La difícil coyuntura económica nacional ha impulsado una notable ola de explicaciones por parte de nuestros economistas serios y analistas ídem. Entre tanta pirotecnia verbal, se destacan dos teorías en un punto complementarias. Al parecer, permitirían explicar el fracaso de la actual administración medido según sus propios parámetros; es decir, tomando como base la promesa de lograr el crecimiento a partir del freno a la inflación y el impulso a la tan inminente como esquiva lluvia de inversiones. En efecto, estos fueron los pilares del “relato” de Cambiemos, para retomar un término muy usado desde hace unos años. La confianza que la nueva gestión iba a generar en el mundo, luego de años de mentiras kirchneristas, iba a ser el motor de ese cambio.

Dichas teorías son, por un lado, la de la pesada herencia recibida que justificaría en gran parte las dificultades que padece Cambiemos para llevar adelante sus promesas de campaña y, por el otro, el famoso viento de cola kirchnerista, ventaja climática que habría favorecido al gobierno anterior al punto de compensar su manifiesta impericia en el manejo de las variables económicas y permitir índices de crecimiento, aumento del poder adquisitivo y empleo que hoy parecen utópicos. Según esa extraña teoría, cualquier gobernante que hubiera gozado de las condiciones externas de la era kirchnerista- es decir, el aumento de los precios de los commodities que exporta el país- hubiera logrado mucho más que los magros avances conseguidos entonces.

Para quienes se aferran a la idea del “viento de frente” que significó la pesada herencia, el presidente Mauricio Macri habría cometido un grave error al no haber evidenciado aún más ante la ciudadanía esas ruinas heredadas cuya amplitud habría superado con creces las peores pesadillas del mejor equipo de los últimos 50 años. Es una explicación asombrosa, aún para los estándares generosos a los que nos tienen acostumbrados nuestros economistas serios, ya que ese país, supuestamente quebrado, recibió de parte de los mercados externos un monto inaudito de recursos a través de la colocación local de deuda que creció en 86.329 millones de dólares, entre diciembre de 2015 y marzo de 2018, según el INDEC.

Fue el mayor endeudamiento externo de nuestro país a lo largo de su historia, considerando lo rápido que escaló y su magnitud en relación al tamaño de la economía nacional. Es más, esos mercados que, según nuestros economistas serios, son los más efi caces evaluadores de la realidad económica de cada país y por eso delegar en ellos la distribución de los recursos es siempre aconsejable, no sólo le prestaron a un Estado insolvente que carecía de capacidad de repago, como la Argentina en 2015, sino que dejaron de hacerlo ahora repentinamente, tras dos años y medio de una gestión abocada a generarles confianza. Los valorados mercados padecen un comportamiento pendular, algo no se hizo bien o “pasaron cosas” que increíblemente impactaron de una forma particularmente nociva contra nuestro país.

Caputo, como ministro de Finanzas, marcó el alza del endeudamiento del país. Monzó debe salvar los acuerdos políticos
Caputo, como ministro de Finanzas, marcó el alza del endeudamiento del país. Monzó debe salvar los acuerdos políticos.

¿No la vieron?

Pero no fueron sólo los mercados que no vieron la catástrofe señalada por la teoría de la pesada herencia: tampoco la vio el equipo económico, que describió un país completamente distinto cada vez que buscó colocar deuda, como por ejemplo en el prospecto que acompañó al famoso bono Highlander a 100 años, emitido en junio de 2017. Allí se informaba que el déficit fiscal primario (es el que siempre exhibe el actual gobierno) había sido equivalente al 0,2% del PBI en 2012, al 0,7% (2013), 0,8% (2014) y 1,8% (2015). Y hoy, después de que el gobierno decidiera hacer, en dos oportunidades, modificaciones metodológicas del cálculo del déficit y de haber eliminado y reducido impuestos y subsidios, se comprometió con el FMI, para poder tomar más deuda, a alcanzar déficits equivalentes al 2,7% del PBI en 2018 y al 1,3% del PBI en 2019

A pesar del fervor oficial y de los economistas serios por destacar, igual que en los años noventa, al déficit fiscal como el origen de todos los males de la economía nacional, la mayor limitación para crecer es el desequilibrio externo. A diferencia del fiscal, su financiamiento ineludiblemente requiere dólares. Este gobierno había soñado con la lluvia de inversiones para financiarlo, pero no la consiguió y optó por avanzar con el descontrolado esquema de endeudamiento.

Déficit, mentiras y excusas

En las cuentas externas, dado que necesariamente debe haber compatibilidad entre las nacionales y las del resto del mundo, el gobierno no pudo aplicar cambios metodológicos como con la medición del déficit fiscal. Según el referido prospecto de deuda, Argentina, en los dos últimos años del gobierno anterior, había acumulado un déficit de cuenta corriente de 24.800 millones de dólares (en el último informe de Balance de Pagos del INDEC, se publica una cifra un poco superior: 26.800 millones de dólares). Un nivel bastante menos complicado de administrar que los 55.600 millones acumulados en los primeros dos años y tres meses de gestión de Cambiemos.

O bien el Presidente le miente a sus administrados al señalar que recibió un país quebrado, o su equipo económico le miente a los bonistas al presentarles datos que contradicen ese diagnóstico. Nos cuesta creer que un gobierno tan amistoso hacia los inversores financieros, cuyo primer gesto fue pagarles al contado a los buitres, pudiera atreverse a engañarlos.

El corolario de la teoría de la pesada herencia es el del viento de cola, una especie de generoso maná que habría caído del cielo a partir del 25 de mayo del 2003, día de la asunción de Néstor Kirchner, y se habría terminado abruptamente el 10 de diciembre del 2015, al tomar la presidencia Macri. De ese modo, así como el kirchnerismo gozó de condiciones externas muy favorables, el macrismo debe padecer ese doble “viento de frente”: la pesada herencia y las “turbulencias”, un fenómeno climático que suelen padecer los gobiernos conservadores y que explicaría sus magros resultados.

La entrada extraordinaria de divisas al país durante el kirchnerismo, como resultado en buena medida del incremento de los precios internacionales de los productos primarios de exportación (cereales y oleaginosas), contribuyó a transitar un proceso de recuperación, crecimiento e inclusión social inédito.

Pero el impacto de los distintos modelos se debe mensurar con datos. Las cifras de generación de empleos asalariados privados en las últimas décadas nos permite formarnos una idea, en especial porque uno de los objetivos principales de Cambiemos era generar “empleo de calidad”. Según los registros de la AFIP (la serie se inicia en 1996), un primer pico histórico, en miles de empleos asalariados privados, fue en 1998 con 4.083. En 2002, se cayó a un mínimo de 3.523. Y, en el modelo K, la creación fue continua (excepto en 2009) y el máximo fue en 2015 con 6.569, lo cual implicó una generación de 234.000 empleos anuales. En el modelo M, la creación se estancó y, en 2017, se registraron 6.578 miles. Así, en eso dos años, en promedio, se crearon apenas 4,5 miles de empleos. Atribuirle está pésima performance a una “tormenta” no parece serio.

¿Lo más significativo del modelo K fue ese maná del cielo o lo fueron las políticas económicas aplicadas a partir de esa coyuntura?. ¿El período kirchnerista fue el único que benefició de ese maná del cielo?. Y ¿la última dictadura, los años de la Convertibilidad o el macrismo no contaron también con sus propios ingresos extraordinarios?

Con el objetivo de permitir una comparación objetiva, alejada lo más posible de letanías imaginarias transformadas en certezas a fuerza de ser repetidas, buscamos calcular las intensidades de los “vientos de cola” que tuvieron los gobiernos nacionales en las últimas cuatro décadas, considerando como fuente el ingreso de capitales vía deuda externa, privatizaciones y la suba de los precios de exportación de productos agrícolas (medido como la diferencia entre el ingreso promedio anual de dólares de los complejos cerealeros y oleaginosos de los períodos 2003-2015 y 2016-2017 respecto al promedio anual del período inmediatamente anterior con información disponible (1996-2002)).

En la tabla pueden observarse los resultados de las intensidades de vientos de cola de los gobiernos que contaron con este recurso para aplicar sus políticas. Las administraciones kirchneristas, a pesar de que muchos lo observaron como el factor central para explicar el crecimiento, tuvo el menor viento de cola. Agrupamos a los gobiernos de Ménem y de De la Rúa dado que ambos aplicaron el mismo modelo económico (Convertibilidad).

Sin considerar el desendeudamiento vigente durante el kirchnerismo y ajustando la por inflación de Estados Unidos, la comparación nos permite observar, por caso, que la fuerza del viento de cola durante el kirchnerismo fue un tercio respecto al viento de cola de los primeros dos años y tres meses del macrismo. Pero no sólo eso, el famoso viento de cola K fue el más suave de los últimos ciclos de gobierno, aunque todos fueron menos potentes que el viento de cola del último gobierno. De hecho, las políticas de la dictadura, a fuerza de endeudamiento externo (36.800 millones de dólares en ocho años en el poder), gozaron de un viento de cola que fue equivalente a poco menos de la mitad del viento de cola del macrismo. En tanto, si bien las privatizaciones y los créditos del exterior implicaron un muy importante ingreso de divisas en la Convertibilidad, tuvieron un efecto reducido en comparación con el viento de cola reciente y también menor en relación al de la última dictadura, aunque fue más potente que el ingreso extraordinario de divisas por las mayores exportaciones agrícolas de la era K.

Comparar los ingresos extraordinarios de divisas de los gobiernos de los últimos 40 años nos permite comprender hasta que punto el argumento del viento de cola kirchnerista es una “idea zombie”, para retomar un gran concepto de Paul Krugman referido a las ideas que aún muertas siguen caminando. En efecto, no sólo los gobiernos kirchneristas gozaron de un viento de cola menor al de la Convertibilidad y al del gobierno de Cambiemos sino que los avances que lograron en materia de crecimiento, poder adquisitivo e inclusión social fueron incomparables.

Quién sabe, tal vez el éxito de un gobierno radique menos en las buenas condiciones externas que en una política económica acertada.

*Economistas