Vivir sin alegría es como existir sin sentir el latido del propio corazón, el impulso de la ilusión, el resorte de la esperanza cotidiana. Muchas personas normalizan esta carencia. Saben que les falta algo; pero al final, se acostumbran a ese vacío.

La verdadera alegría nunca es maquillaje, surge desde lo más profundo de nuestro corazón. Nos aporta tranquilidad, bienestar y amor. La alegría es sinónimo de bienestar psicológico cotidiano. Basta solo con disfrutar de aquello que hacemos, de aquello que somos y tenemos. Allí se afianza la autoestima y nuestra identidad.

Vivir tristemente no es un buen panorama para el bienestar humano; responde, en gran parte, a perder el impulso de la ilusión y la efusividad por la vida misma. Cuando faltan herramientas para gestionar el desánimo, permitimos que el estrés tome el control. Es la experiencia de personas que eligen posicionarse en el inmovilismo; se limitan a sobrevivir a duras penas, faltos de entusiasmo, de motivación, de energía.

Detrás del desánimo suelen existir realidades descuidadas, emociones adversas y problemas subyacentes que son necesarios detectar. El desánimo es solo una máscara que esconde algo, una actitud evasiva ante el mundo. Porque no hay nada más peligroso y desolador que el desaliento, esa falta de motivación capaz de relegarnos al rincón del desinterés y del enfado constante. Aunque haya días grises en nuestro calendario, es obligatorio volar de nuevo. No es fácil. Pero es bueno recordar que "cada uno es su propio jefe, cada uno tiene el mando y el control, nadie puede quitarnos ese poder".

Sentir dolor en la vida es normal. Transformar nuestra vida en sufrimiento, no. Lamentablemente, somos una sociedad donde el sufrimiento sigue siendo un callado estigma. Tomamos pastillas como si el desánimo o la depresión fueran un simple resfriado o una infección que curar con antibióticos. Dicen los profesionales de atención primaria que no dan abasto para atender a decenas de personas con claros indicadores de algún trastorno ansioso-depresivo. Pero aunque las pastillas para el dolor de la vida ayuden, no alcanzan.

Decía Dostoievski: «El hombre tiene una ciega obsesión a la hora contar sus problemas, pero pocas veces cuenta sus alegrías. Si los contara como debiera, nos proveeríamos de felicidad los unos a los otros". No podemos negar que las personas somos muy aficionadas a hablar de lo negativo, de lo que está mal. De hecho, rara vez pasa un día sin que escuchemos críticas, quejas o broncas.

Sin embargo, la alegría puede recuperarse. El ser humano puede reiniciarse tantas veces como crea necesario y, en cada cambio, podrá acercarse a su mejor versión, a sintonizar con sus auténticas necesidades y metas vitales. El optimismo inunda, de paz y de belleza serena, el cuerpo y el espíritu. Produce personas agradables y amenas; personas que caen bien. No quiere decir que sean ingenuos o inocentes; ven las cosas con otro cristal. Saben esperar, piensan, desean y actúan en consecuencia para que todo pueda cumplirse. La alegría no es decir que todo está bien. Pero sí ver el lado positivo donde los demás sólo observan desolación, miedo, tristeza. No es estética, sino actitud. La alegría y la positividad son contagiosas. La actitud de eterno mártir no beneficia a nadie. Es nuestra responsabilidad salir de esa dinámica de malestar.

Stephen Hawking, en una conferencia de 2016 se dirigió particularmente a las personas que se encuentran deprimidas. Haciendo un símil con la física, este científico dijo: "El mensaje de esta charla es que los agujeros negros no son tan negros como los pintan. No son prisiones eternas como alguna vez se pensó. Las cosas pueden salirse de un agujero negro desde ambos lados y posiblemente hacia otro universo. Entonces si te sientes en un agujero negro, no te rindas: hay una salida". Indudablemente estaba haciendo un llamado a la esperanza. Sus palabras invitan a no rendirse porque siempre hay una salida. Para fortalecerse San Francisco de Asís aconsejaba: "Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible".

"Cuenta la historia que un día, el diablo decidió retirarse de su actividad y vender sus herramientas al mejor postor. Era un lote siniestro: ODIO, CELOS, ENVIDIA, MALICIA, ENGAÑO... y todo lo malo que se pueda imaginar. Entre todas las herramientas había una muy gastada, muy usada. Sin embargo, era más cara que el resto: era el DESALIENTO. -¿Por qué su precio es tan alto?, preguntó alguien. -Porque esa herramienta, respondió el diablo, es la más útil de todas, con ella puedo entrar en la conciencia de las personas y hacer de ella lo que se me antoje. Está muy gastada, porque la uso con casi todos los seres de este mundo. A pesar de la explicación y de ver la gran utilidad de esa herramienta, nadie la pudo comprar, porque el precio del desaliento era muy alto. Aún sigue siendo propiedad del diablo".