Aunque tenemos pleno derecho a sentirnos enfadados e indignados, el abuso o la mala canalización de estas emociones nos hacen daño. El resentimiento es permitir que una decepción o un agravio se instalen de forma permanente en nosotros, actuando como el peor de los venenos. Porque, alimentar el pensamiento de que el mundo se ha confabulado en nuestra contra, quita energía a la felicidad. Porque el resentimiento corroe autoestimas, y nos aferra en ese papel de víctimas perpetuas que no logran poner nada de su parte para favorecer su sanación y su liberación. Decía Louise Hay: "El resentimiento, la crítica, la culpa y el miedo aparecen cuando culpamos a los demás y no asumimos la responsabilidad de nuestras propias experiencias".

Hay personas en las que habita el resentimiento crónico. En sus mentes gobierna el rencor de forma obsesiva y corrosiva y el ego no deja espacio alguno para la comprensión, la empatía y el respeto. Pocas emociones erigen barrotes tan rígidos como esta. El origen está centrado en el daño. Al estar unido inexorablemente al recuerdo, no hace sino incrementar el aspecto negativo del dolor. El resentimiento es utilizado, muchas veces, para lograr objetivos poco nobles como incitar a la venganza, tomar justicia por mano propia o movilizar las masas de un partido o secta. Hay muchos factores que contribuyen a que haya, cada vez, más personas resentidas.

Frente a la traición hay una sensación de placer cuando el otro sufre

La mayoría de nosotros albergamos ciertas pinceladas de resentimiento. Es ese sedimento, albergado en el corazón, que pinta de incómoda amargura la relación con quien nos hizo daño en algún momento. Si en el pasado, una persona pareja, familiar o amigo- nos hizo algo, disparó sobre nosotros la flecha de la traición, podemos desarrollar hacia ella un sentimiento de odio y esconder, incluso, la sensación de placer cuando la otra persona sufre algún tipo de incidente o desgracia. Muchos de estos procesos se resumen en una misma cosa: justificar que cada cosa que nos sucede es responsabilidad absoluta de lo que nos hicieron en el pasado. Desde un punto de vista sociológico, el resentimiento está detrás de muchas conductas de odio, especialmente en el nivel familiar.

La ira prolongada en el tiempo nos va envenenando poco a poco, nos llena de rencor, de odio, de sed de venganza; todas emociones negativas que no sirven para absolutamente nada. No borrarán el pasado y tampoco funcionarán en el presente o el futuro. No conviene dejarnos llevar por los impulsos, por nuestra imaginación, ni exagerar o dramatizar los hechos. El resentimiento no debe ser nuestra forma de vida. Se apaga la autoestima, disminuye el potencial humano, peligra la libertad personal y se escapa también la felicidad.

Resentimiento no es más que el sentimiento que se repite, una y otra vez, sin dar tregua, sin permitirnos subir a la superficie para respirar y llenar de oxígeno nuestros pulmones. El resentimiento ahoga a su portador, es un agujero negro que todo lo atrapa, distorsionando nuestro pensamiento y nuestra realidad.

"El tema del día era el resentimiento, y el maestro nos había pedido que lleváramos papas y una bolsa resistente. Ya en clase nos dijo que eligiéramos una papa por cada persona a la que guardábamos resentimiento. Escribimos su nombre en ella y la pusimos dentro de la bolsa. Algunas bolsas eran realmente pesadas. El ejercicio consistía en que durante una semana lleváramos con nosotros a todos lados esa carga. Naturalmente, la condición de las papas se iba deteriorando con el tiempo. El fastidio de acarrear esa bolsa en todo momento me mostró claramente el peso espiritual que cargaba a diario y cómo, mientras ponía mi atención en ella para no olvidarla en ningún lado, desatendía cosas que eran más importantes para mí. Todos tenemos papas pudriéndose en nuestra mochila sentimental. Este ejercicio fue una gran metáfora del precio que pagaba a diario por mantener el resentimiento por algo que ya había pasado y no podía cambiarse".

El resentimiento es, por encima de todo, la firme reticencia a ejercitar el perdón. Pero, necesariamente, hay que dotarle de una fecha de caducidad. Aunque no siempre es fácil, las personas que aprenden a perdonar experimentan menos ansiedad y estrés, elevan su seguridad, son más serenas, se deprimen menos y tienen mejor salud. Por esta razón, por "puro egoísmo" y por salud emocional, conviene priorizar el bienestar, decidiendo de un modo consciente no seguir alimentando ese rencor por lo ocurrido. Liberarnos y descalzarnos de este peso es un acto de responsabilidad personal en el que todos deberíamos invertir tiempos y esfuerzos.