Cuando Miguel Ángel, el maravilloso pintor, arquitecto y escultor renacentista veía un bloque de mármol o de piedra, ya vislumbraba en él a un ser dormido que debía despertar. La magia estaba allí, contenida, escondida y latente. Solo tenía que ir construyendo, golpe a golpe, su bellísima obra con delicada paciencia, ingenio, originalidad y cariño.

Nuestros padres, maestros, profesores, amigos, compañeros; todos han sido artistas en la construcción de nuestro yo. Extraña ironía: hay personas que viven eternamente tratando de llegar a ser lo que otros esperan que sean. Decía Einstein: “Todo el mundo es un genio. Sin embargo, si juzgas a un pez por su habilidad para escalar un árbol, pasará toda una vida pensando que es un estúpido.” Desde muy peque- ños se nos enseña a juzgarnos a nosotros mismos teniendo en cuenta las cualidades y opiniones de los que tenemos alrededor.

Todos tenemos una imagen de nosotros mismos que queremos que nos identifique y nos posicione dentro de nuestro entorno. En un principio, somos apariencia: los demás conocen nuestro físico, nuestra forma de hablar, nuestra manera de vestir. Solamente con el tiempo nuestras actuaciones consolidan nuestra imagen. Lo cierto es que nuestra imagen pública nos condiciona y, a veces, nos esclaviza. La gran debilidad de nuestra imagen es justamente el miedo al rechazo. El mundo que nos rodea muchas veces no nos permite ser lo que somos con facilidad.

Existe una extrema inseguridad que nos lleva a camuflarnos entre las personas para sentirnos aceptados, integrados. Alguien decía que todos, en cierta manera, somos camaleones sociales, campeones a la hora de causar una buena impresión. No dudamos en practicar ese tipo de maquillaje emocional donde disimular los propios sentimientos, pensamientos y opiniones con el fin de ser aceptados y conseguir la aprobación de los demás. Tenemos miedo al “qué dirán”, nos atemoriza defraudar, llamar la atención o incluso no ser lo que otros esperan de nosotros. Vivir en sociedad nos obliga a una adaptación a veces dolorosa.

Por cierto que este estilo nos conduce a una profunda infelicidad. Obligarse a uno mismo a ser como aquellos que nos rodean cada día; acostumbrarse a pensar y sentir algo y hacer lo contrario; vivir en una contradicción constante; oscilar entre el rostro privado y la máscara pública. Conducta, casi adictiva, donde causar siempre una buena impresión rara vez logra establecer vínculos duraderos y satisfactorios. Ocasiona en muchos casos un auténtico agotamiento psicológico.

Las personas “acomodaticias” deben mostrar una extraordinaria plasticidad con la que ser siempre altamente convincente. A fuerza de mimetizarse, pierden su dignidad, sus principios e incluso su escala de valores con tal de alcanzar el éxito, sentirse integrados o lograr reconocimiento. Muchos ámbitos exigen de esos malabarismos psicológicos para sobrevivir y triunfar; la política, el derecho, el mundo del marketing y la publicidad, el teatro o la diplomacia. Seducir, captar clientes, generar confianza e incluso, por qué no, hasta manipular.

Pocas cosas pueden llegar a ser tan infructuosas y agotadoras como caer bien a todo el mundo, ser esa pieza capaz de encajar en cada puzle o esa tuerca que vale para todo engranaje. Tal habilidad no es creíble ni saludable. Deberíamos aprender a vivir sin máscaras, a ser coherentes y valientes, criaturas únicas y excepcionales. Definirnos por los propios valores, amarnos sin fisuras, con cada rincón imperfecto, con cada locura disfrutada, con cada error cometido y cada sombra sanadora de cicatrices. Todo aquello que enturbie, todo lo que apague autoestimas, cercene identidades o nos regale una pantomima de amor, es mejor dejarlo para no perder el tiempo en lo que quita autenticidad y alegría.

El famoso director de cine, Woody Allen, decía: “No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo”. Ser capaz de no traicionarnos a nosotros mismos y actuar en base a aquello que pensamos y sentimos es todo un ejercicio de responsabilidad, conciencia y aceptación. La fidelidad a nuestra persona es algo que tenemos que practicar.

“Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

El roble dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el pino. El pino estaba triste porque no podía dar uvas como la vid. Y la vid se moría porque no podía florecer como el rosal, que a su vez lloraba porque no era fuerte y sólida como el roble.

Entonces encontró una orquídea floreciendo y lozana como nunca.

El rey le preguntó: – ¿Cómo es posible que crezcas tan saludablemente en medio de este jardín mustio y umbrío?

La flor contestó: – Siempre pensé que, ya que me plantaste, querías orquídeas. En aquel momento me dije: seré la mejor orquídea que pueda. Y aquí me tienes, la más hermosa y bella orquídea de tu jardín".