Diego Gándara es un argentino que vive en Barcelona. Para ver su primera novela publicada tuvo que atravesar el océano. Durante su visita a Buenos Aires para presentar el libro habló con BAE Negocios en un café de la ciudad que ya no estaba como él la recordaba.

Aunque "es una novela" -aclara sobre Movimiento único- remarca que el protagonista, Santiago, "tiene rasgos míos, en algunas cosas se parece y en otras no. Traté de trasmitir una experiencia de vida que me resultó significativa. Por ejemplo, Roberto Bolaño es Bolaño y ese vínculo es real. Nos hablábamos mucho por teléfono", explica el autor.

La novela comienza con Santiago Novoa, un joven periodista del conurbano bonaerense y cuenta: "En octubre de 1999, tres meses después de que Los detectives salvajes ganara el Premio Rómulo Gallegos, le envié un mail a Roberto Bolaño y mi vida se puso en movimiento."

"Nunca quise ser oportunista. Con el paso de los años pensé que había sido un regalo, se preocupaba por mí, me llamaba por teléfono. Me quedaron muy grabadas cosas que me dijo, lo mucho que me sirvió para la vida. Bolaño como persona más allá del escritor", asegura.

Durante su estadía en España tuvo un accidente doméstico que lo conmocionó: "Sentí que había fracasado en Barcelona, en mi vida laboral, en mi vida como inmigrante. Me asusté, pensé que no iba a caminar más, andaba con muletas. Ahí empecé a escribir a la madrugada. Le fui dando forma. Ya habían pasado diez años de su muerte", sostiene sobre Bolaño el autor, que también es periodista cultural.

De aquella relación con el escritor recuerda que llamaba incluso de madrugada: "Me contaba cosas, superficiales y profundas, se interesaba por mi vida, por el mundo literario argentino, fabulaba mucho también. Yo me divertía, me reía".

—¿Por qué cree que lo llamaba?
—No sé. Si sé que sus llamados me levantaban el ánimo. Yo no lo llamaba porque me daba como cosa molestarlo, sólo lo hice con un desengaño amoroso fuerte. Se preocupaba mucho por mí. Nunca me dijo que estaba enfermo. Cuando Rodrigo Fresán (el escritor argentino que también vive en Barcelona) me llamó para decirme que se había muerto, no lo podía creer. Ese año había muerto mi padre, después él y yo me separé. Le conté que mi papá estaba enfermo, incluso de su muerte y él no me dijo nada de la enfermedad.

Recuerda, además, que le daba claves, le recomendaba trabajos y hasta a su dentista. "También hacia silencios, se quedaba pensando y no hablaba, después me decía lo que le parecía. Un verano estaba el programa Impacto total y me llamó para hablar mientras lo estábamos mirando desde nuestras casas. No es que era literatoso, también miraba los resultados deportivos. Necesitaba un oyente, no eran cinco minutos, a veces me decía "esperame que voy a buscar un cigarro", yo me sentía vergonzoso al hablar con él. Tenía 30 años y el era un escritor muy reconocido. Él lo que hacía era echar un cable.

—Su padre y él murieron en un plazo cercano...
—Fueron dos muertes muy duras. Me sentí como desamparado. Después empecé otra vida en Barcelona. Pero no quería ser ni el tipo que contaba la vida de Bolaño ni un oportunista. Sabía que me gustaba escribir, pero no sabía qué novela hacer. En el 2014 la empecé a escribir en un subsuelo a oscuras, me prestaron un ordenador para terminarla. No quería escribir una novela sobre Bolaño, sí era un eje. Tenía mucho en la memoria y no quería que se perdiera. Hice como reconstrucción de lo que había pasado, darle forma de novela, que es lo que más me interesaba. Nunca quise ser escritor, pero con el paso del tiempo me di cuenta de que si no escribo, no me conecto con el mundo. Sentía que no sabía escribir una novela. El psicoanálisis me ayudó bastante, pensaba que no podía escribir. La autoficción para mí es el diván, yo pienso que el psicoanálisis viene después de la literatura.

—¿Piensa seguir escribiendo novela?
—Escribo siempre. No me gusta pensar "ahora escribo una novela, ahora un cuento". Escribir es algo cotidiano, llevar un diario, uno escribe con todo el cuerpo, con lo que sueña. Me acosumbré a que la escritura sea un acto cotidiano. Tengo un laboratorio con lo que escribo, y pienso "voy a tirar por ahí a ver qué me dice". Escribir me hizo bien. Descubrí cosas de mí mismo que desconocía.

—El movimiento está desde el título...
—Ese movimiento es la vida misma y cómo se ubica uno en ese movimiento, y que tiene que ver con dos movimientos: con la vida personal y con el movimiento de la vida. Todo esto tiene que ver con la sensación de que me había detenido, de que mi vida en un punto se había detenido. Sentía que después de diez años en Barcelona mi vida había fracasado estrepitosamente. Todo eso me hizo pensar de dónde venía, qué había hecho. Me empecé a aterrar con la idea de que no me podía mover más y ahí recuerdo la entrevista a Bolaño en la que me dice que estaba dispuesto a seguir moviéndose, que era un nómade irredento.

—¿Para leer su novela hay que conocer a Bolaño?
—Para mí siempre fue Roberto. No quería que esa historia se perdiera, que algo yo había recibido y lo tenía que dar. Él era muy gracioso, tenía mucho sentido del humor, me rescataba de momentos de vacío total. No puedo decir que fui su amigo, pero sí que tuvimos una relación de mucho afecto. Quien no lo leyó, puede entender la novela igual y por ahí puede empezar a leerlo.

Movimiento único, de Diego Gándara, fue publicado por Seix Barral. Precio: $320