La vida siempre es un bello regalo. Y los mejores momentos suelen ser aquellos en los que tomamos las riendas de nuestra vida, esos en los que actuamos bajo nuestras decisiones y en los que adquirimos, de algún modo, el control de nuestro destino. Porque ese destino no está escrito en las estrellas, el viento o la arena. Nuestro porvenir solo puede ser sembrado y cosechado por nosotros mismos. Es nuestro corazón quien toma los caminos a seguir y nuestros pies quienes avanzan por ellos, saliendo de nuestra zona de confort.

En ocasiones, corremos el riesgo de pensar que nuestra vida está tan condicionada, que no podremos hacer nada para cambiarla. Sin embargo, nosotros somos los únicos dueños de lo que llamamos "destino". Lo vamos labrando poco a poco. Con cada elección abrimos nuevos caminos, decidiendo qué hacer con nuestra vida y con nuestro entorno. De nosotros depende. Alguien decía: "El destino no es lo que te va a pasar, sino lo que tú quieres que te suceda."

En el tao del confucionismo, en el karma del hinduismo o en la providencia divina del cristianismo, se ofrece cierto margen de libertad, donde cada uno de nosotros tiene la oportunidad de "poder elegir". Lo importante será atender esas pequeñas pistas que el día a día nos va regalando. El destino nos puede llevar a un cruce de caminos, pero nosotros decidimos la dirección de nuestra vida.

Lamentablemente nada es más fácil que responsabilizar a la fatalidad de todo lo que nos sucede o nos deja de suceder. Pensar que todo está escrito de antemano es algo que se nos viene a la cabeza cuando nos encontramos con casualidades o situaciones aparentemente fortuitas, que determinan aspectos importantes de nuestra vida. El problema es que si aceptamos que existe un destino prefijado, prácticamente todo lo que hacemos carecerá de sentido.

El concepto de "destino" permite entender las adversidades como una realidad inevitable, permite asociar los éxitos con un fuerte componente de suerte, permite depositar la responsabilidad de lo que nos ocurre en fuerzas ajenas a nosotros mismos. Casi sin darnos cuenta, y a pesar del "libre albedrío", nos vamos instalando en la idea de que no es posible darle un giro a lo que sucede. Ser conformista no puede ser nuestro destino.

"La amenaza de los años me encuentra, y me encontrará, sin miedo. No importa cuán estrecho sea el portal, cuán cargada de castigos la sentencia, soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma", decía William Henley en su poema "Invictus". Las enfermedades, el paso de los años, las pérdidas, los conflictos, los desastres, la muerte, se nos presentan a todos por igual. En muchos momentos de la vida, deberemos elegir radicalmente la actitud personal para enfrentar cada situación. Muchas cosas nos condicionan, pero no nos determinan. Habrá que tener cuidado de no dejarnos enredar ni enloquecer.

"David era un judío devoto y creyente. Una noche, mientras dormía, un ángel se le apareció en sueños y le dijo: -David, Dios ha decidido premiarte. Puedes pedir lo que más quieres.

David pensó un momento y pidió: -Quiero que me digas, exactamente, qué día y a qué hora me voy a morir. El ángel dudó: -No sé si puedo decirte eso. David replicó: -Tú me dijiste que podía pedir lo que yo deseara. Pues bien, eso es lo que quiero.

-También dije que se trataba de un premio y si te digo lo que me pides vivirás como un desgraciado contando los días que te faltan hasta el final dijo el ángel -. Sería un castigo. Elige otra cosa.

David pensó y pidió que le dijera, en todo caso, qué día de la semana sería su muerte. El ángel aceptó a regañadientes y le dijo: -Te corresponde el honor de estar entre aquellos elegidos que mueren en el día más santo de la semana. Morirás en Shabat.

Al despertar, sintió el halago de ser el único hombre que sabía por anticipado que moriría en sábado. En los siguientes días todo anduvo bien, por lo menos hasta el viernes. Mientras se preparaba para la llegada del sábado, David empezó a temblar. ¿No sería éste el sábado de su hora? Entendió que había cometido un error: sabía algo que hubiera preferido no saber. Pero creyó encontrar la solución. Leería la Torá cada viernes en la noche y no se detendría hasta la primera estrella del día, ya que se supone que nadie puede morir mientras está leyendo el libro sagrado judío.

Pasado un tiempo, una mañana de sábado, mientras David leía sin parar el sagrado libro de la Torá, escuchó por la ventana la voz de alguien que gritaba desesperado: ¡Fuego! ¡Fuego! Salgan, se prende fuego la casa. Él pensó: -Nada me puede pasar, estoy leyendo la Torá. Pero las voces de la calle lo apremiaban. Y David tuvo miedo. Esto le pasaba por haber intentado burlar al destino. Finalmente iba a morir. -Quizás esté todavía a tiempo -se dijo. Y cerrando la Torá, bajó para esquivar una muerte segura. Corría escaleras abajo; y así fue como rodó por las escaleras, golpeándose en la nuca con el último escalón. Murió en el acto, ese Shabat, sin enterarse de que el incendio era en la casa de enfrente. Su preocupación por el destino le hizo perecer antes de tiempo".