¡Problemas! Toda la vida están presentes. Desde los que nos hacían resolver en el colegio para aprender matemáticas hasta los que nos encontramos en nuestro día a día. Frente a los primeros, teníamos profesores que nos enseñaban el procedimiento para solucionarlos. Los de la vida real carecen de fórmulas establecidas para resultados concretos.

Los problemas forman parte de la vida y todos los sufrimos. Nos tropezamos diariamente con situaciones negativas que sacan lo peor de nosotros. Debido a ellas peleamos, gritamos, nos rebelamos, actuamos sin pensar. En definitiva, perdemos el control. Enfrentar los problemas supone un desgaste emocional importante, a veces, incluso físico. Necesitamos otras circunstancias adecuadas para pasar a verlos desde una perspectiva más positiva. Percibirlos como un reto que nos ayudará a crecer personalmente, haciendo que nuestras habilidades mejoren.

Sólo los que han afrontado la adversidad conocen sus propias fuerzas

Porque no siempre se trata de resolver el problema, se trata de superarlo. Estamos tan habituados a las soluciones que pocas veces nos percatamos de que hemos hecho verdaderas montañas de simples granos de arena. “El tiempo que tarda un problema en irse de tu vida es el mismo tiempo que tardas en entender y agradecer que solo ha venido para hacer de ti una mejor persona”, decía Luis Spinoza.

Enfrentar las dificultades no nos hace más fuertes. La falta de control nos impide gestionar la situación de la forma más adecuada. ¿Qué tal si cambiamos enfrentar por afrontar? Cuando afrontamos crecemos, nos volvemos más fuertes y maduros. Así, estamos en condiciones de abordar todo conflicto con mayor eficacia. Las adversidades siempre encierran una oportunidad: nos permiten aprender. No son una desgracia, no nos convierten en víctimas. Solo los que han afrontado las adversidades conocen su propia fuerza.

Los problemas son situaciones pendientes de una solución. Esto significa que el trabajo que nos queda es encontrarla, aunque no resulte fácil. “Busca dentro de ti la solución de todos los problemas, hasta aquellos que creas más exteriores y materiales”, decía Amado Nervo. No necesariamente debemos buscar en nuestro archivo mental soluciones pasadas; existen muchas posibilidades, tantas como podamos imaginar y combinar. Necesitamos potenciar nuestra creatividad y estar abiertos y receptivos a nuevos horizontes donde buscar la mejor solución posible.

Si una situación o asunto no tiene solución, entonces, por definición, no es un problema; es probable que estemos hablando de una realidad, frente a la que deberemos poner en juego la aceptación. Nadie es sabio ni vidente en esto de saber vivir bien. Es necesario dejar de lado el catastrofismo, es urgente desdramatizar los problemas. De los problemas, se aprende. De los dramas no. “Nadie es producto de las circunstancias, es producto de sus decisiones” decía Steven Covey.

El conflicto, como manifestación de las contradicciones naturales que surgen entre los individuos, forma también parte de la cotidianidad humana. De manera que estamos “condenados” a luchar con situaciones problemáticas y conflictivas en todas las esferas, niveles y campos de acción de la vida humana. Si queremos un mundo mejor, hemos de apostar por maneras pacíficas de abordar nuestros conflictos, pues estos procesos contribuyen a crear y restituir los vínculos sociales, a la recuperación del sentido de comunidad y de relaciones humanas más auténticas y plenas. Ninguna pelea acontece en el vacío; siempre hay una comunidad -la familia, la organización, las amistades, las personas mediadoras, la sociedad en general- que alienta a apostar por las vías del diálogo y de la paz para superar sus conflictos cotidianos. Si queremos un mundo mejor, hemos de recuperar el arte perdido de conversar, de dialogar, de escuchar. Afrontar los conflictos reales desde soluciones reales.

“Ciriaco se había entretenido en el bar más de lo acostumbrado. Al salir rumbo a su rancho, estaba perfectamente borracho. Y se dio cuenta de ello porque comenzó a ver todo doble. Junto a las cosas que eran, y que él las conocía muy bien, veía siempre otra igualita, que seguramente no era.

De pronto sintió que le salían al cruce dos perros grandotes. Eran tan idénticos el uno con el otro que, a pesar de la confusión lógica de las ideas, logró percatarse de que se trataba de un perro que era y de otro que no era.

Optó por la huida. Pero pronto tuvo a los perros mordiéndole casi los talones. Por suerte vio delante suyo un árbol. Mejor dicho: vio dos árboles, como era lógico. Y tuvo mala suerte. Se subió al árbol que no era y lo mordió el perro que era”.

En la vida es preferible tratar de tener siempre una mirada real frente a los peligros. Porque si es tonto subirse a un árbol de verdad frente a un perro imaginario, puede ser trágico subirse a una solución ficticia frente a un problema real.