Estamos transitando un largo proceso cultural. Se va imponiendo de forma progresiva el concepto de individualismo. Lentamente se han "acomodado" dos ideas contradictorias: cada uno debe crear su propio hueco donde encerrarse y la soledad es algo terrible.

También hay un hecho que cada vez resulta más palpable: tenemos miedo al otro. El concepto de prójimo ha desaparecido casi por completo. O son de los "nuestros" o son extraños. Y de estos últimos no queremos saber nada porque hay algo amenazante en los desconocidos. Construimos un mundo en el que no somos capaces de vivir con otros, pero tampoco solos.

Años atrás la gente, básicamente, vivía en comunidad. Era usual que en una casa estuviera toda la familia. Abuelos, hijos, nietos y, muchas veces, también parientes cercanos. Incluso las relaciones vecinales eran muy fuertes. Todos se conocían y existían rituales colectivos que involucraban a toda una población. Pero después la sociedad comenzó paulatinamente a organizarse alrededor de la pareja y del núcleo familiar mínimo al que daba lugar y la soledad se convirtió en algo indeseable.

Con la introducción de las nuevas tecnologías se inauguraron oficialmente las soledades postmodernas. Estas se mueven dentro de una contradicción fundamental: estamos conectados con todo el mundo y nos sentimos más solos que nunca, al punto de sentirse mal cuando no se conquista un "like" al publicar en las redes sociales. En algo nos estamos equivocando. La cultura no nos está conduciendo a un sentimiento de paz, plenitud o felicidad. Cada vez son más frecuentes las dificultades emocionales o los problemas psicológicos.

Y entonces surge la certeza de la necesidad del amor. El amor de pareja, en la familia, con los amigos, a las ideas y las causas, a la humanidad y por supuesto, a nosotros mismos. Si nos pusiéramos a contar las canciones, los poemas, las novelas, las películas, las pinturas y todas las demás formas de expresión que se han referido a este tema, no terminaríamos nunca. La idea del amor aparece como "una tabla de salvación" a que aferrarse, en tiempos donde parece que todo se hunde.

En este contexto, no son incompatibles soledad y amor. Una persona que ama la soledad y el pasar tiempo consigo mismo, logra convertirse en una persona mejor y permite que el amor sentido en su interior, tanto por sí mismo como por los demás, no deje de crecer. Allí florecen la libertad, las ganas de volver a encontrarse, y el profundo deseo de fundirse en un solo corazón, creando significados y valores compartidos. Los instantes de soledad, de silencio y desconexión son necesarios para motivar nuestro impulso vital con más autenticidad. Es como oprimir un botón de reinicio, donde hallamos esa claridad mental con la que comprender y amar mejor a los demás. Así el amor incondicional, alimentado en el sereno encuentro con uno mismo, será fuente de motivación y entusiasmo y encenderá en nosotros un motor.

El amor verdadero no es fácil ni difícil. No sirve para suplir nuestros vacíos emocionales ya que solo nosotros mismos podemos lidiar con ellos. Sin embargo, es cierto que muchos de nosotros hemos curado nuestras heridas con un simple gesto de cariño. Desconocemos el valor sanador de un abrazo, de un beso en la mejilla, de un apretón de manos o de una sonrisa. Amar es sorprender al otro con pequeños detalles cotidianos. Alfredo Bryce Echenique dice: «La soledad no existe para aquel que puede recordar los momentos en que no estuvo solo. La otra persona puede estar ausente, pero en cierta medida continúa a nuestro lado. Un ser existe en el recuerdo que conservamos de su presencia y en la confianza que tenemos de su pronto retorno».

"El ángel aún no estaba listo para bajar a la tierra pero lo hizo. Inexperto, inseguro. Había escuchado hablar de la soledad, pero no se había quedado el tiempo suficiente para saber su verdadero significado. ¿Sería algo malo? ¿Algo bueno? ¿Una cosa? ¿Un lugar? Seguro debía ser un lugar, pero ¿dónde estaba? Lamentó no haberse quedado más tiempo para que otros ángeles le hubiesen enseñado, al menos, dónde quedaba. Lo averiguaría en la tierra. Supuso que observar a las personas sería un buen modo de comenzar. La mayoría no parecía muy feliz. Observó durante días y se dio cuenta que además debía escuchar. La gente hablaba mucho de la soledad. Tardó en entender que la gente podía estar sola, aun estando acompañada de muchos otros. Siguió escuchando y supo por fin que la verdadera soledad se aloja en el alma de las personas. ¿Cómo ayudar entonces? No había llegado a escuchar cuál debía ser su misión en la tierra, pero en lo más profundo de su corazón de ángel supo que su misión era sin dudas, paliar la soledad de los seres humanos. Y entonces fue colocando un sueño, de diferente tipo, en cada persona sola. Un sueño acompaña, motiva, ilusiona y llena de esperanzas los corazones vacíos. Aprendió que los seres humanos también tiene problemas para soñar y cuánto más grandes son, el problema es más grande también. Sin embargo la gran mayoría de esos nuevos soñadores fueron finalmente capaces de conectarse con otros y sintieron así una felicidad aún mayor, la de compartir un sueño con otros; la soledad fue sólo un recuerdo lejano".