Reproches y mezquindades de un desbande generalizado
La ensalada de mariscos de ‘Marcelo’, en Puerto Madero, ya estaba servida. Alrededor de aquella mesa ecléctica se habían sentado el zar aeroportuario Eduardo Eurnekian, el lobista todoterreno Gustavo Cinosi, el escritor Jorge Asís y el entonces recién designado secretario de Industria, José de Mendiguren. Faltaba poco para el Mundial. Mientras regaba su plato con aceite de oliva, Carlos Melconian se sinceró:
—Yo no lo digo en público pero esto tiene que explotar. A esta altura ya no hay otra. Después acomodamos, pero acá con gradualismo esta inflación no baja. —¿Pero cómo vas a decir eso? ¿Qué es lo que tiene que explotar? ¿Cómo me garantizás que después acomodamos? -interrumpió De Mendiguren.
El exjefe del Banco Nación en tiempos de Mauricio Macri empezó a responderle pero el autor de “Flores robadas en los jardines de Quilmes” terció jocoso.
—Carlos, vos estás más para presidente que para ministro de Economía. Tenés que hacer como Fernando Henrique (Cardoso), ir por el premio mayor.
Melconian no advirtió la ironía -o decidió ignorarla- y respondió seriamente que lo había pensado pero que no es fácil emprender una campaña presidencial desde una fundación como la Mediterránea. Que su rol es técnico, que está por encima de los partidos, que hay estatutos de por medio y que por eso se había empeñado en reunirse tanto con Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta como con la mismísima Cristina Kirchner, que lo recibió en secreto en junio, en medio del tembladeral previo a la eyección de Martín Guzmán.
Al margen de las fantasías que tenga sobre su propio futuro, si hay algo que une a los economistas de Juntos por el Cambio es la desconfianza hacia el racinguista. “Claro que quiere que explote y que quiere ser Presidente. O superministro, que da igual. Tiene en la cabeza el modelo de (Domingo) Cavallo y de (Roberto) Lavagna”, dijo a BAE Negocios uno de ellos.
Es apenas un espadeo de visires al lado de la disputa más estructural que asomó otra vez en la coalición opositora a raíz del lanzamiento formal de Larreta. No solo por el bullying que le hizo Macri al acompañar a María Eugenia Vidal en la inauguración de su propio comando de campaña presidencial justo mientras Horacio proclamaba en redes sociales que era su “hora” (sic). También por la inmediata filtración de una nueva serie de chats que compromete a su ministro de Seguridad en uso de licencia y ahijado político Marcelo D’Alessandro. Un timing que reavivó las sospechas de que el espionaje sobre el celular del ‘Tano’ es otra ráfaga de fuego amigo.
De Cumelén a la TorreAtrás quedaron esos días entre las Fiestas en los que Macri y su exjefe de Gabinete durmieron a apenas un par de cuadras de distancia en sendas mansiones del country Cumelén. Larreta todavía no había recibido las encuestas de enero y febrero que lo ubican debajo de Patricia Bullrich en las preferencias de los votantes de su espacio. Economistas y empresarios que los visitaron en la intimidad de ese paraíso patagónico aseguran que la hostilidad entre ambos parecía haber cedido.
Ahora, casi en un juego de espejos con Cristina, Macri volvió a fogonear la expectativa en torno a su figura. La propia Vidal, que cruzó una vez más la General Paz para “larretizarse” en las elecciones de 2021, dijo que solo retiraría su precandidatura si se lo pide el exmandatario. Para enervar aún más a quien aspira a heredarlo en vida, el fundador del PRO incluso echó a correr entre empresarios el rumor de que Martín Lousteau podría acompañarlo como candidato a vicepresidente.
El padre de la resolución 125 y su estratega político, Emiliano Yacobitti, sienten que Larreta los traicionó al ceder a las presiones del propio Macri para que no fuera un radical quien lo sucediera en la Ciudad, donde el peronismo ya parece haberse habituado a su rol de ‘sparring’ electoral y socio minoritario en la gestión. Las vueltas de la vida, curiosamente, podrían llevarlo otra vez a los brazos de quien lo designó otrora su embajador en Washington.
Quienes todavía orbitan en torno a Macri y también en torno a Larreta -como Mario Quintana y Luis “Toto” Caputo, tal como se reveló en esta columna el viernes pasado- aseguran que toda la coalición se va a alinear en cuestión de minutos con el que emerja ganador. Algunos les creen. Los que ya ni siquiera se esfuerzan por convencer a nadie de lo mismo son los referentes del oficialismo, donde el desbande catalizó millonarios y añejos pases de factura.
Más que la ruptura del bloque del Frente de Todos en el Senado, que Cristina procuró endosarle a la pobre gestión de Fernández mientras el mandatario citaba a Benedetti desde la Base Marambio, lo que siguió atento el mundo de los negocios fue el airado reproche que lanzó Cristóbal López contra el presidente de YPF, Pablo González, y el vicepresidente de Asuntos Corporativos, Santiago “Patucho” Álvarez. El dueño del grupo Indalo les recriminó su pasividad ante el despojo que denuncia que llevó adelante la gestión macrista desde la Torre de YPF, a pocas cuadras de donde ‘Marcelo’ sirve sus mariscos. Ni más ni menos que un complot estatal-judicial y corporativo para forzarlo a vender a precio vil su refinería de San Lorenzo y su red de 300 estaciones de servicio.
González y Álvarez, tuiteó el jefe de Indalo, “encubren a la gestión anterior dirigida por el prófugo (Fabián) Rodríguez Simón”. No solo por haber sostenido a los gerentes “de línea” designados durante la gestión anterior sino por haberle negado a la Justicia los datos para investigar esas maniobras. No acusó a cualquiera: González fue vicegobernador de Alicia Kirchner e incondicional del matrimonio durante décadas y ‘Patucho’ el creador del ‘Nestornauta’ y cofundador de La Cámpora.
El paralelismo flota ahí, casi como una reivindicación de Alberto frente a los improperios que lanzan en su contra los machos del off cercanos a su vice. Lo que Cristóbal López le reprocha a la dupla al frente de YPF, cristinista hasta la médula, es lo mismo que Cristina a Fernández: que se mantuvo prescindente -e incluso tolerante- frente a escandalosas arbitrariedades judiciales en su contra.
¿Hay alguien ahí?Lejos de ordenar la interna, la mesa política que consiguió imponer el kirchnerismo intentó instalar en la sociedad un debate sobre si la vice en ejercicio está “proscripta”. Con la inflación de vuelta en el 6% mensual y a días de superar por primera vez el 100% anual, los movimientos sociales en plena ebullición y sindicatos aliados como La Bancaria desafiando el tope paritario del 60% que propusieron Sergio Massa y Kelly Olmos, es lógico que cada vez menos gente le preste atención. Lo confirman las encuestas que auguran récords de abstención y “voto bronca” y otros termómetros sociales, como la desaparición gradual de la política de los canales de TV de aire y hasta de los noticieros. Fenómenos del rating como ‘Gran Hermano’ o ‘Los 8 escalones’ también.
A corto plazo, es todo ganancia para Macri. Aunque la audacia de seguir de campaña sin que nadie escuche sea un vicio común a ambas fuerzas, la desmovilización de la sociedad juega a su favor. El desgaste secular de las dos coaliciones cosidas con los retazos del bipartidismo roto en 2001 es otro tema, más profundo y de consecuencias imprevisibles.
Los hombres de negocios también miran para otro lado. En las colectas para la campaña todos abren el bolsillo generosos, porque nadie quiere romper puentes con futuros interlocutores en despachos oficiales. Pero en paralelo financian grupos como el que capitanea el ultraliberal Emilio Ocampo, profesor del CEMA, para planificar la dolarización de la economía.