Se avecinan años perros de tensión entre el avance tecnológico y la regulación estatal de sus efectos colaterales.

Claro está que el disfrute, los beneficios y el confort que nos provee la Innovación Tecnológica (IT) no resisten ni el análisis ni los obsoletos obstáculos que pretenden imponerle las estructuras administrativas, demasiado apegadas a formalidades y plazos que nunca han comprendido la necesidad de dividir por 7 sus términos (como la edad de los perros) ni dimensionar el avance exponencial del desarrollo de la producción de la información, su almacenaje y tratamiento como lo señala la Ley de Moore ( según su último ajuste, duplicando cada bienio la capacidad de los transistores y demás componentes del mundo de la computación en los últimos 50 años). Todavía hablamos de "modernas normas administrativas" cuando nos referimos a las emitidas en la segunda parte del siglo pasado.

Todos asumimos que la comodidad, prestación de servicios y conectividad que nos brindan nuestros smartphones no es cuestión negociable. Algunos adelantan teorías en las que el derecho a vivir en la Ciudad, Internet y el smartphone se suman a la lista de derechos humanos tutelados por las convenciones internacionales.

Pero, también está tan claro como eso que no estamos dispuestos a aceptar la desocupación, la pérdida de empleos clásicos -e incluso la desaparición de muchos trabajos que realizan máquinas y robots con Inteligencia Artificial-. En resumen los efectos colaterales disvaliosos de la nueva revolución.

Uber, una aplicación de contacto entre conductores con sus vehículos disponibles y eventuales pasajeros vino a visibilizar muchos de nuestros peores temores.

Los taxis oficiales, pagan a las Ciudades sus licencias de derecho a explotación comercial de un vehículo en el espacio público. Sólo pueden ser conducidos por personal capacitado y habilitado al especial servicio del transporte de personas y deben estar con sus obligaciones tributarias localizadas y sin deudas pendientes. Y asegurados además de los usual, por los terceros transportados.

La aplicación Uber es genial. De no ser que a todos los incumplimientos reglamentarios que le exigimos a los taxistas, se debe agregar un flujo de divisas de inubicable localización geográfica y dudoso respeto impositivo.

Pero, los mismos constructores del fenómeno de la IT están reflexionando sobre la cuestión. En el libro de "Gracias por llegar Tarde" de Thomas Friedman, en una de las entrevistas que realiza el autor es Erick Teller (Encargado de Investigacion y Desarrollo de Google X) quien subraya que "Es casi imposible redactar normas que promuevan avances importantes, al tiempo que nos protegemos de los efectos secundarios negativos "

En eso estamos. No debe asombrar a nadie que cualquier persona (incluidos legisladores y familiares directos de los taxistas) tengan en su celular la app de Uber. Quizás la batalla se concentre en la competencia desleal y especialmente en la cuestión impositiva. En Madrid, por ejemplo, la confrontación está igual o peor que en Buenos Aires. A las exigencias comunes se le agregan las categorizaciones de producción de polución ambiental. Taxis y autos particulares deben regular su andar según el Ayuntamiento autoriza a diario, o prohíbe la circulación de vehículos a diésel nafta o gas y en relación a su antigüedad. Obviamente eléctricos o híbridos deambulan más libremente. La oferta se orienta al mayor avance tecnológico. La IT de las cosas puede derrotar a la IT de las apps, con mínimas regulaciones. A veces no se puede ir contra la marea. Hay que aprender a surfear.