Conocí a Chicha en el año 1978 cuando desaparecen a mi hija y su familia, y comienzo con la búsqueda. Habrá sido en agosto de ese año que intentando dar con mi nieta Paula, llegué a un juzgado de menores de La Plata y ahí me encontré con ella y con otras cuatro señoras que tenían una audiencia. Chicha se acercó y me preguntó que me pasaba; yo era la imagen viva de la desolación, le relaté lo que me había sucedido y me respondió: "Nosotros ahora tenemos audiencia, pero a vos te harán venir en otro momento, por lo que si te querés unir a nosotras, mejor". Acepté y a partir de ese momento no me separé nunca más de ella.

Terminamos siendo hermanas por adopción, con todas las cosas que tienen los hermanos, aun discutiendo en lo que no estábamos de acuerdo. Yo era rezongona y ella te podía llegar a decir mucho más con toda suavidad y elegancia.

Ella era una artista al igual que su marido, violinista y director de orquesta. Eran gente especial, personas exquisitas a las que admiré. Dos almas en una, tenían un engarce tan perfecto que maravillaban.

Se fue sin tener una idea clara de los cambios que surgieron a partir de la desaparición de nuestros nietos, porque se empezó a hablar de identidad desde el momento en que se creó Abuelas, entonces salió a buscar la forma de identificar a esos niños sin la presencia de sus padres. La semilla la había puesta ella y nosotras nos fuimos sumando a su tarea.

Tras su muerte, intentaremos seguir adelante en la búsqueda de su nieta, con su recuerdo siempre presente, y con todo lo que nos enseñó.

​Chicha era una romántica en el sentido naif, una persona absolutamente inocente a la que le gustaba ir al campo a tomar el té con una canastita. En algunas cosas era de otra época. Fue una persona que trascendió al mundo, era argentina pero fue universal. Si digo que era profesora sería poco, debería inventar una palabra como "enseñadora", pero además, se convirtió en una guía que nos mostró el camino.

Presidenta de la Asociación Anahí