheeris, alguien que jamás hizo profesión de fe de su género y que logró crear algunos de los íconos culturales más importantes en el cine popular de las últimas cuatro décadas.

Spheeris, antes de ser una comediógrafa, fue una documentalista. Lo que podemos advertir es que, también, fue una rockera, o que comprende el espíritu del rock mucho mejor que la mayoría de sus pares hombres. Para gran parte de la crítica, los filmes sobre el tema realizados por Johnathan Demme son un paradigma, pero se suele olvidar La decadencia del imperio americano y su continuación Los años metálicos, dos gigantescos documentales sobre el rock duro y el heavy metal que colocaron a Spheeris en el mapa del cine internacional. La omisión suele tener que ver con el hecho de que Spheeris sea una mujer. No porque se la discrimine directamente sino porque se invisibiliza su trabajo. Si se comparan esos documentales con el resto de su obra, se verá una coherencia ética y estética que permite pensarlas como películas de autor. Pero pocos se han tomado el trabajo de hacerlo.

La mirada de Spheeris sobre el mundo consiste en que la inocencia puede dominar el caos generado en un universo donde lo único que parece interesar es el dinero y el poder que genera. Es una forma de ver la realidad que procede de la cercanía con el rock y con cierta ironía que se impone incluso en sus trabajos menos logrados. Por otro lado, Spheeris carece de una filmografía demasiado abultada y conoce mucho el mundo de la televisión. De hecho, fue una de las guionistas y directoras histó- ricas de Saturday Night Live, lo que hace que no sea para nada extraño que su película de ficción más conocida sea El Mundo según Wayne.

Aunque en general sus comedias están trabajadas con el recurso del gag -muchas veces cultural y con no poco contenido político en ciertos casos-, decididamente tiene un cierto sentido para el “trash”, para ver qué es lo que se encuentra en lo que se considera “basura” cultural. Por ejemplo, realizó un documental llamado Hollyweird, nunca distribuido en video, que muestra el detrás de cámara de un clásico de la serie Z, Blood Dolls, considerado una auténtica basura de comedia y horror. Es un filme rarísimo que suele pasear por muestras de festivales, pero deja ver cuál es el verdadero interés de la directora: qué verdad se esconde en lo más raro de la cultura popular.

Para entender esta mirada, es interesante acercarse a algunos títulos clave:

1) Suburbia. Mezclando elementos del documental con la ficción, Spheeris narra la historia de un grupo de punks estadounidenses de un suburbio. El filme es de una precisión enorme tanto en la manera en que registra la vida de estos personajes como en la forma en que narra la historia. Lo mejor: no toma partido a favor o en contra de sus criaturas, sino que las deja ser en pantalla. Una de las grandes películas punk de la historia.

2) La decadencia del imperio occidental. Este documental (que tuvo dos secuelas en 1988 y 1998) es un retrato de la escena punk de Los Ángeles a principios de los ‘80 sin la menor concesión. No sólo la música sino también el estilo de vida de quienes participaron de ese momento son parte del registro. La segunda parte narra lo que pasó con la escena del heavy metal, y la tercera, la vida de los punks callejeros a finales de los ‘90. Son tres joyas del documental.

3) El Mundo según Wayne. Wayne y Garth eran personajes creados respectivamente por Mike Myers y Dana Carvey en Saturday Night Live. La película -que incluye la célebre secuencia de Rapsodia Bohemia cantada, con golpes de cabeza, en un auto, todo un ícono- muestra a estos dos personajes, dos adolescentes totalmente tomados por la cultura pop como dos tipos que no son para nada idiotas. Los gags son en ciertos casos autorreferentes y “rompen” la película. El resultado es un testimonio de época desde la comedia alocada.

4) Oveja negra. Aquí volvió a trabajar con un dúo de Saturday Night Live, en este caso David Spade y Chris Farley. Farley es un tonto bueno que trata de ayudar a su hermano a ganar unas elecciones. Spade es un publicista. Los desastres del primero ponen en riesgo la elección, pero por detrás sus adversarios sabotean todo e incluso cometen fraude. Los momentos cómicos son perfectos, pero por detrás hay una anárquica mirada de desconfianza sobre todo el sistema político.

5) Balls to the wall. Destrozada por la crítica, es la historia de un joven que quiere casarse con la chica de sus sueños. Esa chica quiere una boda carísima. El padre, que debía pagarla, pierde el dinero jugando y el novio encuentra como solución -con la complicidad de su suegro, dicho sea de paso-: volverse stripper. Y además descubre que le gusta, gana bien y tiene talento. Una mirada áspera a la institución familiar y las represiones de la sociedad americana.