Sostener un club de jazz equivale a remar con sacrificio, sea en Buenos Aires, Madrid, París y hasta en Nueva York, la meca del género para muchos. Hay naturalmente espacios mainstream que tienen ganado su lugar y su programación convoca público de manera invariable. Pero hay otros que deben extremar esfuerzos, porque están en circuitos marginales o prefieren estimular corrientes musicales alternativas. De por sí el jazz es hoy un género minoritario y las vanguardias dentro de él lo son aún más.

The Stone, una pequeña sala neoyorquina que no tiene carteles ni luces en el frente y cuya programación siempre apuesta por el riesgo, es un ejemplo de vocación por la música que allí se genera. Fundada por el compositor y saxofonista John Zorn –quien es su director artístico- The Stone cerrará las puertas de su locación actual en febrero próximo, luego de doce años de haber oficiado como piedra basal para el jazz experimental y vanguardista que hoy se escucha en Manhattan

Una sala de culto como The Stone lo es con todas sus extravagancias y sus virtudes. Hay que adivinar cuál es la puerta de entrada porque apenas registra una mínima leyenda al lado de la cerradura. No se vende comida o bebidas y el baño está justo detrás del escenario: se va antes o después. No es un bar con mesas, sino una sala con sillas ordenadas en fila, en un espacio que sólo permite congregar a poco más de 50 personas. Como es una organización sin fines de lucro, la recaudación derivada de las entradas de los shows se destina directamente a los músicos. También se financia con donaciones y venta de discos, entre ellos los que el sello Tzadik, del propio Zorn, edita con bastante asiduidad.

Pero la riqueza de The Stone está en su programación. Todas las semanas hay un músico “en residencia”, que interpreta sus composiciones con diferentes formaciones cada noche. La semana próxima estará el guitarrista Marc Ribot. Días atrás se presentó el clarinetista Ben Goldberg, con shows extraordinarios que encendieron las noches neoyorquinas. En el arranque de su residencia en The Stone congregó a un noneto con un seleccionado de músicos, entre ellos la pianista Myra Melford, el trompetista Ron Miles, el vibrafonista Kenny Wollesen, el baterista Ches Smith y la cantante y violinista Carla Kihlstedt. Interpretaron el disco Orphic Machine, que Goldberg editó el año último inspirado en poemas de Allen Grossman. Es un trabajo excepcional y se puede encontrar también en plataformas digitales.

El año próximo The Stone dejará su actual espacio de culto en la zona de Alphabet City, en el East Village. Comenzará a programar en un auditorio de la New School del West Village, institución con la que hoy tiene un convenio que se traduce en conciertos allí los fines de semana.

Como The Stone, otras salas buscan resistir en tiempos en los que la comodidad digital o el streaming suelen alejar a la gente de la música en vivo en pequeños circuitos. The Bogardus Mansion, en Tribeca, o Small’s y Cornelia Street Café, en el Village, son ejemplos de que en la Gran Manzana hay vida más allá del Village Vanguard, Birdland o Blue Note.