Hay días en que nuestro ánimo decae mucho. Son momentos en que no asoma ilusión alguna y nos convertimos en vagabundos rutinarios. Se llama tristeza. Es una de nuestras emociones que, al igual que la vida propia, puede ir a la luz en la oscuridad en un mismo minuto. Es algo inherente a nosotros como seres humanos, algo que debemos entender, borrando la idea de lo patológico, porque la tristeza es tan necesaria como la alegría.

Una pérdida, una ruptura, una enfermedad, el no cumplir con las propias expectativas, situaciones que suelen producir tristeza. Considerar como una emoción de valencia negativa, se convertirá en algo que nos proporcionará positividad y capacidad de aprendizaje. Parece que solo es aceptable mostrar la cara bonita de nuestra vida, como si estuvieras prohibido sentir y mostrar emociones que no acompañan a esta obsesión de estar alegre en todo momento.

La tristeza es una emoción que funciona como un mecanismo de advertencia. Nos invitamos a investigar en lo que nos molesta, nos preocupa y nos perturba. Parecería que produce en nosotros un pequeño estado de "hibernación". Nos pone en espera y en silencio para resolver cualquier problema. Suele decirse que tiene rasgos de la sensibilidad más refinada del ser humano, que invita a ser más creativos.

Los síntomas ocultos de la tristeza pueden camuflarse de infinitas formas y manifestarse a menudo en enfados, malhumor, apatía, cansancio. Es una presencia que todo lo invade: nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestra motivación. Es como la luz parpadeante que aparece en nuestro coche, avisándonos de que no nos queda combustible. La tristeza simplemente nos recuerda que estamos vivos y que estamos afectados por lo humano de nuestra condición.

No obstante, lo que ocurre en la actualidad es que no se nos permite estar tristes. No hay espacio. Estamos casi "obligados" a hacer como si todo estuviera bien, demostrando que somos inmunes a la desilusión, a la frustración y al desconsuelo. Muchas veces hemos intentado contener o maquillar la tristeza. Desde que somos pequeños hemos recibido mensajes por parte de la sociedad diciéndonos que no podemos permitirnos estar tristes, que hay que ser valientes, que hay que ser fuertes en todo momento, que no podemos desfallecer. La sociedad nos ha enseñado a actuar de una manera "ideal". Tan ideal que podemos considerarla artificial.

El problema aparece cuando la emoción deja de ser emoción y pasa a ser un estado con profundas y fuertes raíces. Se puede convertir en algo nocivo si alcanza niveles de intensidad muy altos o se perpetúa en el tiempo. "No podemos evitar que los pájaros de la tristeza sobrevuelen sobre nuestras cabezas, pero sí podemos impedir que aniden en nuestros cabellos", dice un proverbio chino. Sentirnos tristes puede ser una oportunidad para valorar lo que antes no apreciábamos. No obstante, si la tristeza nos ha bloqueado por completo, si estamos a un paso de la depresión porque no conseguimos sacudírnosla de encima, entonces es necesario dar un paso al frente y pasar a la acción. Porque, como decía Steinbeck, "la tristeza del alma puede matarte mucho más rápido que una bacteria".

"Una vez un joven se lastimó gravemente una rodilla y perdió el sueño de escalar altas montañas. Creció. Puso un negocio de artículos médicos. Se casó con una muchacha muy hermosa y buena. Vivía en un departamento desde el cual se veía el océano. Tenía tres hijas hermosas. La más joven, que debía usar silla de ruedas, era la más agraciada. Las tres amaban mucho a su padre. Nuestro personaje ganaba suficiente dinero para vivir con comodidad. Pero un día

-Estoy muy triste- le confió a su mejor amigo. -Porque una vez soñé que me casaría con una mujer de cabello negro y ojos azules. -Tu esposa es muy hermosa y buena- dijo su amigo. Pero el hombre no escuchaba.

-Estoy muy triste- le confesó a su esposa. -Porque una vez soñé que viviría en una gran mansión. -Nuestro departamento es cómodo y podemos ver el océano- repuso ella. Y te amo. Pero el hombre no la escuchaba.

-Estoy muy triste- le dijo a su psicólogo. -Porque una vez soñé que sería un gran aventurero. En vez de ello, soy un empresario; tengo tres hijas y la menor ni siquiera puede caminar. -Los artículos médicos que usted vende han salvado muchas vidas y sus hijas son hermosas e inteligentes, le hizo notar el analista. Pero él no lo escuchaba.

-Estoy muy triste- le dijo a su contador. -Porque una vez soñé que conduciría un hermoso auto. En vez de ello, utilizo el transporte público. -Usted viste trajes de calidad y ha viajado por Europa, señaló el contador. Pero el hombre no escuchaba.

El hombre se puso tan melancólico que enfermó de gravedad. Estaba triste, muy triste. Su familia y sus amigos también estaban profundamente afligidos. Y sucedió que una noche, el hombre le dijo a Dios: -¿Recuerdas cuando era joven y te hablé de mis sueños? ¿Por qué no me otorgaste todo eso? -Pude haberlo hecho, respondió Dios. -Pero quise sorprenderte con lo que te he concedido: una esposa hermosa y buena, un buen negocio, un lugar agradable para vivir, tres adorables hijas. Es uno de los mejores paquetes que he preparado. Y pensé que serías feliz con lo que te había dado, explicó Dios. Y entonces el hombre decidió soñar un sueño nuevo, en el que lo que más anhelaba era precisamente lo que ya tenía. Y se alivió y vivió feliz."

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