Parece que la holgazanería es uno de los males de nuestro tiempo. El ingeniero James Watts, inventor de la máquina de vapor de agua, afirmaba: "No he conocido más que dos placeres: la pereza y el sueño". Sin embargo, detrás de esta afirmación pueden esconderse diferentes causas. Distintos nombres para una misma realidad; la llamamos pereza, desidia, desmotivación, ociosidad. El resultado es siempre el mismo: inmovilismo ante las tareas pendientes e incapacidad para vencer la falta de ganas.

La pereza es amiga de la comodidad, de lo ya conocido, del no arriesgarse. Cuando nos acompaña, sólo queremos permanecer con ella, en soledad, sin hacer nada, sin movernos, sin investigar. Y no es casualidad, que precisamente cuando viene a visitarnos, es cuando más necesitaríamos salir y probar cosas nuevas. Se trata de una "errónea estrategia emocional y mental", que aparentemente nos protege de todo aquello que nos desborda o que nos hace sentir mal.

Muchas veces usamos la pereza para justificar nuestros miedos. Suele ser una de las máscaras favoritas del temor a realizar algo y que nos salga mal, o bien de emprender lo que teníamos pendiente y que quizás no sea aprobado por nuestro entorno. En este sentido, actúa como una herramienta de fuga ante la realidad y como un obstáculo para hallar la fuerza de la motivación. Trastornos, como la depresión, suelen acentuar este tipo de estados. Y por eso es preferible comprender qué hay bajo ese pozo en el que se ha hundido la persona, en lugar de darle estrategias inmediatas para salir de él. Es necesario saber qué subyace tras esa actitud apática, tras ese cansancio y esa desgana. Para colmo una persona perezosa no cuenta con la aprobación del sistema social; es vista como alguien holgazán incapaz de cumplir sus obligaciones, un debilucho carente de voluntad.

De todos modos la holgazanería social se hace presente como la tendencia a ejercer menos esfuerzo en una tarea, cuando los esfuerzos de un individuo forman una parte no identificable de un grupo. La experiencia de trabajar en grupo puede llevar a las personas a exigirse menos, siendo el desempeño menos eficiente. La holgazanería social se da incluso en tareas cognitivas, sobre todo cuando tenemos que pensar. Cuanto mayor sea el grupo, más se reducirá el número de ideas que cada persona aporte.

En un estudio en el que los participantes tenían que aplaudir y gritar tan fuerte como pudieran, se descubrió que el nivel de ruido que hacía cada persona disminuía, cuanto más grande era el grupo en el que se encontraban. Concluyeron que las personas se esconden en la multitud. Las personas no se preocupan por tener un menor rendimiento en un grupo cuando su contribución individual no es tenida en cuenta; tienden a hacer menos esfuerzo del que podrían. Además el que una persona del grupo haga menos va a llevar a que las demás personas se conformen con hacer lo mismo, es decir, van a ser equitativas.

Esto es porque cuando estamos en un grupo de referencia, su poder nos da seguridad, fuerza y ayuda para sentirnos a gusto con nosotros mismos. La participación y la responsabilidad, por tanto, no se relacionan con los actos realizados como individuos, sino como integrantes del colectivo al que pertenecemos. Para entendernos: repartimos la responsabilidad entre todos los miembros y así nos "escondemos". El poder del grupo es un lugar peligroso para dejar olvidada la responsabilidad personal. Casi asemeja a una evasión. Algunos llaman a este fenómeno "difusión de responsabilidad": todos somos culpables y ninguno a la vez. Un refrán inglés dice: "Ninguna gota de lluvia cree haber causado el diluvio". Sin embargo, nada ni nadie nos exime del esfuerzo y de la responsabilidad. Cada uno elige.

"Un día vi un viejo lobo herido, en la entrada de una cueva excavada en la montaña. El pobre animal, apenas si podía moverse. Me pregunté entonces: ¿cómo hará el viejo lobo para sobrevivir si no puede salir a buscar alimento? Y me quedé un buen tiempo mirándolo. Pasado un rato, apareció entre los matorrales un león que traía un cabrito muerto entre sus fauces, lo depositó junto al lobo, y se marchó en silencio, tal como había llegado. Entonces me admiré de la sabiduría de Dios, que había puesto a ese león en el camino del lobo herido para que día a día lo alimentase. Y decidí yo también abandonarme a la misericordia de otros. Me recosté entonces en la boca de una cueva, confiado en la providencia divina que no tardaría en acercarme alimento. Pero pasaron los días, y nada ocurría. ¡Paciencia!- me dije- ¡Ya intervendrá Dios con su poder! Días después, ya casi desfallecía de hambre, cuando escuché la voz de Dios que me decía: "¡Insensato! ¿Qué haces ahí tirado esperando que alguien venga a alimentarte? Sigue el ejemplo del león y deja de imitar al viejo lobo herido".