Disputas

La política Internacional y la lucha por el poder en la transición intersistémica

El sistema internacional atraviesa una transición caracterizada por la incertidumbre, donde el Estado vuelve a posicionarse como el actor central en una lucha de poder clásica y pragmática.

El mundo atraviesa una transición. Aquella previsibilidad producto de una confrontación tradicional bajo un yugo político, económico, cultural y militar estratégico, que la Guerra Fría supo construir, desapareció. Cuando algo nuevo se está por gestar, no aparece necesariamente en lo inmediato. Hay un flujo constante de interacción, entre lo viejo que comienza a perecer y lo nuevo que está por nacer, pero ello es parte de un proceso gradual, en el cual las fuerzas dinámicas de ese antiguo sistema (que buscan resistir el cambio) interactúan con nuevas pujanzas que quieren diseñar un nuevo sistema. Este conjunto de transformaciones, que atraviesan diversas capas geológicas, producto del choque de fuerzas opuestas, produce una incertidumbre multifacética que tiene diversos orígenes. Por un lado, la falta de gravitación política de las instituciones internacionales, carentes de fuerza necesarias para ser la instancia de negociación entre los grandes poderes mundiales y articular los procesos políticos internacionales. Esto se visualiza con claridad, en el reposicionamiento del Estado como actor clave de la política internacional, en el cual el proceso político interno cobra un peso mayor como decisor esencial en el ecosistema internacional.

De esta manera, si el contexto internacional se encuentra gobernado por Estados que consideran que gran parte de sus vínculos se llevan a cabo bajo una concepción hobbesiana, donde el centro gravitante de la política internacional es el poder, es lógico que las acciones que se deriven de esta concepción conllevan a una estoica lucha por el poder y la seguridad. Esto no es nada nuevo, ha sido una constante en la política internacional más que una contingencia y hay que esperar que continúe de esta manera. 

El estudio de la evolución del sistema internacional desde la Paz de Westafalia hasta nuestros días, refuerza esta hipótesis. Hans Morgenthau en su libro Política entre las Nacional, la lucha por el poder y la paz, definía a la lucha por el poder como "universal en tiempo y espacio, como un dato innegable de la experiencia", es decir como una "categoría objetiva de validez universal", lo cual en la política internacional este reflejo resulta más patente, por la carencia de una autoridad supraestatal que sea capaz de regular el vínculo entre los Estados. 

Con esto no decimos que las instituciones internacionales no sean actores importantes para llevar a cabo los procesos políticos internacionales, pero está claro que se encuentran en función de los Estados y del poder que ellos le otorguen a las mismas, y el mundo de hoy gravita en torno a los Estados. Por lo tanto, a la incertidumbre de los procesos políticos debemos añadir una incertidumbre lógica de este tipo de sistema, que surge de la imprevisibilidad de las acciones humanas nos decía Raymond Aron en su libro Paz y guerra entre las naciones, donde dese una mirada más sociológica remarcaba" la imposibilidad de saberlo todo antes de comprometerse con la acción", lo cual conducía según su visión sobre conductas poco racionales por parte de los actores más importantes, que deben ser aquellos responsables a otorgar estabilidad y previsibilidad al sistema.

No reconocer que la política internacional es una política de poder, conduce cometer errores recurrentes. Como sostenía Kissinger, en los momentos históricos en que se ha buscado con mayor intensidad la paz, el resultado de esos procesos ha sido la prolongación de los conflictos, en otras palabras, la "estabilidad de la política internacional no es el resultado directo de la búsqueda de la paz", sino de la legitimidad, de la negociación producto de búsqueda de consensos entre los Estados en cuanto a reglas de juego, normas, leyes o procedimientos generalmente aceptados por la comunidad internacional. 

Aquí en donde se debe asumir a la prudencia como una suprema virtud en política, y evitar implementar un espíritu de cruzada o una política exterior principista, tratando de imponer preceptos morales universales a otras sociedades que poseen culturas diferentes, dando a entender una posible superioridad de éstos sobre otros. La política exterior de los Estados debe evitar estar guiada por principios morales y debe ser lo más racional y pragmática posible para evitar entrar en conflicto. De esto se podría construir un interrogante necesario: ¿Es posible articular un orden internacional sustentado en principios compartidos sin desconocer la pluralidad de valores, identidades y tradiciones culturales presentes en las relaciones internacionales?

Los acontecimientos actuales en el escenario internacional parecen reforzar la lógica del sistema. La guerra de Ucrania puso de manifiesto el retorno de la geopolítica clásica y lo que supone proyectar poder e influencia hacia regiones que otros grandes jugadores consideran de su propiedad. En el mismo sentido, el accionar de Estados Unidos en Venezuela puso en evidencia la necesidad de proyectar poder y control sobre su entorno regional y erosionar los intereses estratégicos de sus competidores, como Rusia y china, en un claro accionar pro doctrina Monroe sobre América Latina. 

Por último, las tensiones en Medio Oriente y la guerra con Irán nos marcan la importancia del acceso a recursos económico claves para el desarrollo económico y tecnológico, en la lucha por el poder. Vistos estos acontecimientos de forma conjunta, revelan un escenario internacional caracterizado por la coexistencia de múltiples centros de poder que luchan por la supremacía, intereses nacionales divergentes y concepciones diversas acerca del un orden político legítimo.

Para finalizar, el principal problema que tenemos en la actual transición intersistémica se manifiesta en la necesidad de buscar mecanismos capaces de brindar legitimidad a un orden internacional crecientemente heterogéneo. La estabilidad del sistema, requiere por lo tanto de la capacidad de articular consensos mínimos que tengan en cuenta los intereses, identidades y valores presentes en las diversas sociedades políticas. La obtención de ese delicado equilibrio entre poder, legitimidad y diversidad cultural constituye el problema que debemos afrontar y resolver en una comunidad internacional cada vez más compleja y plural.

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Miembro de la Comisión Asesora del Doctorado en Relaciones Internacionales (IRI-UNLP). Profesor visitante del Centro William J. Perry (Estados Unidos) y de la Universidad de La Sapienza (Italia).