Claudio Robin es periodista y acaba de publicar su primera novela con un escenario de noticiero. “El germen del texto apareció en un taller literario en 2008 con Busqued. Quedó un tiempo largo encajonado, lo retomé en 2013 y me llevó unos tres o cuatro años terminarlo. En principio tenía una imagen, la de un hombre al que se le hacía muy difícil transportar una cubetera con agua hasta el congelador (lo tomé de una anécdota que le escuché a Guinzburg en la Biblia y el Calefón). Cada vez que el hombre intentaba llevar la cubetera se le caía el agua, volvía a llenarla y volvía a repetir el acto. Sé que no tenía ningún sentido, pero me identificaba con esa dificultad porque soy un tipo bastante torpe. Así que, de a poco, me fui involucrando y encariñando con ese personaje al que parecía que todo le costaba y me decidí a escribir más sobre él. Después me di cuenta que había que agregarle algún problema sino era insoportable. Fue entonces que surgió lo de los medios de comunicación, la relación con su ex mujer, con su hija pequeña, con sus compañeros”, dice Robin a BAE Negocios.

–¿Qué significa para vos ver tu primera novela publicada?
–Es completar un recorrido, la primera vez que sale a la luz parte de lo que escribiste en la sombra. Llevo casi diez años escribiendo y ELD es mi primer publicado, aunque no es mi primer libro. Ahora, con la publicación viene un segundo paso no menos complejo y para el cual el escritor suele estar poco preparado y tiene que ver con el hecho de acompañar el libro para su difusión. El recorrido que hará el libro depende mucho del escritor (no solo en el mundo editorial independiente).

–¿Que el protagonista sea periodista tiene que ver con que vos lo sos?
–Hay mucho de experiencia propia. En parte, los fracasos de Lafrarti son también los míos. Venía de una etapa en la que en lo laboral no pegaba una y fue como sacar lo que estaba adentro —eso del clima laboral que te perjudica, que te hace sentir que no servís para nada—. En ese sentido, busqué que no sea solo la historia de un periodista que la pasa mal, sino que hable de ese malestar que atraviesa cualquier persona afectada por ciertos planteos sociales o laborales.

–¿Está inspirado en alguien?
–El personaje de Martín Lafrarti no está inspirado en nadie en especial, pero sí tiene características con las que me podría ver representado. Digamos que su antagonista, Ibáñez, sí está moldeado en base a una persona en particular con la que me tocó trabajar, pero preferiría no nombrarla. Por otro lado, cuando estaba escribiendo ELD descubrí un libro que fue fundamental para poder terminar la novela. Es de Nathanael West, se llama Miss lonely hearts, una novela de los años 30 y que narra la historia de un periodista que está a cargo de lo que se llama el consultorio sentimental del diario. Es un hombre solitario, deambula por las calles, y no le gusta el tipo de periodismo que hace; no tiene perspectivas de cambio. Lafrarti es todo eso, pero, sin embargo, tiene aún una búsqueda y quiere salir de esa situación que lo asfixia.

–¿Es difícil contar los entretelones de un mundo que conoces muy bien?
–Da un poco de pudor, capaz. Se trata de un mundo que atraviesa una crisis muy importante y de la que todo el mundo opina. Sin embargo, creo que cuando se habla —o se critica— al periodismo y a los periodistas, se está apuntando a los grandes medios, a las grandes empresas, que, en definitiva, se mueven de forma parecida a cualquier otra gran empresa de cualquier otro sector. En el medio de esos intereses están los trabajadores y la novela, creo, rescata esa parte de la historia. Martín Lafrarti es periodista y su vida profesional se ve modificada cuando el multimedios para el cual trabaja es comprado por otro grupo más grande. A partir de allí, una serie de sucesos le harán replantear su vocación. Al principio Lafrarti ve ese cambio como algo positivo, pero después se va dando cuenta de que lograr los objetivos que este tipo de empresas plantean, lo alejan cada vez más de la idea esencial que alguna vez tuvo sobre el periodismo.

–¿Cuando creemos que todo está funcionando aunque nos aburra, soportamos que un hecho tambalee esa estructura o no nos queda otra?
–Creo que hasta tomar una decisión determinante pasan un poco las dos cosas. Yo soy más del que me muevo “porque no queda otra” y eso no está tan bueno. Que las estructuras se sacudan un poco suele generar miedo o temor. O al revés. Se piensa en un principio que todo cambio va a ser para mejor y no siempre es así. Tampoco está bueno naturalizar algo que nos está haciendo mal porque pensamos que es normal. En el periodismo hay mucho de eso y a pesar de la crisis que atraviesa, sigue siendo una carrera atractiva para los jóvenes. Lo que muy pocos saben es lo poco que cuesta decepcionarse. Por lo general, se hacen muchas tareas a la vez —supongo que en cualquier trabajo hoy pasa lo mismo—, se trabajan muchas horas, se gana poca plata, hay que tener más de un trabajo, y si se trabaja con gente importante o reconocida, hay que saber controlar egos.

–¿Te costó dejar a Martín una vez que terminaste de escribir la novela ?
–Sinceramente, después de 3 o 4 años de trabajo ya estaba medio cansado. No del personaje, sino de todo el proceso que involucra desarrollar una novela. Hay un momento en que es necesario ponerle un punto final y pasar a otra cosa o te volvés loco (además, el libro había encontrado editor y eso me apuraba con las correcciones).

–¿Qué es lo que te gustaría que el lector encuentre en la novela?
–Los puntos de quiebre que va teniendo Lafrarti y la transformación que vive y, que de alguna manera, lo va desintegrando, le hace replantear cuánto está dispuesto a entregar a cambio de ser exitoso en su profesión. Como dije antes, bien podría ser la historia de cualquier oficinista mujer u hombre que transita los treinta y pico o cuarenta años.

–¿Cómo haces para encontrar el tiempo y lugar para escribir?
–La verdad es que no tengo mucho tiempo ni lugar, me los invento. Entre trabajo y trabajo me meto en algún bar. Tengo algunas manías: solo tomo café porque si pido comida me resulta molesto eso de comer y escribir al mismo tiempo y trato de sentarme siempre al lado de alguna ventana que de a la calle, así cuando despego la cabeza del monitor veo algo del “mundo exterior”. Y todo lo que voy escribiendo me lo imprimo para poder corregirlo arriba del 132,.

–¿Estás pensando en otra novela?
–Desde hace varios años que estoy trabajando la historia de Rodolfo “Cacho” Rodríguez, un sociólogo que durante cuatro décadas fue pirata del asfalto. Me llevó mucho tiempo encontrarle un tono al relato ya que al principio iban a ser como una especie de crónicas, pero la idea no me terminaba de cerrar. Lo hablé con él y le pedí permiso para tomarme algunas licencias y armarla en clave de ficción. Por suerte aceptó, ya que para mí era fundamental que estuviera conforme con el resultado. Nos costó bastante, él se involucró de lleno y estamos llegando al final (que espero pueda ser este año).

–¿Cómo conviven escritor y productor?
–Muchos disparadores o temas me surgen de armar sumarios, de leer noticias, de prestar atención a lo que se dice y se quiere decir. Supongo que otros escritores harán lo mismo. Pero hay algo que la profesión me facilita y es el acceso a la fuente. Eso lo tengo muy a mano y me sirve para resolver problemas. Por ejemplo, en esta historia de Cacho, él siempre me hablaba de cómo se fue pudriendo el mundo delincuencial, de lo que fue la policía de los noventa, la Maldita Policía, del Chorizo Rodríguez y de Mario Naldi, de la pica que había entre ellos. Un día llego al canal y veo a un hombre vestido de traje verde a cuadros, cadenas de oro, muy llamativo, y era Naldi que iba a grabar una nota dando consejos sobre seguridad. No le dije nada acerca del libro y nos pusimos a conversar sobre colegas suyos. Lo que yo buscaba, en realidad, era ver qué opinaba él de la Maldita Policía, del Chorizo Rodríguez.

Título: El lenguaje digital
Autor: Claudio Robin
Precio: $250
Editorial: Conejos
Páginas: 145 

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