Muchas veces, solemos tragar saliva para no cometer el doloroso error de encontrar una sinonimia donde, por el contrario, todo huele a antónimo. La idea de los festejos por fechas luctuosas, aniversarios de muertes o inclusive por funerales trascendentales, aparece confundida y suavizada, inclusive, ante la nominación de la acción que le pertenece. Vamos a festejar, aparece como mucho más rodeada de algarabía que la simple noción de preparar un festejo.

Y a pesar de la deformación del uso coloquial, el español tiene entre sus miles de recursos soluciones para todas las comunicaciones. El rigor del protocolo público hecha mano a la cuestión y separa los festejos de las conmemoraciones. Ambas se encuentran íntimamente ligadas y sobreviven a la confusión gracias a las entradas verbales en el DRAE.

Resumiendo: conmemoramos las fechas que merecen guardarse en la memoria y ceñimos el género a lo solemne. Para llenar de festejos los aniversarios de triunfos, logros y nacimientos. La reforma de la Constitución Nacional en 1994 merece festejarse. Mucho. Los defectos que empalidecen su amplia victoria corrieron por cuenta de las medidas legislativas posteriores. Nació de un gran consenso independientemente de las causas que, naturalmente egoístas, la impulsaron. Fue el Pacto de Olivos el acuerdo entre Menem y Alfonsín que asimiló errores y experiencias de 140 años en los que normalizamos golpes de Estado, aplastamos el federalismo, convivimos con la tortura y la desaparición forzada de personas, proscribimos ideas y dirigentes politicos, aceptamos censura al periodismo y a los artistas y una larga lista de etcéteras entre las que mi generación fue a la guerra, la siguiente a la tormenta y todos sufrimos en nuestra piel el terrorismo crudo, sin Rambos ni Hollywood que nos defiendan.

La democracia llegó para quedarse (art.36). Consagramos los Tratados de Derechos Humanos (art. 75:22), la autonomía municipal (art.123), la tutela ambiental (art. 41), la defensa de la competencia (art. 42), el amparo y el acceso a la información pública (art.43); pusimos la Auditoria en manos de la oposición (art. 85), incluimos la representación de las minorías en el Senado (art.54) y creamos el Consejo de la Magistratura (art.114), como breve resumen.

Luego volvimos a la normalidad. Toleramos la división de partidos para unificar los senadores de mayoría y minoría en las provincias, dictamos la ley de Auditoría dándole en ese cuerpo colegial mayoría a la mayoría, tergiversamos la letra de los tentativas antidemocráticas de la corrupción para igualarlas a las repugnancias de Videla, ordinarizamos los amparos y cautelarizamos la justicia, redujimos las representaciones de abogados y académicos en el Consejo de la Magistratura y, entre otras miles de heridas, inventamos las elecciones Primarias Abiertas Simultaneas y Obligatorias ( PASO) que lejos de consolidar el sistema de partidos políticos (art.38) lo pulverizó y volvió a extender el tiempo de los traspasos constitucionales de mando, que Alfonsín sufrió y Menem protagonizó, y que ambos redujeron a dos meses (art.95) desde la sabiduría que nutre la experiencia. El efecto formal de las PASO fue consagrar cinco meses antes del recambio presidencial a los candidatos para la elección de fines de octubre. Su efecto político fue mucho más allá, contra esa sabiduría y experiencia que recogieron y constitucionalizaron los convencionales, nos olvidamos de nuestros años perros.