Prathet Thai es el nombre original de Tailandia. Significa El país de la libertad. Sin embargo, desde 2014, no hay elecciones gubernamentales y está prohibido la actividad política.

Su viceprimer ministro, Wissanu Krea-ngam, prometió hace poco más de una semana que la veda se levantará el 16 de diciembre, de cara a la apertura de comicios nacionales en febrero de 2019. Pero también aclaró que estas podrían posponerse, como ya sucedió en repetidas ocasiones.

El gobierno actual es militar. Tomó el poder a través de un golpe de estado; el número 12 en la historia del país. Tailandia no sostiene, entonces, la democracia pero sí a la realeza que conserva el respeto de la población. Al menos, no se escuchan críticas. Ni siquiera se habla del asunto. Pero claro, es que se castiga hasta con 15 años de prisión a quien difame a algún miembro de la realeza.

También está prohíbo tomar fotos o videos de la princesa Ubolratana Rajakanya. No luce vestidos sofisticados ni trajes tradicionales, sino equipos sencillos cuya austeridad sorprende dado que su hermano, Maha Vajiralongkorn, es considerado el rey más rico del mundo, con una fortuna que ascendería a los u$s30.000 millones.

Por ser una monarquía constitucionalista y por el poder que ostenta, la realeza tiene una injerencia sólida en los asuntos de gobierno. Tiene la última palabra, firma decretos, leyes y aplica cambios en la Constitución Nacional, tal como lo hizo recientemente, aún después de que, en agosto, mediante un referéndum (con el 55 % de participación según la Comisión Electoral), se sancionara la 20 edición con modificaciones polémicas ligada a instaurar instituciones no democráticas y fortalecer el poder militar en el Senado.

Sonrisas y buenos modales

Los tailandeses (unos 67 millones de habitantes, según el Banco Mundial (BM)) son amigables. La gente saluda juntando las manos y dedos, con una suave inclinación de la cabeza hacia adelante y, siempre, una sonrisa. Alegres y simpáticos, están dispuestos a ayudar y a entender, aunque sean muy pocos los que dominan el inglés. Les sobra voluntad, señas y paciencia. Además, no son nada cargosos. Ni siquiera en los mercados donde es posible regatear.

Esta idiosincrasia probablemente esté ligada al espíritu del budismo, religión que predomina en el país (con un 95 % de fieles) y que, entre otras cosas, entiende que la vida incluye angustias, insatisfacción y descontento y que tener una actitud noble y equilibrada sofocar el sufrimiento.

En todo el territorio se extienden templos de una arquitectura bellísima en la que dominan colores, brillos y ornamentos cargados. De hecho, hay altares por doquier que los miembros de la clase más pudiente erigen en calles y avenidas y en los que los fieles dejan flores amarillas, imágenes de elefantes y otros símbolos clave de esta religión que nació en el siglo VI a.C con Buda, un príncipe de la nobleza que decidió ser un asceta para poder reflexionar y encontrar la sabiduría. También está muy arraigada la idea del karma que implica evaluar los actos de la vida para, en función de cómo hayan sido, definir una nueva existencia. “Haz el bien y recibe bien”, es una de las afirmaciones budistas que están incorporadas en la cultura thai.

Economía y desarrollo

En Bangkok llama la atención la cantidad de pantallas de enormes dimensiones en shoppings, así como la iluminación de templos emblemáticos como el Wat Arun. Por eso, vale la pena saber que “ Tailandia es el líder en el sudeste asiático en energía solar, y muchos países de la región desean copiar su éxito”, según indica Daniel Wiedmer, principal especialista en inversiones del Departamento de Operaciones del Sector Privado del Banco de Desarrollo Asiático (ADB, en sus siglas en inglés), en un informe reciente. Allí se señala, además, que la idea es que el 30 % de la generación de energía del país provenga de fuentes renovables para 2036.

El ADB también indica que el crecimiento del PBI para este año es del 4,5 % mientras que pronostica 1,4 % de inflación para 2019. Su moneda, el Bahts (THB), tiene una paridad con la estadounidense equivalente a 33 THB por dólar. De todos modos, el 8,6 % de la población es pobre. Es que a pesar de que la educación y la salud pública permiten que toda la población pueda acceder, lo cierto es que las familias más adineradas son las que reciben una atención sanitaria de primer nivel y una educación que les posibilita mantener, de generación en generación, su poder económico. Quienes no tienen chances de pagar, asisten a escuelas que todos los días dan clases, pero cuya calidad es dudosa. De hecho, en algunas comunidades, a pesar de que los niños se escolarizan varios años, no saben leer. De esta manera, se supone que se mantiene el statuo quo. Nadie muere de hambre, pero tampoco existe la posibilidad de ascenso social y económico.

Un informe de 2015 del BM destaca que todos los niños en Tailandia reciben 12 años de educación básica gratuita, más tres años de educación preescolar y el 82 % de las niñas están matriculadas en educación secundaria (8% más que los niños); pero también advierte sobre la necesidad de “un mayor énfasis en la calidad de la educación para equipar aún más a los estudiantes con las habilidades y el conocimiento que precisan para obtener buenos empleos. Un tercio de los estudiantes tailandeses de 15 años son analfabetos funcionales o leen tan mal que les cuesta entender”, afirma el estudio. Sin embargo, la economía, con el impulso de la exportación, sigue en crecimiento. En las últimas décadas pasó de basarse en la agricultura para volverse más industrial, diversificada y orientada al exterior.

Capital cosmopolita

En Bangkok conviven multitudes y contrastes. Hay shoppings enormes con las marcas internacionales de lujo y, a pocos metros, mercados callejeros con mercadería ilegal (imitación de ropa deportiva famosa), artesanías y accesorios de tecnología made in china”. También se extienden puestos de comida que atraen por igual a locales y extranjeros, en los que se degustan platos tradicionales tan exquisitos (y en ocasiones ultra picantes) como baratos.

A cada paso se observan imágenes del rey y un omnipresente tránsito indisciplinado repleto de colectivos, taxis coloridos, autos particulares, motos y los pintorescos Tuk-Tuk. Es que el tren y el subte son rapidísimos y limpios pero un tanto caros: la ida y vuelta cuesta alrededor de $ 100. También llama la atención que hoteles de lujo o edificaciones en muy buenas condiciones se ubiquen al lado de construcciones derruidas; o las torres modernas altísimas en cuyas terrazas hay restaurantes y bares que invitan a una cena o a disfrutar de un par de tragos con una vista panorámica para el recuerdo.

Por las noches, el gentío mantiene el ritmo vertiginoso del día por lo que caminar por Bangkok es un paseo seguro y sin excusas. Por la mañana, lo imperdible está a la vera del río Chao Phraya: el Gran Palacio (con un altar imponente) y los templos Wat Po (buda reclinado más grande de Tailandia) y Wat Arun (o Del Amanecer). También valen la pena conocer el bullicioso y desordenado Barrio Chino así como el tranquilo parque Lumpini que, con 58 hectáreas, es considerado el pulmón de la ciudad.

noticias relacionadas