La imprevisibilidad es la constante más notoria en la historia argentina. Los 35 años de democracia moderna no han podido quebrar, aún, la regla. El gobierno de Cambiemos se aproximaba a completar la primera mitad de mandato en un escenario poco menos que soñado. Pese a la fragilidad de origen propia de cualquier administración no peronista, se las había arreglado para construir mayoría donde no había en ambas cámaras. Las elecciones de medio término parecieron darle la razón a Macri en el camino elegido. Las especulaciones sobre reelección/sucesión brotaron naturalmente la semana siguiente de las elecciones de medio término. En ese cuadro casi idílico para el Ejecutivo, y de un día para otro, el país estuvo a tiro de 2001. No parece posible, pero fue real.

Una muerte en la zona del Congreso hubiera alterado los planes definitivamente. De mínima, el paquete de reformas con el que el Gobierno inaugura "efectivamente" su gestión hubiera naufragado y las desoídas súplicas opositoras para levantar la sesión de Diputados en virtud de la "represión descontrolada en las calles" se hubieran impuesto por propio peso. Más allá del detalle con que haya sido planificada la acción represiva, todavía parece milagroso que los hechos del lunes 18 de diciembre no terminaran sumando nombres (manifestantes o policías) a la histórica lista de víctimas fatales de la violencia política. Todavía resulta increíble repasar las imágenes y no suponer que sus consecuencias resultaran drásticas para el sistema.

El fin al gradualismo se basó en una ley injusta a la hora de decidir cómo generar recursos

Se podrá alegar, desde el Gobierno, que los desmanes estuvieron incluso más planificados que la acción policial. Que los diputados opositores llamaban a la muerte en cada intervención al anunciar/promover las puebladas que se acercaban a los alrededores del Parlamento. Que resulta obvio que, de lograr ingresar al edificio, la sesión se habría abortado de la forma más incivilizada de la historia. Poco hubiera importado desnudar un plan una vez consumado el éxito del mismo. Al fin y al cabo, nadie duda del enorme juego de planificación y complicidades que rodeó los acontecimientos de 2001. La propia Cristina Fernández se lo recordó a los "compañeros" cuando sintió, siendo Presidenta, que había elucubraciones para armar saqueos (vale recordar que durante su gestión también los hubo, que el camino de la anarquía siempre está rondando en el país).

El fin al gradualismo se basó en una ley injusta a la hora de decidir cómo generar recursos

Tan importante como los deseos destituyentes de muchos, desde el Gobierno hubo una decisión claramente reconocible de copiar la estrategia de la división que tanto le achacó al kirchnerismo como mecanismo de construcción política. La decisión se tomó exactamente un año atrás, cuando el segundo semestre se demoraba en llegar y las encuestas marcaban un prematuro desgaste de cara a las legislativas. A la espera de la reactivación (que, tibiamente, terminó por aparecer) la apuesta fue a la división, calcada a la de su "enemigo" tras la derrota por la 125. Dividir para reafirmar lo propio ante el cuco construido enfrente fue la conclusión en la Casa Rosada.

Unos y otros jugaron con esas reglas una semana atrás. Duele analizar los procesos históricos con esta variable, pero a la jornada sólo le faltó un muerto. Es cierto, también, que los hechos no transcurrieron en paralelo a una situación social terminal. La pueblada declamada en el recinto no se terminó por verificar en las calles. En cambio, se reinventaron los "burgueses" cacerolazos. Un avance, después de una jornada que bien pudo terminar con un fin tan trágico como conocido por todos.

El paquete de reformas puso fin al gradualismo y se basó en una ley injusta a la hora de decidir cómo generar recursos. Tanto, que el Gobierno eligió esconderla hasta que le explotó en las manos. Ahora depende de un crecimiento de la economía que todavía luce incierto.

Pobreza cero, combatir el narcotráfico y unir a los argentinos. De los tres objetivos de gestión planteados por el Presidente, aunque suene raro, por el que menos empeño puso es por el tercero.