Putin, Trump y Xi Jinping, retratados en el marco del Festival de las Fallas en Venecia

Las elecciones presidenciales del domingo 18 ratificaron el creciente poder de Vladimir Putin al frente del gobierno del país más extenso del planeta. El contundente triunfo del máximo líder de la Federación Rusa se produjo a pesar de tres situaciones contraproducentes de arrastre para la construcción de su proyecto de poder. La primera de ellas es la caída de la economía rusa desde 2014, cuando los precios internacionales del petróleo comenzaron a bajar y afectaron sensiblemente las cuentas externas y fiscales del país. La segunda son las sanciones económicas occidentales establecidas luego de la anexión de la península de Crimea por parte del gobierno de Putin en ese mismo año. Y la última la constituye el antecedente electoral más cercano de 2016, en el que los comicios legislativos exhibieron una participación de menos de la mitad del padrón y un apoyo a la fuerza gobernante sensiblemente inferior (54%) a la de la reciente elección (76%).

Pero cada uno de estos elementos tuvo su contrapartida en la práctica. La crisis empezó a revertirse el año pasado, cuando la economía volvió a la senda del crecimiento económico (1,5%) luego de dos años de una recesión que ya se había atenuado en 2016. Asimismo, el efecto de las sanciones comerciales y financieras (recientemente ampliadas por el gobierno de Trump con el argumento del ataque al exespía ruso en suelo británico) fue parcialmente morigerado por la reactivación de la producción local y la búsqueda de mercados alternativos para las exportaciones de bienes e importaciones de insumos. Y las últimas elecciones parlamentarias no mellaron el poder de Putin dada la gran mayoría que obtuvo en la Duma, además de que estos comicios registran tradicionalmente una participación y apoyo al oficialismo inferior al de las presidenciales.

En cualquier caso, la explicación del éxito de Putin no radica exclusivamente en los efectos inerciales de la vigorosa recuperación económica que se produjo durante sus primeros mandatos, al calor de la suba del precio de las materias primas energéticas con el potencial exportador ruso. La razón se halla también en la capitalización política que hizo de esa coyuntura. Esto se produjo a partir de la combinación de elementos consensuales y coercitivos en dosis variables, lo que consolidó el armado de un esquema de sostenimiento de poder que neutralizó a los opositores internos y reactivó un orgullo vinculado a la proyección de una fuerza nacional disuasiva ante los enemigos externos.

Este último factor es especialmente importante. No hay que olvidar que la dramática caída de la economía y el descalabro político y social tras la liquidación de la URSS en los 1990 implicó no sólo una gran destrucción de capacidades productivas e innovativas y la suba rampante de la pobreza y la desigualdad social, sino también la pérdida de la autoestima nacional de la población de un país que había sido polo de poder mundial hasta la década previa. La reversión de esta tendencia desde los primeros años de este siglo está indisolublemente ligada al nombre de Putin, en un país en el que la concentración del poder central siempre fue muy significativa.

La relación con Donald Trump estaba destinada a ser mejor que con Obama. No sucedió.

El aliado que no fue

Luego de un breve acercamiento inicial a los EE.UU. en 2001, el Kremlin viene acumulando tensiones con las grandes potencias occidentales, en general, y con el gobierno de los EE.UU., en particular, al menos desde 2003. La solidaridad antiterrorista con el gobierno de Bush hijo ante los atentados del 11-S se vio rápidamente desarticulada con la progresiva ampliación de la OTAN hacia el Este (iniciada, en rigor, en 1999), con la influencia estadounidense en las sucesivas "revoluciones de colores" en exrepúblicas soviéticas (Georgia y Ucrania) y con el proyecto de instalación de un sistema de radares y defensa antimisiles en Polonia y República Checa. Tras la asunción de Obama, estas tensiones no hicieron más que acrecentarse con el acercamiento de Kiev a la órbita de la Unión Europea. La decisiva reacción rusa tomó la forma no sólo de la anexión de Crimea, sino también el apoyo a los movimientos secesionistas prorrusos en las provincias del este ucraniano.

Con el triunfo electoral de Trump, se auguraba el inicio de un período de distensión entre Estados Unidos y Rusia. Tanto en la campaña electoral como en las semanas previas a asumir, el magnate inmobiliario había elogiado en repetidas oportunidades el liderazgo del exmiembro de la KGB, contrastándolo con el de sus rivales demócratas. Pero las complicaciones legales que tuvo que enfrentar la administración republicana desde su mismo inicio por las revelaciones del Rusiagate pusieron al descubierto que los elogios de Trump a Putin eran mucho más que opinión libre sobre el ejercicio del poder del presidente ruso. Tan importante como el peso de este escándalo fue la realidad estratégica que enfrenta la política exterior estadounidense, sea quien sea el gobernante de turno: la ineludible y persistente alianza militar con sus socios europeos y la disimilitud de intereses con Rusia no sólo en Ucrania, sino también en Siria. Conclusión: Trump revirtió su apreciación de que la OTAN había quedado obsoleta y en la cumbre de 2017 de la Alianza en Bruselas criticó fuertemente a sus socios exigiéndoles un compromiso mayor en gasto en defensa.

Dos formas diferentes de decir que esta organización le importa... y que le importa que le compren armas a las empresas del país que gobierna.

Aunque con matices, el acorralamiento territorial de la OTAN y EE.UU. a Rusia se ve en Moscú de la misma forma que sopesa Beijing la presencia de tropas y bases estadounidenses en el cada vez más revuelto Mar de China. Por esa misma razón, la inapelable victoria de Putin y la presentación pública de un nuevo armamento nuclear diez días antes de los comicios debe apreciarse en espejo a la mayor concentración de poder alcanzada por Xi Jinping y al desafiante tono con que puso cierre al último Congreso Nacional del Partido Comunista. Es decir, Xi y Putin se hallan envalentonados por sendas coyunturas nacionales que convalidan sus liderazgos, pero si "muestran los dientes" ahora lo hacen ante un mismo escenario estructural que continúa condicionando a China y Rusia desde hace décadas: el carácter de única superpotencia militar con alcance global que adquirió de forma indiscutida Estados Unidos a caballo de una globalización económica que sigue marcada por el sello de su primacía.

Xi Jinping consolidó también su fuerte liderazgo luego del Congreso del Partido Comunista

El aliado inalcanzable

En este marco, la pregunta del millón que emerge naturalmente es acerca de la naturaleza y alcance de la relación entre Rusia y China. Resultan evidentes las sucesivas señales de acercamiento y cooperación entre ambos países desde la finalización de la Guerra Fría. Esto incluyó la resolución de diferencias limítrofes y la celebración de acuerdos bilaterales de amistad, cooperación y provisión energética y el diseño y sostenimiento conjunto de productos institucionales multilaterales además del frecuente posicionamiento común en el Consejo de Seguridad de la ONU ante temas sensibles.

Por si esto fuera poco, también los acercó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional lanzada por el gobierno de EE.UU. en diciembre último, donde China y Rusia aparecen como los principales desafíos estratégicos de la superpotencia global, relegando a la amenaza terrorista.

Sin embargo, la relación tiene contradicciones como para dar un salto de calidad confrontativo con Occidente. Esto se debe, en primer lugar, al elevado nivel de interrelación que ha alcanzado la economía global; mal que le pesen a Trump y sus amigos xenófobos y proteccionistas, el desmantelamiento de la estructura productiva globalizada desde los 1970 es una tarea sumamente compleja. No en vano las recientes medidas arancelarias anunciadas y la consecuente respuesta del gobierno de Xi se tradujeron en fuertes caídas de los mercados bursátiles a fines de la semana pasada, y una gran parte del establishment de ambos países se ha opuesto a una "guerra arancelaria" que afecta negativamente los flujos de comercio internacional y las ganancias de las grandes empresas multinacionales.

Pero por otro lado, el nivel de asimetrías que existe en la relación entre China y Rusia constituye también un obstáculo importante para la construcción de un eje de poder conjunto. Es en este punto donde el resurgir ruso se torna relativo y donde el gobierno de Putin encuentra límites claros para acercarse a China y terminar quedando a la sombra de una vecino económicamente más poderoso y políticamente más influyente en el escenario internacional, en un contexto en el que además su principal iniciativa estratégica (la Ruta de la Seda) no hace otra cosa que fortalecer vínculos entre Beijing y las exrepúblicas soviéticas y reactivar con ello posibles fuentes de tensión con Moscú.

En definitiva, con toda la influencia que vaya a seguir teniendo Rusia en su histórica esfera de influencia, en la geopolítica de Medio Oriente y en la provisión energética a Europa, Putin tiene muy en claro que si existe una instancia bilateral que incide y calibra el orden internacional actual, esta está representada en el Diálogo Estratégico y Económico establecido entre China y EE.UU. en el año 2009. En esa mesa del G-2 no hay espacio para una tercera silla, porque allí sólo pueden sentarse los representantes gubernamentales de la economía más grande del planeta y los de aquella que le quitará esa supremacía en los próximos años.