Especial para BAE Negocios

Corría el año 1975, Gerald Ford había tomado las riendas de los Estados Unidos, mientras Leonid Brezhnev manejaba los hilos de la Unión Soviética.

El match por el título mundial de ajedrez era un capítulo más de la prolongada Guerra fría.

La delegación soviética tenía la lección bien aprendida del match de Islandia celebrado tres años antes: no se podía ceder un centímetro en las negociaciones frente a los adversarios norteamericanos.

La práctica asidua del ajedrez obliga a ponerse en el lugar del otro

Era cuestión de estado ver cuál de los dos colosos del Planeta iba a prevalecer en esta justa que excedía las sesenta y cuatro casillas del tablero de ajedrez.

Bobby Fischer había vuelto a hacer de las suyas: iba y venía con sus pedidos de condiciones que eran en muchos casos inaceptables para cualquier contrincante digno. Ya su país dudaba entre apoyarlo o dejarlo librado a su suerte.

El prestigioso y respetado presidente de la Federación Internacional (FIDE), gran maestro y ex campeón mundial Max Euwe, era consciente que su ecuanimidad y reputación como dirigente estaban en la mira del mundo de los trebejos.

El por entonces presidente de la Federación Soviética, Yuri Averbakh había arribado al Congreso extraordinario de la FIDE en Holanda en marzo de 1975 con su discurso inapelable, de tono fuerte, hasta con ciertas dosis de virulencia hacia las máximas autoridades del ajedrez mundial.

Pero del otro lado estaba su viejo compañero, batalladores ambos de grandes partidas que los tuvieron de un lado y del otro del tablero.

¿Cómo enfrentar a un amigo con palabras severas que habían sido redactadas por algún burócrata del régimen comunista?

El gran maestro soviético devenido a presidente de la federación de ajedrez nacional más grande del mundo concertó una reunión ultra secreta a solas con su ocasional antagonista.

Allí, cara a cara, le anticipó a Euwe la dureza de su discurso y le ofreció sus disculpas por anticipado. El caballero Max estrechó la mano de su viejo amigo, guardó silencio y soportó con estoicismo todos los embates que el mensaje soviético tenía hacia él y el organismo que presidía.

Las múltiples peripecias de la federación norteamericana, ni las reuniones efectuadas en forma reservada entre ambos jugadores, alcanzaron para que Fischer no fuera finalmente despojado del título mundial de ajedrez

Un 3 de Abril del mismo año comenzaba el reinado de un joven de 23 años, de contextura delgada, con mirada fría, que por diez años demostraría hasta los más incrédulos su estatura de campeón: Anatoly Karpov.

Además empezaba el mito de un genio que trazó una raya divisoria en las efemérides del ajedrez, del cual se acaban de cumplir diez años de su fallecimiento.

Ironías del destino, a los 32 años Robert James Fischer dejaba de ser campeón mundial y treinta y dos años después a los 64 (número total de las casillas de un tablero de ajedrez) partía a encontrarse con la diosa Caissa.

Dos historias entrelazadas, una pública que terminó trunca, sin entendimiento de las partes; la otra privada (recién conocida en el año 2011 en la autobiografía de Yuri Averbakh titulada Centre-stage and behind the scenes) que tuvo un final armonioso, acorde a las personas que la transitaron.

La práctica asidua del ajedrez vuelve a uno proclive a ponerse en la situación del otro, a pensar por un momento ¿qué sucedería si me tocara estar del otro lado del tablero?

El inicio y el final del juego exigen un apretón de manos entre los contendientes que, aparte de ser una señal de saludo, es una muestra de respeto hacia las ideas ajenas.

En el libro Tablero y estrategia para la toma de decisiones cité a dos expertos en negociación como Fisher (sin c en este caso) y Ertel quienes aconsejan de forma rotunda prepararse para una tratativa, intentando entender al máximo cuáles son los intereses de la contraparte.

Tanto Averbakh como Euwe supieron traslucir la caballerosidad de la cual hacían gala más allá del tablero pero, aparte de su recíproca y loable actitud, tuvieron la inteligencia de situarse del otro lado del tablero para entenderse mutuamente.

Vaya paradoja del destino, quien quizás fuera el mejor ajedrecista de todos los tiempos, no supo o no quiso tener esa empatía con quien era el aspirante al título mundial.

Blancas y negras que el ajedrez nos regala para que reflexionemos.

*Abogado empresarial
Maestro internacional