Palabras, palabras, tan solo palabras… reprochaba una conocida canción de la dé- cada del ´70.

Como cada principio de año, volvieron a aparecer con ímpetu en los diferentes medios de comunicación, los pronósticos y las explicaciones de los supuestos gurúes de la economía.

Cual si no existiera una complejísima y frágil coyuntura económica (descripta detalladamente en artículos anteriores), que impide efectuar una correcta prognosis, los “expertos analistas” afirman con enfática certeza lo que ocurrirá en el 2018 que, en líneas generales, coincide “casualmente” con las expectativas oficiales. Así como no se cumplieron sus previsiones para 2016/17, por partir de un desacertado aná- lisis sistémico del funcionamiento macroeconómico, tampoco se cumplirán las correspondientes al corriente año.

No cabe duda de que los “esperanzadores” análisis que los consultores regalan al gran pú- blico, son bien distintos a los que venden en privado. Obviamente, los primeros llevan la intención de congraciarse con el gobierno.

Para muestra basta un botón

Un ex funcionario del fallido gobierno de la anterior Alianza, devenido en uno de los consultores más renombrados, sostenía que en el año 2017 la economía crecería 5%, que la inflación sería del 21%, y que el saldo de la balanza comercial alcanzaría un déficit cercano a u$s1.000 millones. Por supuesto, todos esos pronósticos fueron errados de principio a fin. Basta mencionar que el saldo de esa balanza se habría acercado a un rojo de u$s 9.000 millones.

Sorpresivamente, acaba de declarar: “Se puede producir para el mercado interno. (…) con el tipo de cambio atrasado (…) uno es poco competitivo para salir a exportar, pero no deja de ser rentable producir para el mercado interno (...) Para todas las industrias con protección (…) esta tasa de interés es generadora de dólar barato, no frena el consumo y la producción (…) crecieron las ventas de autos, motos y electrodomésticos que son en su mayoría importados y esto es lo que se está tratando de cambiar (…) con tipo de cambio más alto y tasa más baja. Hoy el tipo de cambio es 30% más alto que el de la convertibilidad”.

Es difícil encontrar más contradicciones en una sola respuesta. Es una forma curiosa de razonamiento, donde a la premisa “está todo bien”, le sigue otra “sin embargo, se aplican polí- ticas que cambien la situación, para que esté todo bien”.

Las afirmaciones sobre el comportamiento de la producción y el consumo, con dólar retrasado, podrían eventualmente ser ciertas sólo si la producción local estuviera protegida, cosa que de ninguna manera ocurre con el actual gobierno que, por el contrario, sostiene que desea abrazar la globalización, es decir abrir cada vez más la economía. Prueba de ello es el decreto recientemente publicado, que quita del régimen de licencias no automáticas de importación 314 posiciones arancelarias, lo cual repercutirá negativamente en la industria nacional.

Precisemos los conceptos: la oferta global de bienes y servicios está compuesta por el PIB más las importaciones. Puede acontecer que crezca esa oferta, pero que caiga el producto doméstico. Esto es lo que ocurrió efectivamente en los sectores mencionados. En el automotriz, por ejemplo, se incrementaron las ventas, pero con una participación de los vehículos importados que pasó del 50% al 71%, entre principios de 2016 y finales de 2017.

En cuanto a la competitividad cambiaria, al margen de los índices de actualización que se apliquen sobre los diversos tipos de cambio utilizados, la referencia también es incorrecta, ya que soslaya la ganancia de productividad que se generó en la industria norteamericana a partir de la revolución energética del shale gas y shale oil, la cual se expresa en una baja sustancial de sus costos primos.

La opinión de la mayoría de los empresarios locales es que hoy estaríamos en un nivel muy similar al de la convertibilidad.

La única verdad… volvieron los plazos fijos a 7 días

Desde hace casi dos años venimos advirtiendo sobre las inconsistencias crecientes del actual esquema económico. Su agudización es manifiesta, a tal punto que el sistema financiero tuvo que reciclar una vieja herramienta, acorde con la volatilidad actual de los mercados.

Así, el BCRA comenzó a colocar letras a 7 días de plazo, denominadas “Leliq”. El nuevo instrumento, exclusivo para los bancos, fue ofrecido inicialmente a una tasa anual del 27,25%.

Traducido al idioma criollo, el BCRA le dijo a los bancos “muchachos, por favor renueven las Lebac a 30 días” y éstos le respondieron “No es posible, no sabemos qué va a pasar en un mes, necesitamos acortar los plazos, no podemos prever que van a hacer nuestros clientes”. Así comienzan a visualizarse los inconvenientes que, oportunamente hemos advertido, respecto de los riesgos de la política de intentar incidir sobre la demanda interna mediante créditos hipotecarios, prendarios y personales, sin tener los adecuados depósitos del público para ello.

La historia de ir acortando los plazos, por la imposibilidad de prever las situaciones, ya la conocemos los argentinos, y habla a las claras de la fragilidad de la actual coyuntura.

Recuperar los valores de la disciplina

La palabra de los “expertos” ejerce un efecto sobre la actividad económica en la medida que afecta las decisiones de sus agentes;

de modo directo en las asesorías particulares, o indirecto en el plano de la intervención pública. Decíamos en noviembre: “en las diagnosis y proyecciones económicas lo que se pone en juego es la comprensión de la realidad”, refiriéndonos al ideal del ejercicio profesional.

Hace tiempo que, en nuestra Patria, ha sonado la hora para que la economía, como profesión, comience a saldar una cuenta pendiente con sus clientes y destinatarios (inclusive con sus propios integrantes), respetando inviolables parámetros de ética profesional.

Resulta ineludible elevar sus estándares de calidad y cercenar los márgenes de las malas prácticas. En varios países, entre ellos EE.UU., este debate está presente y se desarrolla con todo vigor.

La necesidad de los agentes económicos de contar con análisis precisos y fidedignos para la adecuada toma de decisiones es impostergable.

Es tiempo de que cesen las proyecciones “a medida”, en especial las que se ajustan a las necesidades del Gobierno, y de que se asuma la pertinente responsabilidad profesional.

Las costas de las decisiones económicas erróneas siempre las pagan los mismos: los empresarios, sus trabajadores y las familias que los contienen.

*MM y Asociados

Especial para BAE Negocios