Hace un tiempo, hablamos en esta página un poco miscelánea de Mickey Mouse, que fue la primera gran estrella animada del cine sonoro. No dijimos que la popularidad de Mickey decreció desde los años ’40 hasta que, en 1955, se hiciera su último corto por casi medio siglo, The Simple Things. Tampoco que eso sucedió porque el personaje más famoso de Disney desde los años cuarenta -y durante más tiempo- fue Donald Duck, quien le ganó la fama y, un poco, el negocio.

El asunto es así: Donald apareció por primera vez en una de las Silly Symphonies de Disney, esos cortos sin personaje fijo que contaban un cuento con algo de música. Se llamaba The Wise Little Hen y se estrenó en 1934. Donald era ya una especie de tipo listo que buscaba estafar a alguien en compañía de un ganso. Pero tenía algo que los otros personajes de ese corto no: personalidad. Poco a poco, fue apareciendo como “personaje invitado” en otros cortos, especialmente en The Great Concerto (1935), la primera película en colores de Mickey, donde estropeaba un concierto en el campo con su flauta.

La popularidad creció como integrante de un trío cómico con Mickey y Goofy en varias películas, notablemente Clock Cleaners (1937), donde aparecen ya todas sus características: cascarrabias, un poco perezoso y con poca suerte en general. Hasta los años cuarenta, Donald sería “el segundo” de los personajes de un Disney que, por otra parte, le dedicaba más esfuerzo al largometraje. Y entonces estalló la Segunda Guerra Mundial.

Como casi todos los personajes de fantasía americanos, Donald también fue a la guerra. Pero a diferencia del siempre optimista Disney, su torpeza o la manera en que personificaba varias taras humanas le permitieron hacer comedia en medio de las balas, en cortos como el perfecto Donald Get Drafted (1942) o la obra maestra antinazi Der Fuehrer’s Face (1942) donde tiene la pesadilla de vivir en un país llamado “Nutziland”, donde lo explotan mientras está obligado a saludar todo retrato de Hitler que pase por su lado. El corto, con homenaje a Tiempos Modernos, lo estableció definitivamente. Y su popularidad creció en la Posguerra.

¿Por qué? Donald, a diferencia del optimista Mickey que daba esperanzas en plena Depresión, representaba el espíritu irónico de quienes volvieron de la Segunda Guerra, que no fue un paseo campestre y triunfal. Donald tenía problemas para conseguir novia (Donald’s Crime), para trabajar con una abeja alrededor (Inferior Decorator), para conseguir un lugar donde dormir de manera más o menos decente (Wide Open Spaces), para cazar (No Hunting) y, en general, para todo. Esa capacidad para pasarla mal era un comentario sarcástico sobre el “estado de bienestar” que se publicitaba, en un fallido regreso a los valores conservadores, durante la Era Eisenhower. La segunda mitad de los años cuarenta y los años cincuenta fueron, para el personaje, una época de gloria, especialmente en los cortos dirigidos por Jack Hannah.

Al mismo tiempo, un gran satirista llamado Carl Barks se hizo cargo de las historietas de Donald. El hombre creó a Rico McPato y a toda la galería de patos y aves de corral en Patolandia (también a Patolandia, de paso) o a los Chicos Malos, además de desarrollar a los tres sobrinos. Pero no hizo historietas cortas sino grandes aventuras que mezclaban cierta épica en territorios desconocidos con el humor más acerado y feroz, una crítica a los EE.UU. de entonces notable que en ese librejo Para leer al Pato Donald Ariel Dorfman y Armand Mattelart no supieron ver (era en broma, amigos: McPato nunca defendió el capitalismo sino que lo satirizaba casi cruelmente). Esas historietas rivalizaban en calidad gráfica y narrativa con el belga Tintín, con el que compartían el gusto por los territorios exóticos. Y esas revistas le dieron aún más peso al personaje a nivel global. Donald sigue siendo nuestro contemporáneo, basta ver sus películas, siempre nuevas.