Bienestar y salud con enfoques renovados

Las constelaciones familiares y la bioexistencia consciente son terapias que comulgan con la idea de que las enfermedades y el malestar físico o emocional están ligados a malos hábitos y sentimientos y experiencias negativas

El bienestar y la salud van de la mano. Las emociones y el pensamiento, a su vez, forman parte de un mismo camino; y enfermedades, como la depresión, castigan cada vez a más personas. Tanto que, según la Organización Mundial de la Salud, para el año 2030, aquella será la principal causa de discapacidad.

Toda esta situación, probablemente, provocó el auge de diversas disciplinas y enfoques que pretenden abordar el malestar psicofísico de la actualidad. Desde miradas ligadas al pensamiento científico y la evidencia, hasta otras que privilegian las experiencias no necesariamente medibles, encaran la búsqueda y el encuentro de la armonía individual y social. Así, existen terapias basadas en la medicina, la psicología, el arte y la filosofía oriental (yoga, reiki), entre las cuales se pueden mencionar la gastropsiquiatría y la musicoterapia, la atención plena (conocida como mindfulness) que, simplificándola, podría decirse que combina relajación y neurociencias.

Pero, también hay otras opciones a como la biodanza, que busca el autoconocimiento a través de la expresión de los sentimientos que estimula la música; y el tamalpa, un método que vincula al cuerpo con la imaginación, las experiencias de vida y la improvisación a partir de la producción de dibujos, poesía e improvisación; así como enfoques con orientación chamánica y otras ligadas a la astrología. Es amplio el abanico de terapias alternativas, o como muchos prefieren decir, complementarias, para abordar, de un modo integral, las problemáticas existenciales.

Conceptos revolucionarios

“No es la enfermedad el problema sino el hombre que está enfermo”, afirma Pablo Almazán, el titular de Humano Puente, la organización argentina que lleva adelante lo que denomina decodificación bioemocional, uno de los enfoques que busca encontrar la sanación y que, últimamente, ha adquirido fama.

Almazán hace un poco de historia cuando explica a BAE Negocios que hace unos 35 años, el cuestionado doctor alemán Hammer, planteaba que el hombre tiene el mandato, a nivel biológico, de reproducirse; y, al mismo tiempo, que toda enfermedad nace de emociones negativas reprimidas. Luego, la escuela belga habría comenzado a hablar de decodificación de síntomas, a partir de lo cual se sumaron más voces que defendían ese enfoque biológico hasta que, de la mano de los psicoanalistas Nicolás Abraham y María Torok, se plantea que los síntomas podrían estar relacionados con historias anteriores al nacimiento. Entonces, surge el concepto de transgeneracional y, con Christian Flech, el nombre biodecodificación cuya premisa es que, cada parte del cuerpo tiene un código ligado a la historia personal -que incluye a los traumas, frustraciones y miedo de generaciones familiares anteriores- “que hay que buscar para liberar las emociones que quedaron atrapadas y que afectan el presente”. Para entenderlo mejor, Almazán, da un ejemplo: “si uno tiene miedo a las alturas, a asomarse a un balcón, e investiga en su clan, seguramente va a encontrar que hubo alguien que se cayó o que vio a algún ser querido caerse de una gran altura”. Al lograr “destapar esa realidad, la dificultad desaparece”.

Bioexistencia consciente

Desde Humano Puente, proponen el método de la bioexistencia consciente que plantea que en la vida personal impactan las memorias ancestrales (energías y recuerdos anteriores a la propia existencia), que para alcanzar el bienestar es preciso entender cuáles son las emociones detrás de los síntomas y comprender si su origen están en las iras y las injusticias que vivieron miembros de su clan pero, finalmente (y en eso reside el principal aporte de esta terapia en comparación con la biodecodificación) asimilar que uno debe y puede trascender esas historias ancestrales para crear la propia.

Almazán explica que un síntoma puede ser un dolor físico, una sensación desagradable incesante, angustia o faltas (de pareja, casa, vocación, entre otras) y que cualquiera de ellos podría ser tratado con la bioexistencia consciente para sanar lo que provocan: casos de celiaquía, infertilidad, trombofilia, fobias, alergias, adicciones, miomas, sobrepeso y hernias, por mencionar solo algunas problemáticas.

Las consultas de quienes buscan ayuda en este enfoque se realizan en dos o tres encuentros (o en 10, en casos de obesidad, por ejemplo) que pueden durar entre 90 y 120 minutos cada uno. Aparte, está la terapia de renacimiento o de decodificación de elementos celulares que se realiza a partir del escaneo de los minerales y metales pesados que contienen las células de la persona que acude a ella. Es una terapia larga porque trata las primeras memorias.

Constelaciones familiares

Otro modelo terapéutico que cosecha adeptos es el de las Constelaciones Familiares que el psicólogo y fundador y director del Centro Cambio Energético, Marcelo Ducruet, lleva adelante desde hace 12 años. Él revela que fue Bert Hellinger Berglinger quien cocreó el método, alrededor de los años ‘80, y que se realiza en pequeños grupos en donde el respeto, la confianza y la privacidad son condición. Ducruet recomienda esta terapia para aquellos que “quieren salir de un pensamiento lineal de causa-efecto; para quienes tienen la inquietud interna de mirar más allá de la razón”. Y aclara que no es apto para cualquier persona.

Lo cierto es que la constelación familiar “es una herramienta sistémica, transgenealógica. Porque, así como hay un ADN biológico, también está el álmico: gustos e intereses que tenemos producto de nuestra ascendencia”, explica Ducruet.

También indica que todos los miembros de un clan responden a lo que se podría señalar como órdenes del amor y que se traduce en que todos construyen la realidad que un miembro vive. “Muchas veces existen circunstancias por las cuales alguien de la familia fue olvidado o excluido. Entonces, sucede que algún otro miembro de la actualidad se identifica con aquel”, indica.

Para entenderlo en la práctica, constelar significa “configurar espacialmente una situación. Es decir, las personas que concurren a un taller de constelación llegan con la inquietud respecto a un tema que necesitan sanar y que genera un despertador en la conciencia”, define Ducruet. Así, acuden a esta terapia quienes desean descubrir qué hay detrás del malestar físico o de la enfermedad que padecen; entender por qué no pueden resolver un duelo de larga data o qué provoca su imposibilidad de concebir. También hay quienes constelan por sufrir apneas durante el sueño; sentir angustia sin sentido aparente; tener pánico o fobias, entre otras múltiples situaciones.

En una constelación familiar se trabaja con hechos. Los participantes forman un círculo en el que cada miembro plantea su problema con una sola frase.

Luego, se reinicia la rueda y cada miembro debe elegir a dos personas para que representen a él y a su tema. Puede indicarles donde ubicarse o simplemente dejar que ellos lo hagan según lo sientan. “Los representantes (no confundir representar con actuar) comienzan a trasmitir lo que sienten través de su lenguaje corporal y con alguna palabra; y lo interesante que sucede, es que se da un correlato perfecto de lo que le ocurre a la persona que trajo el tema. Pero también afecta a los demás. Porque la conducta es circular desde el punto de vista sistémico. Se produce un desdoblamiento terapéutico y todo el mundo se transforma”, describe Ducruet. Esa situación se da porque se forma un campo energético que favorece que la información se trasmita.

Esta nota habla de: